LA SEXUALIDAD EN LA ANTIGÜEDAD : EL MEDIEVO, ROMA, GRECIA, Y LA ESPAÑA MUSULMANA

POR ANA PATRICIA SANTAELLA
Toda sociedad humana intenta o ha intentado controlar la conducta sexual. La sexualidad humana es vista como una fuerza demasiado poderosa y explosiva para que alguna sociedad pueda permitir a sus miembros una absoluta libertad sexual. No resulta sorprendente que la regulación de la sexualidad haya sido rasgo fundamental de todo sistema jurídico que conozcamos. Veámoslo
EL MEDIEVO

Las creencias medievales acerca de la moral sexual descansaban sobre ideas tomadas, en gran parte, de fuentes no cristianas de la más remota antigüedad. Muchas creencias y actitudes sobre el sexo, en la Europa medieval, eran cristianas por adopción y no por origen.

Cristo dijo notablemente poco acerca de la conducta sexual, el sexo no ocupó un lugar central en sus enseñanzas morales.

Los escritores cristianos se apropiaron de numerosas ideas y prácticas de fuentes paganas y judías. Percatándose de que el sexo estaba relacionado con lo sagrado, que el éxtasis estaba vinculado, en cierta forma, con lo sublime.

Esta creencia apareció en muchas deidades antiguas. La relación sexual era considerada una fuente de impureza ritual en muchas religiones antiguas.

El estoicismo influyó sobremanera y dio muchas de sus ideas básicas a los Padres de la Iglesia, acerca de la conducta sexual. Fue una síntesis de ideas éticas estoicas con antiguas creencias religiosas apoyadas en un razonamiento teológico basado también en las escrituras hebreas, unido todo ello por un mosaico de teorías inventadas en los siglos IV y V. La moral sexual cristiana empezó a cobrar forma de doctrina durante estos siglos. Hasta el siglo XIV, el derecho canónico retuvo el monopolio del control legal de la lujuria. Como parte de nuestra herencia medieval, casi todos conservamos una creencia profundamente arraigada, en el que el sexo es algo vergonzoso, según las cuales el sexo era fuente de deshonra moral y de contaminación espiritual, por tanto, la sexualidad humana era algo de lo que había que avergonzarse.

No hay ninguna razón indispensable para considerar el sexo como algo virtuoso o como algo bajo. Pero aunque el sexo pueda ser algo moralmente indiferente en sí mismo, los recursos adoptados para controlarlos rara vez han sido moralmente neutrales.

EL MEDIO ORIENTE EN LA ANTIGÜEDAD

El Código de Hammurabi, en Babilonia, cerca del año 1750 a. C las leyes de Hammurabi identificaron cierto número de delitos sexuales y prescribían los castigos correspondientes.

Por ejemplo, el Código establecía que una mujer casada que hubiera cometido adulterio había de morir ahogada, ella y su amante eran atados y arrojados al agua para que perecieran juntos.

Los Babilonios no definían el matrimonio como una relación sexual exclusiva.

Entre los cultos antiguos se rendía devoción a las deidades fenicias Istar y Astarté. Estas diosas andróginas personificaban los anhelos sexuales de sus devotos.
En Egipto se menciona el adulterio como el “gran crimen”. Sin embargo, el divorcio fue muy común durante el antiguo Egipto.

GRECIA

La atracción sexual, el rapto y la infidelidad ocuparon un lugar central en los poemas homéricos. La diosa Afrodita pasó a ser patrona del amor y del sexo entre los griegos.

Los pensadores griegos prestaron considerable atención a la actividad sexual. Nunca pensaron que el sexo fuese un mal ni atribuyeron gran valor a la continencia, sin embargo, sí consideraron algunas actividades sexuales como inmorales, siendo un delito grave la seducción de las mujeres solteras y viudas, aunque el coqueteo y la relación sexual con hombres jóvenes no eran considerados totalmente incompatibles con el matrimonio.

Aristóteles afirmó que los maridos atenienses tenían el mismo deber que sus mujeres de observar la fidelidad sexual.

Los griegos desaprobaron las relaciones sexuales o el matrimonio entre parientes cercanos.

La prostitución griega no era exclusivamente femenina, el ciudadano que voluntariamente tuviese relaciones sexuales con otro o a cambio de dinero, perdía derechos políticos y a los extranjeros que la ejercían, se les exigía un impuesto especial.

Una profunda ambigüedad corre por todos los escritos de Platón sobre este tema. A veces, vio el sexo como elemento positivo de la naturaleza humana. Pero otras veces, lo consideró como una distracción en busca de la belleza y la verdad.

En su obra el Simposio, Platón describió el sexo como manifestación del amor, viendo un componente de la eterna búsqueda humana de la armonía ente el cuerpo y el alma.

Aristóteles crítico los placeres producidos por el tacto y el gusto, también afirmó que la búsqueda de sensaciones gratas conduce al libertinaje y embrutecía a los hombres.

El tipo deseable de amor, el verdaderamente humano, era el que trascendía el deseo y la pasión. El amor que es frío, racional y no sexual.

Epicuro (342-270 a.C) Tuvo una visión positiva del placer. Escribió: “El placer es la norma por la cual juzgamos cualquier bien”.

Los cínicos no vieron nada malo en el goce del placer sexual. Los cínicos creían que las personas debían satisfacer sus deseos sexuales de la manera más sencilla y menos complicada.

Algunos de los primeros estoicos habían aceptado la práctica del amor libre, afirmando que las relaciones sexuales no tenían que limitarse al ámbito conyugal.
Zenón sostuvo que la aceptación general del amor libre eliminaría el problema del adulterio. Propuso también la desnudez, arguyendo que el empleo de ropas fomentabas inhibiciones innecesarias.

Séneca advirtió que los sabios debían desconfiar de la influencia corruptora del placer. La general desaprobación del sexo por los estoicos se basaba en la idea de que la razón humana se desvanecía durante el acto sexual. Estas ideas influyeron poderosamente sobre la visión moral y ética de la élite intelectual grecorromana.

LA CONDUCTA SEXUAL EN LA ANTIGUA ROMA

El trato dado por los romanos a los temas sexuales se ha descrito como extraordinariamente desapasionado.

Lucrecio (97-54 a.C) imagesobservó que los deseos sexuales humanos eran fundamentalmente insaciables. La búsqueda de la satisfacción sexual fuera del matrimonio dio a los escritores cómicos y satíricos, un tema continúo.

Al parecer, los romanos consideraban el apego emocional. Los testimonios conservados son exiguos acerca del interés por la satisfacción sexual y emocional dentro del matrimonio.

Durante el periodo imperial, el concubinato fue de lo más común en todos los niveles de la sociedad romana tradicional.

La prostitución masculina y femenina fue una industria floreciente a lo largo de toda la historia romana.

Las prostitutas que ejercían en los prostíbulos, tenían que registrarse ante los magistrados, y pagaban un impuesto llamado la vectigalia meretricum
Y recibían su licencia. Numerosas fuentes antiguas se refieren a las artes meretricae, algunas eran esclavas o capturadas en guerra (tocaban instrumentos musicales como el arpa y la flauta, cantaban, bailaban y ofrecían entretenimiento).

Los romanos toleraban toda una variedad de prácticas sexuales. La masturbación de ambos sexos era considerado como un sustitutivo intachable pero insatisfactorio. No entrañaba estigma social, aunque a veces era tachado de pueril.

Había también prostitución infantil, enviar a los hijos “sobrantes” a los prostíbulos era un recurso común de los pobres.

Los varones romanos de la clase alta aficionados a la sodomía reclutaban a esclavos para satisfacer sus deseos. Las relaciones lésbicas provocaban mayor oprobio que la de los hombres. Tal vez porque pensaran que el lesbianismo amenazara su autoestima.

En Roma, la castidad era una virtud imposible de encontrar desde la edad de oro, según palabras del poeta Juvenal, de modo que algunas romanas podían aspirar al título de mujeres liberadas.

Ovidio escribe el Arte de amar, Lucrecio y Marcial, hablan sin complejos de la fornicación. En Pompeya se descubren unos frescos casi pornográficos que atestiguan una profunda experiencia del sexo.

Fue bastante después de Jesucristo cuando para la Iglesia y los cristianos, la sexualidad se convirtió en una obsesión. San Pablo apuesta por el celibato, sin embargo, no son ermitaños insensibles, al contrario, son hombres con una pasado frívolo y que no se arrepienten con facilidad: Dadme la castidad, pero no enseguida”, escribe San Agustín.

Jerónimo, se consumió en el desierto de Calcis, como muchos otros ermitaños, en el recuerdo de sus aventuras carnales.

Durante la inquisición aparece el El espejo o el libro de mujeres, también denominado el Kamasutra Catalán, en el que se encuentran descripciones de posturas, propuestas de afrodisíacos y una especial atención al placer femenino: “Si el hombre termina pronto y la mujer tarde, ésta se siente desdeñada. Entonces, para evitar frustrar a la dama, se aconseja al caballero que consuma pan de trigo, cordero, vino tinto, canela y pimienta”.

Y recordando al Kamasutra hindú, la religión tántrica, contrariamente al cristianismo que detesta el placer, cultiva ésta la voluptuosidad sexual, ya que la considera como un medio de liberación.

La India, un país en el que el falo (el lingam) es adorado como un dios, aparece representado con su mujer, la vulva y Diosa Parvati.

En China, el amor, está considerado como una sutil alianza entre el Yin, fuerza positiva femenina, y el Yang, fuerza activa que brota del esperma. El órgano masculino es nombrado como el Tallo de Jade, y el de la mujer, cuyo embriagador perfume alaban los poetas Roja Flor o Pórtico Bermellón.

LA SEXUALIDAD EN LA ESPAÑA MUSULMANA

Muy pocos trabajos han dado cuenta de forma monográfica y con conocimientos de especialistas, de los comportamientos eróticos de la sociedad musulmana de nuestro Medievo.

Las pocas alusiones provienen de referencias dispersas y aisladas, sobre todo de poetas arábigo andaluces.

Según Levi Provencal, la sociedad de al-Andalus del siglo IX podía rivalizar con la bagdadí de su tiempo por lo disoluto de las costumbres.

Esta relajación de costumbres sexuales se va acentuando a medida que la situación política y social se resquebraja y deteriora después de derrumbarse el Califato omeya, se da un aumento considerable de concubinatos. Según la hisba, que era un Tratado de costumbres, la relajación concernía a musulmanes, judíos y cristianos. En Granada nasrí, se da la prostitución, el abuso del vino y la sodomía en todos los niveles sociales.

Por razones morales y teológicas la actitud musulmana ante la atracción del sexo, la pasión erótica y el placer sexual, es distinta de la adoptada por el cristianismo.
El Islam no encuentra objeción de principio doctrinal o moral contra el goce del placer derivado de la pasión erótica y del acto sexual. Ya que no admite “el pecado original” al modo cristiano. El Islam no admite la doctrina cristiana de la “innata” perversión humana como consecuencia del “pecado original”. Los escritores medievales hacen acopio de los “excesos” y “perversiones” que creen descubrir en las instituciones y costumbres musulmanas y los compara con el paganismo romano.

Desde los escritos de Álvaro y San Elogio y en toda la literatura medieval cristiana, las críticas vertidas han ido creando una imagen que exagera la libertad moral y el libertinaje en el Islam.

Por ello, se ha comprobado que los traductores de la literatura árabe ocultan o traducen con sonrojo y embarazo, acciones o situaciones concretas eróticas por el prejuicio medieval de considerar la ética musulmana como un desbordamiento de pasiones sensuales y hedonistas que reproduce en cierta forma, la inmoralidad del paganismo helénico y romano.

En la España musulmana, la poligamia era un fenómeno corriente, circunscrito a la clase media y acomodada, ya que el pueblo llano no disponía de recursos.
La mujer casada moraba la parte más recóndita de la casa, no podía mostrarse a los hombres con la cara descubierta.

En los barrios pobres, la mujer gozaba de mayor libertad de movimiento, a juzgar del episodio que nos cuenta Ibn Hazm en su Collar de la Paloma
Tratado amoroso medieval, respecto a una joven llamada Jalwa, de la que quedó prendado el poeta al-Ramad. El Collar de la Paloma fue aborrecido por cristianos y judíos y olvidada por los traductores medievales, fechado en la ciudad de Játiva en el 1022, y según palabras de Ortega y Gasset, lo consideró : “el libro ,más ilustre sobre el tema del amor en la civilización musulmana”.

Sobre las señales del amor, dice este Tratado: “Tiene el amor señales que persigue el hombre avisado y que puede llegar a descubrir un observador inteligente. Es la primera de todas la insistencia de la mirada, que deja ver sus interioridades, revela su intimidad y delata sus secretos. Así, verás que cuando mira el amante, no pestañea y que se muda su mirada adonde el amado se muda, se retira adonde él se retira, y se inclina adonde él se inclina”.

En otro pasaje, relata: “Cuando dos amantes se corresponden y se quieren con verdadero amor, se enfadan con frecuencia sin venir a qué; se llevan la contraria, aposta; en cuanto dicen; se atacan mutuamente por la cosa más pequeña, y cada cual está al acecho de lo que va a decir al otro para darle un sentido que no tiene”. “La distinción entre estos enfados y la verdadera ruptura o enemistad, nacida del odio y de la animosidad enconada de la querella, es la prontitud con la que se reconcilian.”

Sobre el amor nacido tras largo trato, escribió: “Yo no paro de maravillarme de todo aquel que pretende haberse enamorado por una sola mirada, ni atino a darle crédito, ni tengo su amor sino como una especie de apetito carnal. No puedo concebir, en mi opinión, que tal amor llegue a lo más secreto del alma ni penetre las entretelas del corazón. Jamás amor alguno prendió en mis entrañas, sino tras de mucho tiempo, luego de haber convivido largamente con una persona y de haber compartido con ella chanzas y veras.”

“Otra señal es la sorpresa y ansiedad que se pinta en el rostro del amante cuando impensadamente ve a quien ama o éste aparece de súbito, así como el azoramiento que se apodera de él cuando ve a alguien que se parece a su amado, o cuando oye nombrar a éste de repente.”

Son famosas las amplias “libertades” de Wallada, la hija del califato omeya al Mustakfi que prescindía en el amor de los prejuicios morales instaurados por los hombres.

Por las descripciones poéticas, algo idealizadas, parece que gustaban las mujeres morenas, de amplias caderas, estrechas cinturas y gruesos senos. En la época califal tenían como rivales las incontables jóvenes cautivas traídas del Norte de España, rubias y de ojos azules.

La homosexualidad femenina hasta la caída del Califato era cosa de los secretos del serrallo donde numerosas concubinas pasaban meses y meses sin recibir la visita de los hombres.

En la aristocracia la mujer llegó en muchos casos a liberarse sexualmente.

A finales del siglo XI y comienzos del XII se inicia en Francia una manera de sentir el hombre a la mujer que no guarda precedentes ni en la cultura antigua ni en la Edad Media. “El hombre se complace en considerar a la mujer como algo superior a él. Se le rinde culto.” “ La mujer es “señora” y el hombre su vasallo. La sensualidad, aparece aquí y allá en las trovas”. “El sentimiento hacia la mujer que enuncian los trovadores implica distancia. La amada aparece situada en la lejanía.”No está al alcance de la mano, y por tanto, de la caricia. No es algo que se acaricia y de que se goza, sino algo de que se está dolorosamente separado y que se echa de menos.”

Bibliografía:
James A. Brundage, La ley, el sexo y la sociedad cristiana en la Europa medieval, Fondo de Cultura Económica, México, 2005. Traducido por
Mónica Utrilla de Neira.
Ibn Hazm de Córdoba, El Collar de la paloma, Alianza Editorial. Versión de Emilio García Gómez. Prólogo de Ortega y Gasset. Alianza Editorial,
Madrid, 1971.

Ana Patricia Santaella
Nace en Córdoba, estudia trabajo social. Ha participado en diferentes revistas literarias y antologías, tales como: Antología de poetas en solidaridad con los afectados de sida, “Tintas para la vida” “Tres orillas”, ”Saigón”, etc. Ha formado parte en los encuentros poéticos: “Voces del extremo, 2.008”; Cosmopoética 2009-2010.En 2009, le fue concedido el primer premio de poesía del IV Encuentros por la Paz, de San Pablo de Buceite, Cádiz.

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