LLEGÓ AL FINAL DE LA CALLE

Ramón G. Medina

Nota biográfica

Ramón G. Medina (Almadén de la Plata, Sevilla, 1948). Poeta y narrador.

Participa en diversas antologías poéticas y varios medios digitales. Tiene algunos premios de poesía y publicado en obras colectivas: Editado

Ramón G. Medina

Del amor y sus ausencias, 1993; Poemas para un náufrago, 1998; Plumier de versos, 2006; Homenaje a Juan Ramón Jiménez, 2009; Poemario en Espacio Poético, 2015; Con el calor de la mirada, Guadalturia Ed. 2015; en la Antología ACE Andalucía, (Oía hablar a los árboles), 2017; y en Este pasar despacio sin sonido, 2017:

 

LLEGÓ AL FINAL DE LA CALLE       

            Había apostado por no jubilarse hasta alcanzar los 65 años. Trabajó toda su vida lo que puede trabajar un hombre honrado que es conforme y acorde con su familia, su trabajo y sus obligaciones sociales. Y aunque pudo prejubilarse como habían hecho muchos de sus compañeros, acogiéndose a planes y programas de prejubilación, no lo hizo. Resistió con entereza rigurosa y honestidad en su puesto, llevando con integridad el peso laboral que suponía trabajar desde los dieciséis años, con que empezara de aprendiz. Cualquiera podía calcular con afectivo amor, las veces que presionara con sus dedos las teclas de la máquina de escribir. Todo un mundo de adivinaciones y cálculos de oficina.

            Y aquella tarde, después de los trámites burocráticos, y habiendo recibido de mañana la notificación certificada de que eran conformes los requisitos para su jubilación, se miraba a sí mismo con no cierta rareza ante aquella nueva vida que tenía por delante, para disfrutar el resto de los días con los suyos. Más aún, se sentía como un extraño, saludando a vecinos y amigos en horas que nunca lo había hecho en días laborables.

            Pensando y divagando sobre ese nuevo estado de su situación, ganado con desvelo y dignidad, echó a andar calle adelante. El sol, se estaba trasponiendo a espalda de los cerros, dejando ver los últimos sonroseos a la vista, mientras él iba observando. Pensaba distraídamente si aquella nueva forma de vida, ahora ociosa, era real. Lo era, después de tantos años de trabajo. Saludaba y sonreía felizmente y satisfecho a quien se encontraba a su paso y seguía calle adelante. Meditando quizás, sobre todo, en aquella otra vida que dejó tras de sí sin dolerse, o pensando tal vez, en la primera mensualidad de pensión que le llegaría a fin de mes. Avanzaba por la calle, disfrutando de su feliz y vespertino paseo. Uno de los primeros que se permitía en aquella nueva vida a medio agotar.

            Llegó al final de la calle. Se detuvo junto a la última farola, aún sin encender.  Contempló lo que tenía delante, y sólo veía el ancho campo perdiéndose a la vista en la oscuridad brumosa del atardecer. Detrás estaba su barrio. Donde vivía desde que fundara su familia. Allí fue toda su vida. En la que ahora, ya libre de trabajo y disciplinados horarios, pensaba emplearse a fondo para disfrutarla junto a sus seres queridos. Se dio la vuelta instintivamente para volver a casa después de una nimia reflexión. Apoyó su mano sobre la farola que estaba junto a él, mientras miraba el horizonte. Y en ese justo momento, en aquel infortunado instante de la adversidad, el mecanismo que regulaba el alumbrado de la calle fue activado por la hora del reloj automático del tiempo. Y el hombre, calladamente se desplomó en el suelo a la velocidad de la luz. Como si un rayo hambriento de muerte lo hubiese atravesado de repente. Y expiró.

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