Leopoldo Espínola

Leopoldo Espínola (Alanís – Sevilla, 1968) es poeta y pintor autodidacta residente en la Sierra Morena de Sevilla. Es a partir del año 1998 cuando retoma una vieja afición por la escritura que abandonó en los años de instituto. Tras recibir un reconocimiento en el Certamen de Poesía Carmen Merchán Cornello de Cazalla de la Sierra en 2007 comienza a desarrollar su pasión por la poesía. Ha participado en varios talleres de escritura creativa en bibliotecas de la capital hispalense entre los años 2004 y 2008, junto a otros poetas sevillanos. Algunos de sus trabajos han sido premiados en diversos certámenes, a destacar: el Premio de Relato Corto Castillo de Cortegana (Huelva) en 2008, el Premio de Poesía Ciudad de Alhama de Granada 2016, el VII Premio de Poesía de Gerena 2016 y el I Premio de Poesía Pintor Amalio de Sevilla, estos tres últimos en 2016. Sus poemas también han sido finalistas en Ahigal (Cáceres) y en Marchena (Sevilla). Ha publicado dos libros de poesía: Patio Interior, Ed. La tierra hoy y El reloj de letras, Bubok Editores. Ha participado en diversas antologías y publicaciones de poesía y relato en Andalucía y Extremadura. Colabora en la revista trimestral Aldaba que edita la Asociación Artístico Literaria ITIMAD de Sevilla, en la revista Alas del Sur editada en Magdalena – Buenos Aires (Argentina) y en el semanario digital Viceversa Magazine editado en Nueva York (EE.UU.).

Comprometido con la difusión literaria es socio fundador en 2008 de la Asociación Literaria de Alanís y Sierra Norte, de la que ha sido presidente hasta mayo de 2017. En este mismo período ha formado parte de algunos jurados en certámenes de poesía y relato de su comarca, y participado en diferentes recitales y homenajes poéticos por las provincias de Sevilla y Badajoz.

En la actualidad, sin dejar de lado la investigación de la composición poética y la ampliación de su propia obra, participa en proyectos teatrales con niños y niñas de primaria en el CEIP Cecilio Fuentes de la Fuente de Alanís.

Los pueblos

 

Verde imposible anida inalcanzable

una higuera en la torre,

curiosa de estorninos y palomas,

de vientos, de horizontes…

Viejo páramo adobe la espadaña.

 

El amanecer descuelga cálido

su llama fluida desde el campanario

hasta la fuente: rumor de cristales.

De cal, frías al fondo, sarcófagos las casas.

 

De la escasa niñez que chilla por la plaza,

cada risa, destello, cada paso

es una higuera verde imposible

que alegra el eco breve y fúnebre

del bronce ante la niebla

silenciosa e inminente del invierno.

 

Es un bálsamo inútil

contra el abandono del anciano,

olvidado granito de los pueblos.

 

 

Uniforme

 

Siempre en su cuarto la ropa

sobre la silla:

la dehesa, el viento, el campo,

la huerta, el establo…

 

Dardos de avena loca

bajo hilo gris holgado herían

la cal de sus tobillos

y el polvo de las botas

o el barro otras veces

hollaba su exhalar por la escalera.

 

Colgó de testamentos y cenizas

a diario su sombrero:

pana y rejilla, inviernos y veranos.

 

En el armario guardó oscuros

silencios y alcanfores,

incluso muerta ya mi madre:

antigua ropa nueva de cumplir,

de funeral…

Y el brillo

betunado del luto, del charol

debajo de la cama.

 

Fue el del campo siempre

su uniforme,

fue él de campo hasta la tumba.

 

 

 

Los viejos huertos

 

Te negaste a labrar los viejos huertos

cuando abril inundaba con su lluvia:

las semillas batallas de Virgilio,

los barbechos océanos de Homero…

 

Aquel festín de frescura — veleta

edad imberbe— te privó de reglas

y apenas muestra código la arcilla

que revuelve insegura tu mirada.

 

Ya de regreso, cercano diciembre,

su cúspide nevada por los años,

requieres para tu sediento huerto

sin lluvia y cuarteado,

los pasos que negaste:

la herramienta

que ofrezca tu simiente

a esta gleba apacible, tan fértil en tus manos.

 

 

Legajos de vida

 

¿Qué somos sino legajos de vida?

Un pilar de recuerdos nos resiste

como hondas huellas en la arcilla

renuentes a la amnesia de la lluvia,

una parva de hojarasca en el otoño

a la espera del viento que la esparza.

 

El ayer germina a nuestro paso

y nos van construyendo sus fragmentos,

y su voz, como un agnado vapor,

de la memoria fluye en silencio.

 

 

Gambusinos

 

Por la vereda vais

cada mañana acompañando heladas

praderas o ciudades,

para cribar —ambiciosas miradas—

el cauce vacío del silencio.

 

Como gambusinos

en el horizonte abundado introducís

la pala oxidada y del rico torrente

catáis la gravera de palabras.

 

Sabéis que nunca hallasteis filón

en vuestro territorio

y que el cansancio os agarrota

remisos ya los nudillos.

 

Agua y barro escribís insistentes,

febriles las bateas al uso blancas,

y agitáis, y giráis la escoria

en vuestros módicos cedazos.

 

Pero el poema, como el oro,

aún se os resiste. Aún,

ocultos en vano lodazal de atriles,

esquiváis ese rayo

que ha de extraer su brillo.

4 thoughts on “Leopoldo Espínola

  1. Hace poco tiempo que tube el gozo y la alegría de conocer sus letras.
    Quizá se contraponen a las mías y me enseña desde su escritura otros caminos dentro de la literarura.
    Agradezco a los dioses este fortuito y halagador descubrimiento.
    Mis felicitaciones por este merecido reconocimiento a tus letras que ha realizado Luz Cultural Magazine. Un gran abrazo. Vic

    1. Muchas gracias, Vic. Un honor tener tan buenas gestoras culturales y agradecidas lectoras y poetas en la cercanía que nos permite internet a pesar de la distancia. Un abrazo.

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