El PUENTE DEL RÍO



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El PUENTE DEL RÍO

Lourdes Soriano Arias

 

             Yo tengo en mi mesilla de noche un pequeño puente de marfil. Sobre el sofá de mi sala de estar, presidiendo la estancia, hay colgada una fotografía del Puente Viejo de Lora. Las paredes del pasillo de entrada a mi casa están adornadas con varias pinturas del puente de Triana y dos retratos, uno del Alamillo y, otro, más pequeño, del que, en Lora, llaman el Puente Romano. ¡Me encantan los puentes!

             Siempre me ha gustado mirar el fluir de la vida, subida a lo alto de un puente y, desde allí, contemplar el aire transparente de octubre, los atardeceres de noviembre, las crecidas del río en otoño, el discurrir de las aguas turbias, tras las lluvias del invierno, y los espejos quietos en las noches de abril. Yo les digo, algunas veces, a mis amigos que vayamos a pasear por el Puente de Hierro y nos llevemos una onza de chocolate con pan para merendar como cuando éramos pequeños.  Y lo hacemos.

           Una de las veces, se nos agolparon los recuerdos de la horrible tarde de julio y rastrojos. Los niños y las niñas, asustados y curiosos, corrimos en tropel a mirar todo lo que abajo ocurría. Encaramados al amasijo de hierro y con la barbilla sujeta entre los huecos que, con perfección geométrica diseñan el puente, no perdíamos detalle del siniestro espectáculo, ni a nadie le preocupaba, entonces, que así fuera, a pesar de nuestra corta edad.

            Cuando sacaron al “ahogao” se mascaba el silencio. Yo le vi desde el puente, por primera vez, la cara a un muerto. “El Damián”, – así le llamábamos-, tenía los ojos abiertos y la lengua pillada entre los dientes, igual que la ponía mientras veía ensartar los jeringos en el junco a María o lo mismo que cuando metía un gol en el descampado del Arroyo Hondo.  “Al Damián” lo taparon con unos sacos de la fábrica de harina, escritos con letras “colorás”.

          El siniestro bulto quedó tendido sobre el inmenso arenal que, entonces, había alrededor de la aceña. “El Tate”, su gemelo, dio un grito que parecía provenir de las entrañas del infierno y se tiró, chillando, a un tarajal. El hermanillo más chico, se revolcaba, pataleando en el suelo, mientras que su padre, Bartolo “El Aperaó”, mirando al cielo, renegaba de Dios y de la Virgen. Decía palabrotas que resonaban como sacrílegas y temerarias en mis oídos infantiles y hasta me rebotaban en el pecho. De vez en cuando, el pobre, escupía al suelo y rompía en un llanto desconsolado y aterrador. Sentí un miedo compasivo y profundamente triste. Nunca había visto llorar a un hombre, a un padre… Por eso, la mezcla de amargura y desesperanza que encontré en aquel rostro, despertaron en mí, hacia Bartolo, un respeto conmovedor y admirativo, casi sagrado.

         Mi cuerpo, invadido por un silencio venal y helado, estrenaba emociones que anudaban mi garganta. Y en el alma, aún conservo la cicatriz. El desgarro ilimitado me asomó al dolor sin remedio, a la impotencia rebelde y a la rabia irracional y humana contra lo inexplicable. Aquella tarde vi nacer a la muerte del mismo corazón de la vida que latía en las aguas del río.

             Con la continua tarea de trasladar a los labradores que iban a “El Álamo” o venían de él, la barca de “Chaborique” me desveló una honda verdad: la vida es movimiento continuo, todo puede cambiar de forma repentina en un momento. Un solo minuto puede contener toda la eternidad. Allí, quieta, desde lo alto del puente, observé que la muerte no podía frenar el ímpetu de la vida, más aún, que formaba parte de su esencia. La tragedia y las escenas cotidianas y sencillas convivían ante mis ojos perplejos.  Comencé a intuir la dualidad indisoluble entre las dos realidades, aparentemente antagónicas.

               Me dejé llevar por el ir y venir constante y, como si de la de Caronte se tratara, la barca de “Chaborique”, en su rutina diaria, me mostró las dos orillas de la existencia humana. Yo comprendí, observando su cuerpo desde el puente, que aquel chaval había llegado a la que no tenía retorno. Que Damián había hecho su último viaje. Nunca lo olvidé y me quedé atada al río para siempre.

            Tiempo después, en un anochecer de junio, mis amigas y yo, vimos desde el puente cómo copulaban dos perros, ante nuestros asombrados ojos de niñas, con nueve años, de los de entonces. Antoñito, el hijo del cabrero, nos contó que después de hacer eso, la perra se quedaría preñada y pariría a sus cachorros igual que hacían sus cabras y que, así, nacían también los conejos, los gatos y los niños y que la cigüeña y los Reyes no existían. Dijo, además, que los novios se daban besos debajo del puente y que, algunos, hacían entre ellos algo parecido a los perros, pero por delante, y que quien quisiera verlo, que se viniera todas las tardes aquí, al salir de la escuela, que se esperara hasta que se hiciera de noche y, el día menos pensado, desde lo alto, podría verlo todo. Antoñito, tras su retahíla, con aire solemne de clase magistral, se alejó silbando y, con maneras de hombrecito, bajó la ladera. De repente, se volvió hacia nosotras, y, desde abajo, gritó:

– ¡A eso se le llama follar!

             Todas rieron nerviosamente. Yo también, pero, luego, estuve llorando mucho rato durante varios días y, al menos diez, de un buen número de noches.

             Por octubre, cuando los campos de Lora me parecían arroz con leche, yo veía pasar, sobre el Puente de Hierro, las cuadrillas de hombres y mujeres algodoneros. A veces, entre ellos, iban algunos niños. En los ojos de todos siempre adiviné una mezcla de luz agridulce que desprendía tristeza de siglos. Mirándolos, se me coló Andalucía en el corazón. Creo, que para siempre. Quiero continuar contemplando la existencia, con generosidad amorosa y desde arriba de todos los puentes, porque los espejos del agua muestran la vida, la enseñan y devuelven lo que reciben.            Creo que ésta, puede ser una de las claves para seguir aprendiendo y, sobre todo, para vivir, con plenitud y alegría, el misterio del devenir del tiempo.

BIOGRAFÍA

Lourdes Soriano Arias, nació en Sierra de Yeguas (Málaga). Siendo niña, se traslada con su familia a vivir a Sevilla en donde hace sus estudios de Magisterio. Ha ejercido su labor como Maestra de Enseñanza Primaria en Sevilla, Alcolea del Río, Fuentes de Andalucía y Lora del Río. La mayor parte de su vida profesional la ha realizado en el CEIP “Reyes de España” de Lora del Río, pueblo en el que vive con su familia desde el año 1976 y en donde se entregó, con pasión, a la tarea pedagógica. Su labor literaria se ha desarrollado, sobre todo, en el ámbito educativo, componiendo poemas y obras de teatro para los alumnos y alumnas a los que daba clase. Entre sus obras de teatro destacan Sueños Lorquianos, escrita con motivo del Centenario del nacimiento de Federico G. Lorca, Montajes escénicos sobre la historia de Andalucía y El abuelo tiene razón, representadas en Lora del Río y pueblos de la comarca. Cuenta con relatos y poemas publicados en la Revista de Investigación y Creación que edita anualmente el Ayuntamiento de Lora del Rio y, recientemente, ha publicado el libro de poemas “Del lado del Corazón” de Ediciones Guadalturia.  Actualmente, además de la poesía, está trabajando en la elaboración de relatos y en la documentación de la que será su primera novela.

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