Mi hija, mi hermana: víctimas colaterales del terrorismo yihadista,: los cowboys europeos descubren que el mundo no es blanco o negro

Mi hija, mi hermana: víctimas colaterales del terrorismo yihadista, los cowboys europeos descubren que el mundo no es blanco o negro

Por Salomé Guadalupe Ingelmo

Durante la celebración de un festival country, Alain, un apasionado de la cultura y el folk norteamericano, pierde de vista a su hija adolescente, Kelly. Sólo a través de las amigas de la muchacha descubrirá que Kelly, quien finge seguir saliendo con ellas para no tener que dar explicaciones a sus padres, desde hace tiempo tiene novio. Un novio musulmán que, a su vez, ha desaparecido de su propia casa sin despedirse de sus padres. Desamparado por su gobierno y convencido de que su hija ha sido secuestrada, sordo ante las cartas que ella envía de vez en cuando para notificar el nacimiento de algún hijo y pedir que no intenten encontrarla, Alain inicia una búsqueda obsesiva y desesperada dentro y fuera de Francia ‒en un mundo hostil, indiferente y globalizado‒ que le llevará a perderlo todo, incluso su mujer y, finalmente, su propia vida. En esa carrera ciega arrastrará a escondidas a su hijo menor, George ‒al que, significativamente, todos llaman Kid‒, un niño cuando Kelly desapareció. Y ese niño, convertido en hombre, será quien haya de soportar el peso de la verdad…

Lejos del fácil fariseísmo, evitando cualquier intento de ganarse al público ofreciéndole sencillamente lo que espera ‒lo que, ratificando su superioridad moral, le tranquilizaría‒, la película escoge un desenlace incómodo y angustioso. El silencio entre los hermanos durante el fugaz reencuentro con el que se cierra la cinta resulta turbador. Porque todos recordamos haber sido protagonistas de conflictos no resueltos en el pasado.

Y es que el argumento principal, a pesar del escenario de terrorismo e islamofobia que se nos propone como trasfondo ‒paralelamente al crecimiento y maduración de Kid y a la evolución de su búsqueda, asistimos a los atentados del 11-S, del 11-M, el de Londres y, finalmente, no parece casual que el peregrinaje del personaje acabe precisamente en Bélgica, epicentro del terrorismo yihadista en Europa‒, es, a mi modo de ver, cómo las decisiones que tomamos en momentos concretos de nuestra vida, independientemente de nuestra cultura, creencias o religión, condicionan y a menudo determinan nuestro futuro, toda nuestra existencia. Frecuentemente también la de quienes nos rodean.

En efecto, finalmente Kid, tras perder a su padre y vagar por un peligroso Pakistán donde mata en legítima defensa al seductor de su hermana, donde es encarcelado y casi ejecutado ‒aventuras que no dejan de constituir una metáfora de la travesía hacia la edad adulta, plagada de desencantos‒, descubre que Kelly está bien y regenta en Bélgica, donde reside con sus hijos, un locutorio. Nadie la retiene, pero ha continuado con su vida lejos de su familia y sin intentar retomar el contacto con ellos. Es una mujer de carácter, que precisamente por ello fue abandonada por su marido, como explica la segunda esposa de éste; luego de su conducta desconsiderada no se puede hacer responsable a la sumisión que las mujeres sometidas al fundamentalismo islámico deben a sus esposos. Esa explicación sería cómoda y reconfortante para las familias abandonadas, pero no siempre responde a la realidad. Lo cierto es que a menudo no sabemos rectificar: pensamos que una vez tomada una decisión que se ha demostrado equivocada, es demasiado tarde para volver atrás. Pero nunca es tarde para escapar de una elección que no nos hace felices. Ha de haber siempre tiempo, hasta el último segundo de vida, para una nueva oportunidad.

El desenlace de la película contraría y deja un regusto amargo. Seguramente porque todos nosotros recordamos conflictos no resueltos, palabras no dichas, explicaciones no dadas y excusas no ofrecidas. Porque enfrentarnos mediante el diálogo a los problemas cuando surgen, reconocer que nos equivocamos llegado el caso, implica vencer el pudor y el orgullo. Y eso exige mucha más inteligencia y humildad que permitir que una relación se deteriore definitiva e irremediablemente.

Somos unos desconocidos para quienes nos rodean. Alain se aferra a la idea de que Kelly ha sido raptada y retenida contra su voluntad, y seguramente muere con esa convicción. Pues cuando nuestros seres queridos nos defraudan, procuramos negar la evidencia. Sólo que a su hijo, que hereda su causa y la lleva hasta sus últimas consecuencias, que finalmente da con la extraña en la que su hermana se ha convertido, esa artimaña ya no le resulta posible.

            Ciertamente este drama personal se narra de una forma muy poco usual. La pasión de los protagonistas por el estilo de vida country, reflejada no sólo en sus pintorescas fiestas y atuendos sino también en los propios nombres de sus hijos Kelly y Kid, pone de relieve los vínculos que existen entre la película y el western, con el que en efecto comparte un argumento clásico del género: la búsqueda de un personaje secuestrado. Un argumento que, sin embargo, reaparece totalmente actualizado gracias al escenario de terrorismo yihadista. En efecto esos detalles que evocan el oeste de los Estados Unidos y tanto sorprenden trasladados al ámbito europeo, en concreto a la campiña francesa, ofrecen un guiño a un género al que realmente Les cowboys debe mucho. Especialmente a Centauros del desierto, de John Ford, con la que, sin que a mi juicio la podamos considerar un remake en clave modera ‒especialmente por la forma en la que Les cowboys indaga sobre la responsabilidad del individuo en sus actos y decisiones‒, encontramos consistentes paralelos: la absorción del personaje raptado por la cultura que lo recibe ‒en el caso de Centauros del desierto, los comanches‒, la obsesión ciega de quien pretende liberarlo, el traspaso de ese objetivo a un personaje aún inmaduro ‒en Centauros del desierto, el sobrino del protagonista‒ que se ve arrastrado a esa forma de vida… Queda demostrado, una vez más, que el western encierra argumentos universales y atemporales, y en este sentido mucho comparte con la tragedia griega. Como se puede observar, el propio título de la película, Les cowboys, rinde homenaje a esa inagotable fuente de inspiración.

Por otro lado, ese discreto aroma norteamericano que la película despide seguramente pretende evocar el entusiasmo simplón con el que la vieja Europa, cuya cultura tanto debe a los árabes con los que convivió estrechamente durante siglos, se lanzó a la nueva y a menudo indiscriminada cruzada de los Estados Unidos contra el Islam, convertido en el enemigo que oportunamente habría de suplantar a comunismo.

En un escenario de fronteras confusas, cuya vaguedad de hecho se alimenta conscientemente, los límites se diluyen y resultan difíciles de distinguir: religión y fanatismo, guerra y terrorismo… Porque el mundo real, el de los adultos como el madurado Kid ‒también el de la experimentada Europa, frente a la joven Norteamérica‒, no está hecho de blancos y negros, sino de infinitos matices.

Por oposición frente a la violencia circundante, la que sólo ha creado desencuentro y muerte, Les cowboys explora las posibilidades de redención que ofrece la tolerancia y la convivencia entre culturas. Es una película de pérdidas, desengaños y separaciones. Pero al tiempo también, más que de choque de culturas y segregación como habría sido previsible, lo es de descubrimientos y confluencias. El Islam ‒una parte violenta del Islam‒ le arrebata a Kid y a su madre una hermana e hija, pero en compensación les devuelve una esposa y madre que ofrece un hijo y nieto a una casa marcada por la tragedia. Una mujer que, desde la honestidad de su juicio independiente y autónomo, reconoce la maldad de su primer marido ‒antes esposo de Kelly‒, un fanático afín al terrorismo. Se indaga por tanto en el proceso de adaptación e integración en otras culturas, como en efecto también lo hizo más tempranamente Centauros del desierto.

En definitiva, a pesar de tratar un argumento delicado, expuesto además en momentos en los que Europa se siente especialmente vulnerable y sensible, la película decide mostrar un escenario honesto, tan complejo como realista: poblado por personas y circunstancias, no por clichés y tópicos de fácil aceptación.

mi hija mi hermana

Título original: Les cowboys
Año: 2015
Duración: 114 min.
País: Francia
Director: Thomas Bidegain
Guión: Thomas Bidegain, Noé Debré
Música: Raphael Haroche
Fotografía: Arnaud Potier
Reparto: François Damiens, Finnegan Oldfield, Agathe Dronne, Ellora Torchia, John C. Reilly, Antoine Chappey, Maxim Driesen, Jean-Louis Coulloc’h, Gilles Treton, Francis Leplay, Djemel Barek, Mounir Margoum, Leïla Saadali, Laure Calamy, Antoine Régent, Antonia Campbell-Hughes, Iliana Zabeth
Productora: Coproducción Francia-Bélgica; Les Productions du Trésor / La Fabrique Films / Lunanime
Género: Drama / Secuestros / Desapariciones

 

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