ATLAS, de Israel Álvarez. Quien sufre el mundo, mas lo sostiene

Llevar atlas en los ojos, como si fuesen impetuosas flechas de esperanza, que nos inciten a salir del lodo y nos eleven por encima de las miserias de los días. Hallar un continente cotidiano, ese milagro de la vida que llegas a conocer gracias al amor. Saltar por él del dolor, de la tragedia y de la nostalgia cruel, para caer en los brazos de la VIDA y poder con su ayuda resistir su espejismo y dureza, cuando la luz del día que lo despierta es una azada en la tierra de mis párpados. Acabar comprendiendo que la misión a cumplir -o sentido de los días, porque todo espera un sentido, o nosotros necesitamos otorgárselo- no es otro que el de “sostener el mundo del otro”. Comprender la agonía sufrida y dejada atrás. Comprender nuestro complejo corazón. Estos son algunos de los cometidos del tiempo, según nos relata Israel Álvarez en este poemario,  un tiempo siempre breve en una sola vida. Y aunque se diga que el tiempo siempre ayuda, ese “yo” que aparece en los poemas lleva en su interior un eco pavoroso y terrorífico que le acompaña desde su primera tumba, susurrándole nuestra brevedad y fugacidad, la necesidad de continuar sin hundirse, de no enroscarse abrumado ante las supuestas grandes cuestiones: “Huye. Salta de la noria infinita en que has convertido tu vida”. Sin embargo hay un lamento, un duelo incrustado en su costado, que nos asalta desde diferentes poemas y nos hace pensar que la herida nunca dejará de sangrar, como así lo indica: “Quién es el tiempo para curar las heridas.”

 Cualquiera de nosotros está cruzado por varias heridas, pero hay tres que son inevitables. Las nombró Miguel Hernández en su Cancionero y romancero de ausencias: “Llegó con tres heridas: /la del amor, / la de la muerte, / la de la vida.” De este recorrido del infierno hacia el cielo, o del recuerdo del infierno en el cielo,  y de estas tres heridas nos habla el autor en este libro con tintes existencialistas, en el que las reflexiones sobre estos temas se mezclan de manera discontinua o fragmentaria con sus ideas sobre la poesía y su escritura.

En su búsqueda de respuestas sobre el destino humano mira preguntas que continúan sin resolverse. No sabemos si podemos o no implorar a un Dios, aunque nos vayamos haciendo con un manual de supervivencia que sustituya su silencio, aunque vaya creciendo en el pecho un deseo vital que nos empuja a seguir.

En la nada que todos nos sentimos, una infinita nada de huesos, aparece el amor para revelarnos el Edén, para ayudarnos a enfrentar el terrible día; al igual que la poesía nos consuela de sus sinsabores y amarguras. Pero el ángel que nos alienta la vida, también puede convertirse en los ojos de la muerte, como decía Cesare Pavese en Vendrá la muerte y tendrá tus ojos,  y como dice el mismo autor: “La muerte está en el otro”

No obstante, y a pesar de dormir con la muerte, hay un impulso enérgico, vitalista y luminoso que late dentro de sus versos y que le hace resucitar: “Mientras más oscuridad/ mejor/ será la luz”. Y piensa que a pesar de la devastación, siempre queda lo precioso y esencial. El sujeto poético expresa una férrea voluntad y decisión de avanzar: “Subir hasta el límite. / Avanzar. /… Subir siempre…”

Ese impulso vital se refleja en el ritmo de los poemas,  cuyo vigor y entusiasmo nos recuerda a Whitman, tanto en su verso como en su tono: “He de merecer esta tierra que engullo cada día”, “Mientras vivo, soy infinito”.

En lo referente a la poesía, sabe que ella es capaz de detenerlo en el dolor e incluso de hacerle perder en él. Escribe porque la poesía es un bálsamo que le sana ese dolor que le viene de fuera. Y será el lector quien perfeccione la creación, la redondez lunar del periplo, pues sin él no tendría sentido. No quiero descifrar los misterios de la palabra sentida,  nos dice,  cada lector le dará su propia interpretación. Y efectivamente, parece que sus poemas quedan abiertos, a la espera de que sea el otro quien complete, envueltos en cierto halo de misterio, cuyo sentido e interpretación será diferente según la mirada del lector.

 En cuanto al uso del lenguaje, se aleja de los lugares comunes o tópicos, en busca de una expresión genuina y propia, lejos del realismo concreto y de la narración. Israel otorga una suma importancia a la imagen, a través de ella explora sobre sí mismo y sobre lo trascendente en un discurso fragmentado, ya característico de las vanguardias.

Sabemos que la poesía última vigente en nuestro país deviene más plural y heterogénea, intenta una renovación de la estética predominante en los años 80 y 90.  La profesora y crítica, Remedios Sánchez, en su libro El canon abierto. Última poesía en español, hace referencia a la estética del fragmento y la define como una poesía meditativa, que ve la realidad como un caleidoscopio, desmenuzándola, atomizándola. En este sentido, Israel Álvarez indaga sobre la vida con un intimismo universal –habla de su sentir, que puede ser el de cualquier, el de todos- de un modo que a veces resulta fragmentario. No quiero con ello caer en etiquetas, pues hoy hay un mayor eclecticismo y las influencias pueden ser varias, pero sí indicarlo como un rasgo de estilo.

No encontramos una escritura lineal porque tampoco hay un tiempo lineal, al contrario, el recuerdo del pasado reincide insistente y detenido en su presente. Y los versos nos hablan del presente y del pasado como un río en el que todo fluye: los atlas, los continentes cotidianos, las pequeñas tierras que emergen, los océanos heridos… y aunque se vea muy lejano de ese chico trémulo y casi huérfano, sus vivencias perviven. Ojalá se cumpla el anhelo: Que el olvido me haga carne de una vez.

Esta ha sido mi lectura del tercer poemario publicado por Israel Álvarez (1986), que podrá coincidir o no con la intención del autor. Con tres heridas yo: la de la vida, la de la muerte, la del amor.

Ana Isabel Alvea Sánchez

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