El lenguaje co-educado

             Con las palabras me acuesto y me levanto, digo y hago; te hablo y te escucho con palabras. Soy comensal de la mesa del verbo divino; las palabras me hacen sentir vivo: con ellas pienso, luego existo; me diferencio del resto con palabras y también con ellas me uno al resto. Sé de ti con las palabras, de tus cuitas y tus anhelos, y tú de mí. Las palabras me tumban y me elevan, me hacen ver infierno y cielo, estar aquí y allá al mismo tiempo, conocer la realidad y concebir mágicos sueños. Soy palabra.

            A pesar de lo que se piensa últimamente, la palabra es el arma y la herramienta más importante que tiene el ser humano. Es nuestra forma de relacionarnos, de crear, de pensar y meditar acerca de lo que nos rodea. Es, después de la vida, el regalo más preciado que recibimos por el hecho de haber nacido: es lo que nos hace libres. Si quieres someter a alguien, destruye primero su palabra, su voz propia, y acabarás con su forma autónoma de pensar y, por tanto, de ser. Ésa es la primera regla, al parecer, que un gobernante aprende, dada la obsesión que tienen por influir en el lenguaje, en cómo hablamos. Hubo una época no tan lejana en que la blasfemia estaba castigada y las personas se autocensuraban en cuestiones políticas y sociales para no dar con sus huesos en la cárcel.

            Ahora vivimos en democracia, pero el afán de los gobiernos por poner puertas al campo lingüístico no ha decrecido. La lengua, como el pensamiento, ha de estar en constante movimiento, siempre cambiando, siempre renaciendo, pero es el pueblo quien debe producir tales cambios, es decir, una lengua hecha y rehecha desde abajo. No es eso lo que sucede en estos días: si Mariano Rajoy y su equipo de mercadeo intelectual deciden que se diga “el conjunto de los españoles (ciudadanía, pacenses…)”, el pueblo acabará usando esa expresión a fuerza de escucharla hasta el hartazgo. Lo mismo se puede decir de los anteriores presidentes.

            En la época de Zapatero y Aído se impuso el lenguaje co-educado, que no es sino otra eficaz manera de dominar la expresión y el pensamiento de las personas. Que un gobierno quiera rediseñar ficticiamente una lengua antigua y rica como es la de Cervantes y Quevedo me parece una osadía sin límites, una prepotencia imperdonable. Da la impresión, además, de que en todos los cambios propuestos ningún lingüista ha sido consultado. Si se hubiera hecho, éste les habría dicho que las dos principales reglas de una lengua son la riqueza y la economía. Riqueza para poder variar las palabras por medio de la sinonimia, inventar metáforas e imágenes, cambiar las estructuras de las frases; que no todo es guay: las personas y las cosas pueden ser bonitas, bellas, impresionantes, afables, entrañables, maravillosas, asombrosas, excelentes, admirables, deliciosas… Economía para poder decir en dos palabras lo que no requiera cuatro, que cuando vas a llegar al meollo de lo que me estás contando, yo ya me he ido aburrido.

            De la riqueza de nuestra forma de hablar prefiero no hacer ahora comentarios. Con respecto a la economía, estos abogados del lenguaje co-educado proponen decir, no con cuatro, sino con veinte palabras lo que con dos puede ser expresado: si escribo “los/as españoles/as”, estoy empleando más palabras de las necesarias. Además, eso no es castellano. La Junta de Andalucía obliga por decreto a escribir mal a sus propios funcionarios, pues todo documento oficial debe ir escrito en este lenguaje vulgar y absurdo. En mi instituto, harto de esta demencial propuesta, hice un experimento: tuve que escribir un texto de este tipo y lo leí en un claustro letra por letra. Al acabar el primer párrafo los profesores, con los nervios a flor de piel y las navajas en alto, me conminaron a dejar de leer. Nunca más me pidieron que escribiera co-educadamente. Cuando envío cartas a alumnos concretos, no lo hago con la forma al uso el/la alumno/a, sino que las personalizo, el alumno Pedro Tal o la alumna Ana Cual.

            Si la señora Aído hubiera consultado a un lingüista, éste le habría explicado lo que ella parece no saber: que las lenguas tienen términos no marcados, que son aquellos que engloban a toda la especie, sin diferencia de género. De ese modo, si decimos los hombres de la Edad Media o los españoles no apoyan la lapidación, a nadie se le ocurre pensar que no se está hablando de las mujeres. Éstas pueden sentirse orgullosas porque representan el término marcado, es decir, el diferenciador, el que otorga una cualidad especial. Además, estas personas públicas que dicen los vascos y las vascas no son congruentes con su forma estúpida de hablar, pues no siguen concordando los adjetivos hasta el final de la frase. Pueden ustedes pensar que este enunciado es aberrante: los vascos y las vascas son altos y altas, robustos y robustas, sinceros y sinceras y por qué no, inteligentes e inteligentas. Esto es, sin embargo, lo que habría que decir si uno (o una) quiere ser consecuente con la co-educación lingüística. Ello me lleva a pensar que lo aberrante es el concepto mismo. Siguiendo la argumentación del Académico de la Lengua Javier Marías, cuyo libro “Lección pasada de moda” recomiendo fervientemente, creo que estos individuos que así hablan son falsos y tienen intenciones ocultas, que ellos mismos no se creen esto de la co-educación.

            Superando cualquier límite de la aberración y la vergüenza, la señora Aído se inventó, en su calidad de ministra de qué-sé-yo-qué, el vocablo miembra. Yo, sin embargo, me siento bien con las palabras especialista, deportista, pediatra u oculista. Ha de saber esta señora que hay palabras que no indican género y lo de menos es su terminación.

            Tampoco se quedan atrás los que han cambiado las palabras con las que la madre de Boabdil recriminó a su hijo: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. La ignorancia es osada y estúpida. ¿Quiénes son ellos para cambiar nuestra literatura? Es como decir que debemos reescribir el infame poema de Lorca, maravilloso poeta, “Y yo me la llevé al río” u ocultar que el autor de la hermosa “Elegía” a Ramón Sijé escribió ese penoso catálogo de generalizaciones de los habitantes de las distintas regiones de España. No, señores, la historia se asume, no se reescribe a conveniencia.

            Pero no nos engañemos, no ser co-educados en nuestra forma de hablar, defender nuestra lengua de los ataques que se están llevando a cabo desde las instituciones, no significa que queramos que las mujeres estén en un segundo plano, que no tengan las mismas oportunidades laborales ni los mismos sueldos que los hombres, que sean esclavas del hogar y sus quehaceres o sufran el zarpazo del terrorismo doméstico –que es el peor de los terrorismos, porque lo sientes allí donde debes estar más segura- por parte de esos energúmenos que encima dicen que las quieren. Si apoyar a las mujeres es ser feminista, yo me apunto; en ese club maniqueo que arremete con tan poca inteligencia contra la lengua que tanto estimo no me busquen, porque estaré, más bien, apuntándol@s con mi arma cargada de palabras.

Fernando Rivero

Fernando Rivero
Fernando Rivero
Fernando Rivero García (Cáceres, 1967) es licenciado en Filología Inglesa y profesor de Enseñanza Secundaria en I.E.S. Pino Montano de Sevilla. Ha publicado el libro De Prometeo a la Guerra de Troya (Alianza Editorial, colección 13/20, 2011), un repaso por la mitología griega en el que conviven la poesía, la prosa y la prosa rítmica. En la actualidad edita y escribe en el blog http://www.prometeoliberado.overblog.com y la web para la enseñanza del Inglés https://sites.google.com/site/riverogarcia45.
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