Isaac Prieto Caballero

Isaac Prieto Caballero, Cerralbo (Salamanca) 1941.
Estudió y trabajó en Andalucía, ahora, jubilado, vive en Sevilla.
Pertenece al grupo cultural Gallo de Vidrio y en él ha publicado, practicamente todo, en revistas y libros colectivos.
En solitario tiene Verso Vario, Cantata para una novia y Postales de Navidad.

I
Frío placer

Hueco, rincón, silencio,
el ahora y el siempre del vivir,
declaras en versos labrados con mesura,
en versos que duelen en el alma,
que arañan con sal en las heridas.

Eso es todo.

Soledad, dolor, silencio. Esperar
un susurro de mar que nunca explota,
una luciérnaga marchita, mustia tal vez,
que enhebre leve un halo de luz,
neblina, telaraña, solo eso.
Y, en el camino vago, se vislumbre
difuminada una palabra llena.

Una palabra.

Alegría, vida, amor, cariño…por ejemplo.
Y una lista muy larga, hijo, compañero, amigo…,
acaso infierno, purgatorio o cielo,
que amasadas sin rabia encienden en el horno
ese frío placer de estar en este mundo.

II
No me llega cercana la voz, ni conocida.

No comprendo los gritos ni el silencio
que duerme con el runrún de fondo
carcomido, polvoriento, rugosa tela de araña
sacudida sin piedad por los vientos del norte,
-siempre el maléfico norte-,
rugosa serpentina con verdina en el costado.

Llega el cable a todas partes con las voces de algunos
disfrazados de muchos, de todos.”Es la voz sempiterna,
natural, la semilla germinada de un futuro que sonríe,
diáfano, radiante, multicolor y en paz”.

Todo suena a embustero anuncio de campaña.
Trae el sabor del agua turbia con sus peces de colores
estirando la boca por una pizca de pan,
por una gota de aire, un centímetro más
para no pisarse en los bailes del programa.

No me llega cercana la voz, ni conocida.
Diagnostican defecto de sordera intencionada.
No comprendo.

III
Desierto temporal

Un enorme segundero plantado en el desierto
como faro seguro en la cálida arena,
marca exacto, orgulloso de sí,
el minuto a minuto, los segundos inciertos
desde los tiempos en blanco,
en aquella encrucijada de arenas para el viento.

No hay constancia de cuando floreció,
-árbol del ahorcado, guillotina del tiempo-
donde nadie está ni estuvo ni se espera.

Un reloj insaciable, monumetal monolito en el vacío,
letrero mugre de estación a ningún sitio,
controlando inmutable
los ritmos de la vida del horizonte en rosa.
El sol aparece cada mañana sobre la sombra larga.
Luego la sombra desaparece y se alarga otra vez
caminando en círculo hasta deshacerse exhausta
de tan dorado y ocre y trabajoso sudor deshabitado.
La estilita aguja silenciosa y metódica
señala sus tiempos impasible, sin acusar siquiera
un pequeño retraso por tomarse un aceite
o limpiar arenilla del cansado engranaje.
Ni siquiera una duda para usar el pañuelo de visera
en el lugar exacto y a la hora en punto,
tantos años ya, que ni se acuerda.

Nunca nadie escuchó sus campanadas
ni vino golondrina a colgar sus desvelos
después de marear la tarde al son de los vencejos.
Y, ni triste ni alegre ni inquieto ni aburrido
presidiendo la nada, midiendo lo infinito,
el reloj camina inmóvil, vertical y en punto.
El tiempo quieto pregunta allí al dios de la alborada
que “por qué me controlas si tu palabra basta,
si sigo mi camino verdeando palmeras,
si dejo que la arena se dore mullidita
sin huellas de camello hacia la fuente escasa”.

El tiempo se renueva a cada vuelta
descontando a los vivos su salario de estancia,
con deleite y alborozo a modo de conquista.
El reloj sigue allí haciendo su trabajo
-noria insaciable, surtidor de tiempo-,
inútilmente exacto, aburridamente en punto
a solas con su empeño.

IV
No suenan aleluyas estas tardes
ni repican campanas en la torre
ni atruenan estridentes las trompetas.

El silencio es el todo. Fuera llueve.

Puede que sea invierno tan temprano,
puede que esté dormido atardeciendo,
puede que no sea hoy ni sea mañana.

Tal vez esté en ayer, que el tiempo pasa
sólo en sueños y en esto estoy
sonriente y tan joven, sin parecerlo apenas.

Amasijo de fracasos me siento comprendido.
De tumbo en tumbo voy, según me veo,
que las dudas me llenan y el misterio.

Tengo frío, me faltan las palabras
y el reloj se me funde en el desierto.
El silencio es el todo. Fuera llueve.

V
Olvídame. Lo sé. La herida permanece.

El amor difumina inconsciente los conciertos,
se derriten las lágrimas del alma a su contacto.
Sana el fuego cuanto quema lento
hasta lograr el alta para vivir despacio
un poco más allá, un poco más cansado,
con el bastón, quizás,
contando incierto los almanaques rotos
y alguna marca blanquecina en piel,
del tiempo esparadrapo.

Duele el amor. En el silencio llueve.

 

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