La indignación ilustrada de un viajero europeo

(Sobre Europa aplaude, de José de María Romero Barea)

Bajo el título Europa aplaude se concentra la enunciación irónica de un pensamiento crítico, la expresión de una denuncia o la decepción de un fraude: la caída de un mito personal e ilustrado, de un modelo cultural, de libertad y tolerancia. La realidad se impone a la sensibilidad humanista del sujeto poético que habita en este libro, una conciencia histórica de un presente que evidencia la pérdida de los mejores valores humanos ante la gran tragedia colectiva, de seres humanos que buscan refugio tras la barbarie (guerras, exilios…) en un continente “civilizado”. En esta coyuntura mundial, el aplauso de Europa, su reacción irónica, su comportamiento inhumano se hace estruendo en el fondo de la poesía de este libro. El poeta reacciona ante este escenario, alza su voz moderada, sin estridencias, como logró hacer con su anterior libro Un mínimo de racionalidad, un máximo de esperanza, título que tanto recuerda aquel de Ángel González Sin esperanza, con convencimiento y cuyo valor irónico y crítico también se deja ver en este libro. Así, pues, nos encontramos con un estilo que huye de la suntuosidad léxica, de la dificultad sintáctica en pos de una difícil sencillez que busca la emoción concisa y desnuda del verso. No obstante, en Europa aplaude José de María Romero Barea da un nuevo giro a su estilo formal y se arriesga a utilizar un recurso vanguardista que sacrifica el dibujo de los poemas, la forma del cuerpo que crean los versos en el espacio de la página. A través de barras oblicuas separa estos versos que convierten el cuerpo de los poemas en formas híbridas que se acercan a la prosa, al menos, visualmente. A esa concepción visual del poema también contribuye la falta de puntuación que no solo es un rasgo heterodoxo y disidente de la convención del lenguaje escrito sino, sobre todo, un modo muy convincente de mostrarnos el fluir de la conciencia, el monólogo interior de la enunciación poética. Naturalmente, esta falta de puntuación y este sacrificio del verso se recompensa con la potencia formal que contribuye a amplificar la reflexión política de este libro: su irónica frialdad administrativa, la prosa ardua y la dificultad de los documentos oficiales, permisos, pasaportes, etc. que la mirada del poeta denuncia continuamente rompiendo la verticalidad de sus propios poemas:

Obligados a dormir/ a la intemperie en la estación/ de la ciudad donde apenas/ si hay aristas/ donde algo/ interrumpe la verticalidad/ algo que está a punto/ de chocar contra/ algo semi-derruido/ sacos de dormir colchonetas puentes pasarelas el Estado/ miembro competente el/ registro de solicitantes el/ procedimiento de protección/ distribución asignación pontones viaductos los/ controles exhaustivos/ todo/ eso y más.

Como observamos en el poema anterior, ese acercamiento a un prosaísmo sui generis propicia un tono casi documentalista, cierto realismo que junto a las asiduas enumeraciones caóticas potencia la enunciación de un mundo desequilibrado y perdido de valores humanos en las distintas descripciones sobre las que suelen construirse estos poemas. El poeta retransmite la miseria de una política internacional ajena al sufrimiento humano. Se va configurando así un estilo formal indisoluble del fondo que mutuamente se retroalimenta como ocurre en toda gran poesía, una poesía que no se conforma con los moldes tradicionales, sino que busca y experimenta sin miedo, más allá de la tradición clásica, la forma natural que requiere el pensamiento que proyecta, o bien, dar cuenta de cómo la realidad invade la intimidad del sujeto en una suerte de épica subjetiva. Esta épica subjetiva se va modulando en las distintas partes del libro que se estructura en cuatro apartados siguiendo el itinerario de un viaje interior en el tiempo y en el espacio, es decir, nos encontramos también ante un cuaderno de viaje o un diario que, por otra parte, contrasta y complementa el peso épico, objetivo o realista que acabamos de comentar. Lo subjetivo aparece así en motivos recurrentes como la reflexión literaria, la lectura y la escritura como medio de indagación y conocimiento de esa realidad que hemos apuntado y, por otra parte, del tiempo recobrado en la memoria y su proyección futura. Se distinguen dos realidades: la externa ante la cual el sujeto se sitúa como un reportero, y la interna, en la que el poeta reflexiona, se repliega y se refugia para buscar respuestas o, al menos, para pensar las preguntas que necesita plantearnos. Así, en un mismo poema puede mezclarse y confundirse la experiencia lectora con la memoria personal e íntima de esa lectura en una ciudad determinada como una reflexión íntima del tiempo:

un homenaje al/ pasado que regresa a/ continuación una carta que/ alguien escribe a alguien que/ va dejando la respuesta para/ mañana o pasado hasta/ hacerlo demasiado/ tarde hasta no hacerlo nunca alguien que/ envía cartas a alguien/ que se olvida de responder cartas/ olvidadas al fondo de un cajón/ que alguien se encarga de quemar.

En la primera parte del libro se aprecia el deseo romántico de abarcarlo todo en la concentración del poema, en una única noche:

y es como si uno intentara/ decirlo todo/ en esa única noche.

De hecho, a este deseo responde todo el libro. Podríamos sumar ahora a ese fluir de conciencia de la voz poética en un discurso al mismo tiempo épico y subjetivo otro rasgo fundamental que permite clasificar este libro no como un conjunto de poemas sino como un gran poema extenso de raigambre romántica, de un romanticismo, dicho sea de paso, europeo. Me refiero al hecho de la ausencia de títulos en los poemas y a una estructura general levemente matizada en sus distintas partes. A ello añadimos la materia autobiográfica de la memoria del sujeto poético y el deseo de abarcarlo todo en una única composición como características fundamentales de los poemas extensos modernos o de gran aliento.

No obstante, distinguiremos cada parte separada por números romanos. La primera se concibe como un viaje al fin de una noche circular, una noche que es un continuo regreso al pasado, a la memoria personal que contrasta con la realidad internacional. La metáfora del viaje sigue presente en la segunda parte donde se reflexiona especialmente sobre la distancia y el perspectivismo objetivo que aporta para enfocar la realidad íntima y social. Para ello podemos encontrar poemas extensos donde la anécdota narrativa ejemplifica lo que otros poemas breves sentencian:

Somos distancia// No es posible volver/ porque el que vuelve/ no es el mismo.

Podríamos decir que la tercera parte se concentra en el destino del viaje con especial protagonismo de los recuerdos de la ciudad de Roma. En estos poemas se funde la experiencia literaria (de la Divina comedia, por ejemplo) con la ciudad de Roma como destino emblemático y metáfora de la belleza artística y el tiempo. Lo mismo ocurre con la lectura de Una temporada en el infierno o Muerte en Venecia donde experiencia lectora y experiencia (re)vivida se interrelacionan o terminan fundiéndose:

Pasa una góndola/ como un ataúd.

Por otra parte, Roma es también metonimia del espíritu del libro porque en ella coexiste lo suntuoso con lo pobre, la literatura con la realidad, la experiencia personal con la realidad colectiva, en definitiva, el contraste que la propia realidad contiene:

Lo pobre coexiste/ con lo suntuoso/ escribo/ antes de describir el/ puesto de souvenirs y/ paraguas iluminado/ por un fluorescente/ junto al Palazzo Barberini.

Junto a la reflexión sobre el arte y la propia literatura ante la realidad, seguimos viendo también poemas basados en anécdotas que ponen de manifiesto la solidaridad anónima, por un lado y, por otro, se entiende esta parte como un cuaderno de viaje en el que el sujeto poético declara igualmente su experiencia amorosa revivida en su escritura:

Estar en Roma es una forma de estar contigo.

Por último, llegamos en la cuarta parte al fin de un viaje que desemboca en el olvido y la parsimonia europea que este texto denuncia literariamente como su tema fundamental:

Dejar atrás todo para que todo/ tenga sentido// Cruzar puentes/ para ir de un olvido a otro/ mientras Europa/ aplaude enfebrecida.

También en esta última parte se ubica las claves de este libro en una serie de poemas declarativos donde el poeta decide descubrir sus cartas sobre su propia creación ante un tú lector cómplice:

Cuando hablo a solas/ hablo contigo.

Entre otras reflexiones, también declara, por ejemplo, la condición confesional de este poema extenso y su paradoja literaria o ficcional:

Esto es una confesión y como todas ellas falsa.

Definitivamente, José de María Romero Barea con Europa aplaude consigue construir un gran poema documental sobre nuestro tiempo, el poema extenso de un continente que ha malogrado sus valores ilustrados de igualdad y fraternidad ante la visión del poeta. A este escenario se suma la experiencia del propio poeta en un largo viaje que entremezcla la memoria personal y la experiencia literaria a menudo confundida con la realidad, de manera que una explica y complementa a la otra y viceversa. Como el viajero que contempla un mar de nubes en el cuadro de Caspar David Friedrich la voz de José de María en Europa aplaude contempla la niebla de un mundo en crisis desde su condición de romántico y de ilustrado al mismo tiempo, una rareza literaria que, sin duda, desde la razón al corazón de cada lector, valdrá la pena atravesar.

Daniel García Florindo

Sevilla, 31 de enero de 2016

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