Haia

José de María Romero Barea

Haia (Edizioni Nuova Cultura, Universidad de Bérgamo, Italia, 2015. Edición y estudio crítico introductorio de Marina Bianchi). 

Interrupciones II

Selección

Alguien, por unas monedas, dispone las sillas en la terraza de la cafetería que aún no ha abierto, las arrastra, una por una, desde la puerta hasta la terraza improvisada sobre la acera junto a la librería, un quinteto de metal que es la banda sonora de la plaza, al que se unen las ramas que arañan los cristales en los ventanales de la librería a un lado de la plaza que despierta, la plaza que al principio no se reconoce en la mañana, y a medida que se despereza, va despertando a no se sabe qué, se va Alvaro Burgos_429x334convenciendo de ser plaza, va desprendiendo una alegría contagiosa que es una especie de Grandes Éxitos, un televisor que arroja música y otras canciones, la mayoría desconocidas, que uno estaría escuchando siempre, canciones con las que uno se arrulla mientras el televisor sigue arrojando música que uno ya no escucha y que no piensa escuchar y sin embargo la plaza repite, Grandes Éxitos, canciones desconocidas, un ejercicio de (alta) fidelidad que la plaza dedica a la ciudad que la contiene, un juego que tiene mucho de mental, del placer al que la plaza se entrega sin cortapisas, un placer en el que aún nos reconocemos, una felicidad que consiste en caminar con tu hija a través de la plaza, sin dirigirte a ningún sitio, sólo por el placer de caminar, cogidos de la mano, como cuando tu madre te llevaba de la mano, solo que ahora eres tú el que llevas a tu madre de la mano (aunque en realidad lleves a tu hija), y la conduces a través de una plaza, un reducto mágico donde se canta, un ámbito estremecido por las ramas de los plátanos, el entrechocar de la loza en los bares, la salmodia de la máquina de calentar la leche, la plaza que cruzas de vuelta a casa, pero no a tu casa, sino a esa casa de la que aún no has salido, el hogar al que regresas, con tu hija de la mano, donde mora la esperanza, y tú te dejas llevar, recomendar por esa mano, más pequeña que la tuya, que te lleva a través de una plaza, una avenida, otra avenida aún más grande, por el puro placer de caminar, el único placer que es puro, un aria suelta entre voces dispersas, el ruido del papel al ser plegado, una sinfonía que multiplican los balcones, los ruidos de la plaza que abre y cierra sus comercios entre aplausos, una sinfonía que nos encanta y que cierra y abre el día, que emociona, junto a la luz que se abre paso a través de los ancianos, los muros venerables, los portales entreabiertos donde conviven las zinnias y las esculturas Art Decó, la luz que se abre paso a través del pelo de las mujeres que abren y cierran las puertas de sus pisos y salen a la calle a finalizar la noche cuando aún es de noche, mujeres que abren una puerta, un estribillo que la noche gusta de repetir, todo lo que una mujer abre (y cierra) cuando abre una puerta y se dirige a una entrevista de trabajo o al trabajo, o sale con ganas de espectáculo a la plaza que es puro espectáculo, mi plaza, sus ruidos de corral, su oleaje, el roce de neumáticos que llega amortiguado desde la avenida, mi plaza, sus arias, la sinfonía Mi Plaza que se abre paso a través de tu hija y tú que os sentáis en una de sus cafeterías, frente a un vaso que es simulacro de la plaza que el vaso copia y repite y que no tiene nada que ver con la plaza, que es todo lo que no es vaso, sino un placer que os sacia, os adivina, os devuelve al hogar u os arroja de rodillas ante él con una oración en los labios, la oración que repite la plaza, a unos segundos de la primera palabra, de esa repetición que fragua un diálogo, entremezclado de periódicos que se abren o se cierran, comercios que anuncian, con letreros luminosos, sus mercancías, un diálogo entre la plaza, tu hija y tú, que anula toda intención de individualidad, que os funde en un abrazo que incluye los brazos que Poli deja sobre tu hombro, el saludo que Poli os dedica, vuestros nombres, que Poli repite, Eric, Haia, aldabonazos que Poli da sobre la puerta de tu casa, a la que por fin regresas.

José de María Romero Barea

Sevilla, 2015

José de María Romero Barea (Córdoba, 1972) es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Les adelantamos un fragmento de su novela inédita Haia (Edizioni Nuova Cultura, Universidad de Bérgamo, Italia, 2015), que será editada en breve. Haia es la segunda entrega de una serie de novelas reunidas bajo el título común de Interrupciones. Hilados Coreografiados (Ayuntamiento de Aguilar de la Frontera, 2012) abre la serie.  En la serie narrativa Interrupciones, Alex y Polifemo, Ruth y Haia, Anouk y Deseada, Gina, Katze y Mitze deambulan por los lugares de la ciudad, a veces sorprendidos por la brutalidad de algunas coincidencias, otras conmovidos. Yendo y viniendo, intentando atar cabos donde no los hay, buscando justicia (poética) donde no es necesario. Se dirigen, como cualquiera de nosotros, a un lugar determinado para acabar, por lo general, en otra parte.  Haia participa de todas las coincidencias que Interrupciones nos depara. Juntas, forman una especie de fábula, una parábola moralista sobre la música y la experiencia.

Jose de Maria Romero Barea
Jose de Maria Romero Barea
José de María Romero Barea (Córdoba, 1972) es autor de Poesía (qué si no). Su primera sección, el corazón el hueco, consta de la trilogía Resurrecciones (Asociación Cultura y Progreso, 2011), (mil novecientos setenta y) Dos (Ediciones en Huida, 2011) y Talismán/Talisman (Editorial Anantes, 2012. Edición bilingüe. Traducción de Curtis Bauer), del que la plaquette ridículo ciego feliz en mi sitio/ridiculous blind happy in my place (Q Ave Press, 2012. Edición bilingüe y traducción de Curtis Bauer) es un adelanto.

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