El Cazador de Sombras: Edward S. Curtis

 EL CAZADOR DE SOMBRAS: EDWARD S. CURTIS

La desaparición de cada hombre y de cada mujer significa la desaparición de alguna tradición, de algún conocimiento o ritos sagrados que nadie más posee. Por lo tanto, la información que pueda ser recopilada para las generaciones futuras debe recogerse ahora o la oportunidad se perderá para siempre”. (Edward S. Curtis).

Edward S. Curtis

Nacido en Whitewater (Winsconsin) en 1868, ha sido uno de los fotógrafos que con su trabajo han conseguido preservar una cultura y una forma de vida, salvándola de perder las señas que les llevaron a ser una nación: la de los indios de Norteamérica. Particularmente, me impresiona el gran objetivo que se impondría y por el que sería conocido.

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Edward S. Curtis

De pequeño acompañaba a su padre, un pastor que iba predicando por los pueblos. Aquellos largos viajes en caballo, por parajes remotos y salvajes, fueron formando el espíritu de Curtis. Su formación académica fue muy escasa debido a estos periplos.

En 1895 fotografía a la Princesa Angeline, hija del jefe indio Sealth. Poco a poco y entre otros temas, va haciendo fotos de los indios. Tres años después se encuentra en Mount Ranier con un grupo de científicos, entre los que están los antropólogos y naturalistas George Bird Grinell y Clinton Hart Merriam, que le animan a continuar  documentando el pueblo indio, siguiendo una pauta de trabajo. Al año siguiente participa como fotógrafo en una expedición a Alaska, pero es en 1900 cuando se produce un giro fundamental en su línea de trabajo.

“Esto ha cambiado mi vida”

En esa fecha acompaña a George Bird Grinell a la Reserva India Pigean, en el noroeste de Montana, para asistir a la ceremonia de la danza del sol. “Esto ha cambiado mi vida” dijo. Esta tradición india le asombra de tal manera que acaba de convencerse de que esas tribus y sus formas de vida deben ser el objetivo de su vida.

Aquí comienza su gran trabajo, una obra de la que dijo “Es demasiado grande. No viviré para verla completa” y que constituye el mayor trabajo gráfico sobre los pueblos indios de Norteamérica. Hizo cálculos y pensó que esa tarea le supondría unos cinco años pero, realmente, le esperaban 30 largos años tras los indios, haciendo más 40.000 fotografías, registrando más de 10.000 horas de sonidos y cantos tradicionales y también filmando una película. Recorrió miles de kilómetros en busca de las tribus, tomando contacto con aquellos indios, ya rendidos, humillados y forzados a vivir en reservas.

White Shield (1908) Escudo blanco
White Shield (1908) Escudo blanco

Hacía apenas diez años de los terribles sucesos de Wounded Knee: a finales de 1890, medio millar de soldados del Séptimo de Caballería rodearon el campamento Lakota (Siouxs) de Minneonjou, en el lugar conocido como Wounded Knee (Rodilla herida), para forzar a sus ocupantes a abandonar esas tierras y ser deportados a Omaha (Nebraska). Se inició un intercambio de disparos y los militares que cercaban el campamento, lo acribillaron. Murieron veinticinco soldados (la mayoría, por fuego “amigo”) y ciento treinta y cinco indios lakotas (entre ellos, sesenta dos mujeres y niños).

En 1973 los indios organizaron otra revuelta en Wounded Knee y tomaron la población como protesta por el hostigamiento del gobierno federal y por el uso de las Black Hills. El sitio de los agentes federales a Wounded Knee duró 73 días y murieron dos indios y un federal resultó herido grave. El actor Marlon Brando se negó a recoger su Óscar por El Padrino y mandó en su lugar a una india apache, como protesta ante los hechos.

Integración

Volvamos con Curtis. No debió ser fácil (con lo que acabamos de ver) que un blanco entrara en el mundo de los pieles rojas. Pero Curtis no consiguió solo eso, sino que fue considerado como un indio más por las tribus con las que convivió largo tiempo para documentar su obra. Más de 80 tribus, muchas de ellas ya totalmente desestructuradas, fueron visitadas por Curtis y su cámara. Aprendió a pensar como uno más de ellos y a entender cómo veían la vida, a sentirse uno más y a que ellos hicieran lo mismo respecto a él. La resignación y la humillación sufrida por aquellas gentes no pudieron eliminar ese brillo de orgullo que muestran en los retratos que fue tomando, no solo de los grandes jefes, sino de todos los componentes de la tribu que él sentaba delante de su cámara.

Six tribal leaders (l to r) Little Plume (Piegan), Buckskin Charley (Ute), Geronimo (Chiricahua Apache), Quanah Parker (Comanche), Hollow Horn Bear (Brulé Sioux), and American Horse (Oglala Sioux) on horseback. Seis líderes tribales (izda a derecha) Pluma Pequeña (Piegan), Charley Ante (Ute), Gerónimo (Chiricaua Apache), Quanah Parker (Comanche), Oso Cuerno Hueco (Brulé Sioux) y Caballo Americano (Oglala Sioux) a caballo.

No sólo fotografió personas; objetos rituales y cotidianos, ceremonias, momentos especiales, juegos, vestuario, vivienda, alimentación… todo lo relacionado con los indios le interesaba para su trabajo porque sabía que eran efímeros, que sus días estaban contados. Con ese nivel de integración que muchos consideran que fue el máximo al que pudo llegar un hombre blanco, supo transmitir a sus imágenes el sentimiento de un mundo que se iba extinguiendo ya de forma definitiva. Su estilo y buen hacer queda patente en cada una de sus imágenes, jugando con las luces y las sombras para dar un efecto personal y característico en cada fotografía. Los indios acabaron por apodarlo “el cazador de sombras”.

Pero treinta años supusieron no sólo casi toda la vida de Curtis. También fue una tarea que le llevó prácticamente a la ruina. Sólo la ayuda del magnate J.P. Morgan y la del presidente Roosevelt consiguieron in extremis que los 20 volúmenes y otras tantas carpetas con los fotograbados de Los indios de Norteamérica, la gran obra de Curtis, pudieran ser acabados y publicados. La colección fue impresa con gran calidad, alcanzando precios cercanos a los 3.000 dólares de la época. Las imágenes publicadas fueron aproximadamente la mitad de las que hizo en esas tres décadas.

Gerónimo 1907
Gerónimo 1907

Gerónimo (1907). Se trata del último jefe indio rebelde. En 1896, para la captura de este líder apache y de la treintena de indios que le seguían, el gobierno de los Estado Unidos tuvo que movilizar a 5000 soldados (la tercera parte de los que contaba el ejército en esa época).

El viaje que hizo para fotografiar a los indios de Alaska, en 1927, fue el que culminó esa enorme tarea y cerró Los indios de Norteamérica.

Curtis falleció en Los Ángeles en 1952, solo, prácticamente en el olvido y sin que su obra hubiera sido justamente valorada. Una breve esquela en el New York Times citaba la defunción señalándolo simplemente como “fotógrafo”.

Años después y gracias a la tarea de investigadores, fotógrafos y etnógrafos, la obra de Curtis fue rescatada de ese olvido. Actualmente, casi todas sus fotografías y demás documentos escritos, gráficos y sonoros se encuentran depositados en la Biblioteca del Congreso de Estado Unidos. Buena parte de sus imágenes pueden consultarse en su web.

Edward S. Curtis fue el precursor de un nuevo tipo de fotografía en la que se mezclan el arte y la ciencia, el registro gráfico de los últimos momentos de una cultura contemplados con la visión respetuosa del artista, una tarea comprometida en la que el fotógrafo mezcla magistralmente responsabilidad y creatividad.

Más información:

Curtis en The Library of Congress http://www.loc.gov/pictures/collection/ecur/search/?co=ecur&sp=6&st=grid

Sobre la nación india es muy recomendable el libro Enterrad mi corazón en Wounded Knee, de Dee Brown en el que se relata el declive de los indios norteamericanos entre 1860 y esos trágicos sucesos de 1890.

Descargar (PDF, 1.3MB)

Galería fotográfica

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