LA SANGRE DE ERATO

Por José Sarria.

“La sangre de Erato”
Inmaculada García Haro
Ediciones del Genal
Málaga, 2016

María Victoria Atencia ha escrito lo que sigue: “Me voy adentrando por el poema a partir de una reflexión –si puede llamarse así- que frecuentemente irá a parar a los versos finales, y que de una taza no me importan su asa o su cuenco, sino el vacío que la colma y al que debe su condición de taza, y me pregunto qué tengo yo de ella, y la miro con los ojos que la vieron los míos, …/… De la poesía sólo sé que se abstiene de nombrar, porque habla de algo de lo que el autor no sabe el nombre, pero que el lector enteramente entiende aunque sin saber qué ha entendido. Y, especialmente, sé que no se alza desde la memoria personal, sino desde una memoria colectiva que viene desde el pasado, y que se anticipa también a lo que el hombre pensará, sentirá, temerá o creará cuando pasen muchísimos años”. Esta línea creativa que plantea María Victoria, enlaza con el centro medular de la conferencia “Mundo real y mundo poético” de Pedro Salinas, donde se lee: “La poesía es una mística de la realidad. El poeta mediante el verbo no expresa la realidad sino que participa de ella. El poeta es un cultivador de grietas. Fracturar la realidad aparente o esperar que se agriete, para captar lo que está más allá del simulacro”. Así, y bajo esta óptica, la creación poética se transforma en un acto de palabra creadora al nombrar lo que no estaba nombrado todavía. “Es el tiempo del sueño”, dirá Julia Uceda. El poeta es una persona que aspira a proclamar lo que permanece en el silencio.

Y en este contexto, con el que he querido hacer frontispicio de mi reseña, llega hasta mis manos el libro “La sangre de Erato” de Inmaculada García Haro. Este no es un libro más en el recorrido literario de la autora, sino que “La sangre de Erato” significa un punto de inflexión, la materialización de una vocación, la concepción de una manera nombrar el mundo y su silencio, desde y a través de la poesía, pues esta ha llegado a ser sangre de su propia sangre y una manera de ver y entender el cosmos personal, que la autora ya no concibe si no es a través de los ojos de Erato (la musa de la poesía, según la tradición mitológica griega). Inmaculada ha asumido con este poemario su posición vital, que no es otra cosa que la interpretación existencial, a partir de un profundo proceso reflexivo que lleva al escritor y, en este caso, a nuestra autora, desde la serenidad y la meditación, a establecer un mundo nuevo, el suyo, visto desde la mirada de quien hace rescate de su feminidad y del existencialismo una praxis de vida.

“Voy a escribir con mi vientre / para narrar el infinito / que no tiene palabras” (p.22) son los primeros versos con que se abre el texto que tiene mucho de establecimiento de principios, dintel de un poemario repleto de esa reflexión continua a la que ha sometido, en este último periodo creativo, a toda su obra: “Hay que cruzar / el desierto siete veces / para ser libre y ejecutar tu obra” (p.34).

El creador siempre se ha encontrado en la disyuntiva de llevar a cabo una obra de mero entretenimiento, un juego floral de palabras o bien una obra establecida en aquello que apuntaba Aristóteles en su “poética”, donde indica que el poeta tiene una labor de establecimiento y de construcción del mundo. El poeta, según Aristóteles, crea un universo desde la observación (desde la reflexión), tomando como base la realidad en la que viven los seres humanos y llevándolo a cabo mediante un trabajo de elaboración a través de la palabra, que es la herramienta que le ha sido conferida por los dioses. No hay que olvidar que la palabra poesía deviene de la raíz griega “poiein” que significa hacer, construir. A mayor abundancia, es lo mismo que afirma Antonio Machado en el prólogo de “Campos de Castilla”: “Algunas rimas revelan muchas horas gastadas –algunos dirán perdidas- en meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo”. La poesía que pretenda serlo debe de ir acompañada de un imprescindible proceso reflexivo profundo.

Todo esto, como decía, es lo que se percibe en la nueva propuesta que nos hace Inmaculada. Su obra es una obra reposada, profunda, de extremo respeto por la tradición (tal y como lo señala el profesor Enrique Baena en el prólogo del texto), un trabajo de indagación, aprendizaje y constitución. Existe, y es lo que más me ha sorprendido de este poemario, un verdadero trabajo de establecimiento del mundo, de su mundo poético, desde la introspección (sin prisas, sin excesos), una poesía meditada, coherente, sólida, llena de interés y admiración por quienes han sido testimonio de nuestra historia poética, como, por ejemplo, cuando nos ofrece ese bellísimo poema titulado “La maga”, compuesto de 24 excelentes y perfectos alejandrinos.

Las tres partes de que se compone el poemario, Meditatio, Feminae y Ergo sum, trazan esa línea a la que hemos aludido, de constitución de una cosmogonía personal con que dar sentido a la existencia y que Inmaculada la elabora desde un proceso de mirada interior, de soledad poética (“Los sueños son / la materia prima de nuestra ruta” –p.36- o “No puedo darle nombre al infinito: / estallaría en mi lengua” –p.24-), basamento que le propicia el “rescate de lo femenino herido” como piedra angular de su sentido existencial: “Miríadas de mujeres / en su trabajo milenario …/… En sus manos está / aquello que buscaban / los alquimistas” (p.46), y que se sintetiza en una escatología personal que alcanza en la libertad (“Ahí está la verdad / no queremos tocarla …/… y volver a ser verdad, libre” –p.40-) el destino final, el sentido de la existencia: “Me cité un día, en un lugar y a una hora. / Había andado perdida y a oscuras / pero supe recibirme en un instante / y ya no necesité cobijo” (p.64). Todo ello, hilvanado desde una acertada construcción formal, bajo el amparo del legado de la tradición, de las historias seculares, de los cuentos y personajes mitológicos que jalonan el texto. Una alquimia que no se produce automáticamente, por casualidad o simple inspiración divina. Es preciso, para ello, asumir la tradición poética, aprender del caudal de los que nos precedieron, es decir, indagación y conflicto, repliegues y validaciones permanentes, hasta alcanzar esa capacitación final que hace posible el milagro de transformar cualquier hecho poético en poesía, como es el caso de “La sangre de Erato”, que culmina, magistralmente, la autora con el poema que da, precisamente, nombre al texto y en donde encontramos un poema repleto de intertextualidades que cierra con estos versos que constituyen toda una declaración de principios vital: “Yo / abandonaré la corona de espinas / y seduciré al laurel / para ceñir mi frente” (p.68).

Es tan satisfactorio encontrar a una escritora que ha hecho apuesta firme por el desafío de alcanzar una obra en marcha, en continuo avance, desde la serenidad, desde la firmeza, desde la certeza de la tradición. Es una gran alegría, haber encontrado en Inmaculada García Haro esa apuesta, alcanzarla en ese proceso de búsqueda, de indagación, de aprendizaje, para hacer universal el poder creativo y constitutivo de la palabra.

Escribió Antonio Machado: “Ni mármol duro ni eterno, / ni música ni pintura, / sino palabra en el tiempo”. Los autores que tengan algo que decir, que deseen trasmitir un mundo interior (como lo hace, magníficamente Inmaculada) tejido por hilos de intuiciones y sentimientos inteligibles, han de saber descubrir el verdadero y profundo valor de la palabra, qué significa la palabra exacta, qué poder vivificador habita en sus entrañas y se instala en sus plásticas elipsis. La palabra en el tiempo no elimina lo humano, el arte ni la formación literaria, sino que hace de ellas elementos precisos y necesarios para la construcción de su obra poética. En épocas de crisis de valores, como la actual, lo que nos salva, lo que nos redime, es la palabra, la palabra precisa para este momento, para esta época. Nuestra autora, Inmaculada García Haro, con “La sangre de Erato” es, ya, palabra en el tiempo.

Jose Sarria
Jose Sarria
José Sarria (Málaga, España, 1960). Escritor, ensayista, crítico literario y columnista periodístico. Es Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales, Diplomado en Derecho Tributario y Master MBA. * Es miembro del Consejo de Redacción del Suplemento impreso Papel Literario de DIARIO MÁLAGA y de su versión digital (Málaga, 1997-2013), del Consejo Editorial de la Revista Literaria ´Extramuros´ (Granada, 2001-2005), del equipo de Redacción de la Revista Literaria ´Tres Orillas´ (Algeciras, Cádiz, 2002-2013) y del Consejo Editorial de la Revista Literaria ´EntreRíos´ (Granada, 2005-2013). http://www.josesarria.com
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