Pedro Luis Casanova

Pedro Luis Casanova (Jaén, 1978) ha publicado hasta la fecha tres poemarios: La anatomía del eco (Jaén, Colección Señales de Poesía, casanova_1_397x563Ayuntamiento 1999), Café (Sevilla, Colección Ángaro, Distrito Sur, 2001) y Fósforo blanco (Sevilla, Ediciones de la Isla de Siltolá, 2015), recién estrenado en las librerías. Igualmente, ha colaborado con aproximaciones de interés crítico en prensa y revistas de divulgación literaria, así como en alguna antología. Cuando era más joven, resultó merecedor de algunos premios, como El Olivo (1997), Ángaro (2000) y el Premio conmemorativo Luis Rosales (2002). Es profesor de Física y Química en un instituto de enseñanza secundaria.

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La luna muerta busca noche
entre los charcos,
en los tejados,
inquieta sobre el suburbio
de las faldas y los labios
donde duerme la brisa de los gestos.

Que espere el viento de la almohada,
y la luz de las linternas
y la insignia del silencio
mientras quede oscuridad en los portales.

Venga la libertad con la ginebra
como gota del alba que renace,
secretamente dócil,
a una triste nube de gorriones.

(De “La anatomía del eco”)

Al fin y al cabo,
somos
como ese cigarrillo que acabas de fumarte.
La vida nos apura poco a poco
dejando en la calada inconsciente, con que pasan
estos años,
el gusto adivinable de otro tiempo:
Mitad ceniza.
Mitad silencio.

Más todo queda
pendiente de esa luz que aún palpita
sobre los ceniceros,
ascua rebelde que resurge
como un sueño caliente entre las manos:
Sabiéndose ceniza.
Sabiéndose silencio.

(De “Café”)

 
Cierro los ojos, abro la mirada:
el paraje contemplo diluido en claridad
―el olivar rizándose la peña, sus esmaltes
de viejo coronel
caído.
Lejos de mí desalma el aguarrás las caserías: saca a los niños
de la nieve el perro cojo.
No en el horizonte
sino en nuestro viudo postigo halla su límite la sangre
el jeep
la carretera
del alba que profesas como un salvoconducto
hacia otra edad no defendida
por tu origen.

Huyen, vuelan muy alto los cuervos de la infancia. No ha pasado el peligro.
Por el barranco, su latir sin agua la visión cincela.
Como un árbol de otoño rastreará el olvido
este candil cobarde, este dolor
acorralado por el hacha,
por el dulce galope con que mienten al estómago
las huellas del perdón.

De su eterno patíbulo en la altura, la luz abre el jornal
sobre un destierro fósil, lengua talada tras la bancarrota:
los labriegos al tamo y a su deber la sierra.

Bien sabes dónde
la memoria resiste su tiniebla y adónde la abandona cuando el sol
irrumpe entre los cerros y abrasa todo cuanto fue
llave y suspiro de su tentación más pura.

Abro los ojos, cierro la mirada:
todo lo que, ante mí, hace florecer su engaño
es también cárcel de mi vida:

tierra
que es brisa y vientre donde sueña
la cal reconciliarse con la aurora.

separadorEscena feudal

Por la Merced y por San Juan
suben las hembras con la verde soga del ajusticiado.
De terraza en terraza el aire las acecha,
como el gato al cartílago de un pez en la penumbra.
Muertas van
por el recuerdo de la cal.
Oh blancor de la tiniebla en el latido que los tristes aman.
Oh corazón que hoy se levanta hacia la muerte
buscando una limosna
por las yemas sin luz y la saliva dulce
de las parras.

Por la Merced y por San Juan suben pisando la maleza
de cualquier lealtad futura. Arañándose las nalgas.
Mordiendo con lascivia la herradura de los días perdidos.
Hembras,
las que sacan al fuego sus pezones
invocando la sal y el vino y el rojo
aliento de la cópula.

Y el volver a morar dentro de sí
el encendido peso de la vida.

(De “Fósforo blanco”)

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