François Luis-Blanc

François Luis-Blanc, miembro de la Société des Américanistes au Musée des Arts Premiers, París, y de la Academia de Ciencias de Nueva York, es médico y profesor de la Universidad de Cusco, teniendo dictados cursos de etnomedicina en la Facultad de Medicina de París. Ha vivido y trabajado veinticinco años en América Latina. Reside desde 2001 en Portugal

Ha publicado: Caatinga, en Word Weavers, antología colectiva. Association of Florida Poets, Miami (1981). Médecine traditionnelle andine, en Métissages, obra colectiva. La Pensée Sauvage, Grenoble (1991). Médecins et Chamanes des Andes, Collection Recherches & Documents Amérique Latine. L’Harmattan, Paris (1995). Chamanes et chamanisme, in Voyage au Coeur du Mystérieux, obra colectiva, Sélection du Reader Digest (1996). Le festin cannibale, prix de la nouvelle d’anticipation. Schering- Plough, París (1996). La Voie du Condor. L’Harmattan, París (2001). Les maisons de fumée, a última viagem de Diogo Cão, edición bilingüe, AJEA, Faro (2004). «Los escritores de los descubrimientos », en Palabras sin Fronteras, obra colectiva. Cámara Municipal de Tavira con el apoyo de Faro 2005, capital nacional da cultura. «Una tarde en la Rábida», en Una mirada a Huelva, obra colectiva. La Espiga Dorada (2004). Cosmopoles, edición bilingüe. L’Harmattan, París (2012). Les lieux de l’aube maya, ebook. Amazon.com (2014). Nostalgie d’Amazone, ebook. Amazon.com (2014). Terraluz, antología colectiva. Casa do Algarve (2014). A Passageira de Ipanema, edición et prix AJEA (Association des Journalistes et Écrivains de l’Algarve), Faro (2015). Des Pas sur la Neige, edición L’Harmattan, París (2016). Tras las Huellas del Chaman Inka, edicíon Bohones, Madrid, 2017.


Cordillera

En el espacio, inmenso y salvaje,
Un punto negro se desplaza, insignificante.
Ser miserable caminando por el altiplano amarillento.
Acompaña un riachuelo cuyas aguas cristalinas
De día miran al sol y de noche a las estrellas.

Sus piernas cortas balancean tristemente
Una cabeza obtusa, quemada por el aire ácido,
Cabalgando un torso desmedido
Dónde sopla una forja y late un corazón generoso.
Su mirada ignora los hombres claros
Que se encarnizan a apalear lo
Y lo clavan al suelo con sus insultos.

Sin embargo, el Indio maldito agacha la cabeza,
Inmerso en su alma, encerrando sus pensamientos
En su corazón dilatado de explosión contenida.
Como un mendigo, se aproxima,
Cubierto de harapos de colores pasadas,
Se inclina sobre la orilla del lago cuyas aguas
Tiñen de ágata los reflejos de las cumbres nevadas.
Ese paria, ese desecho, dialoga con el rostro alucinado sobre el azul espejo que él renegaría
Si no reflejase su alma
Con fuerza proclama:
Poseo las estaciones y el viento que levanta
Los ondulantes mosaicos en la hierba de los montes,
Estirados voluptuosamente como cuerpos femeninos.
Poseo el cristal helado de las aguas
Que calman mi sed, esclarecen mis angustias ;
Poseo el aire leve y su ardiente ebriedad
Cuando de mis carreras sin freno hacia las cimas,
El aliento raptado por la belleza”

En los destellos se dibuja una imagen
Liberando al corazón oprimido un lento mensaje:
“Ama la vida y sobrevivirás en el más allá
Como el cóndor que se desvanece un día
En el espacio inmenso y salvaje
Antes de volver como el espíritu de las cosas
Cerniéndose sobre la tierra y las aguas.
Ama la vida, baña tu cuerpo en los elementos,
Comparte el festín del cosmos, en la boda
Del fuego, del aire, del agua y de la tierra
Unidos en el trazo sublime del arco iris.”

La noche al fin alivia los tormentos del Indio.
Procura un precario abrigo entre las piedras,
Aún tibias del ardor del día,
Para protegerse del viento frió
Que gime en el océano de paja.
Inmerso el rostro en la fragante hierba,
Recoge del día los evanescentes perfumes.

La bóveda celeste centellea
Y se anima de secretos designios
Iluminados en el firmamento.
La sombra del sol, el Inca,
A lo largo del río celeste
Cabalga su llama de ojos dorados
Para cruzar las oscuras nebulosas
Dónde se agota una fuente
Dentro de un lago obsidional.
El cazador temible hace girar en el cielo
Su honda armada de una roca de oro
Y amenaza al hijo de la Tierra
Cuya cumbre soberbia ensombrece
Y arrebata su sabia a las criaturas
Del imperio luminoso.
El impío debe ser castigado de su sacrilegio!
Con su honda el Inca arroja sus rayos.
La cima orgullosa se estalla,
El abismo se encorva y las nieves inmortales
Se derriten en el seno de la tierra, dispensando riquezas
A la exangüe naturaleza
La luz al fin recobra su imperio.
El hombre emerge del sueño,
Estira sus miembros gélidos.
En su corazón reina una calurosa presencia,
Una serena convicción:
Ya no tiene que volverse hacia
Los sufrimientos pasados,
Los sueños rotos, las heridas inflingidas
Por los seres que pretendían amarlo.
Qué abandone en las orillas desérticas,
La jauría que grita embriagada de su sangre!

Un camino nuevo se abre a sus pasos.
El Indio, más allá del monte degollado,
Atingirá la Ciudad Alta.
Al final de la ascensión, descubrirá
El rostro oculto del mundo.
Cercada de precipicios, entre las brumas,
La Ciudad Alta surgirá de las cumbres ignotas.
Brotando del corazón de la espesa selva,
Traspasará con el grito de un recién nacido
El silencio sepulcral.
Rociada de luz virgen, reinará triunfal.

Desde el crepúsculo de los tiempos, el Indio
Sabe cuanto adorar la vida,
Bañar su cuerpo en los elementos,
Compartir el festín del cosmos,
Boda del fuego, del aire, del agua y de la tierra,
Unidos en el trazo sublime del arco iris.

François Luis-Blanc

 

Deja un comentario