La palabra muda



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La palabra muda

Por José Sarria

“La palabra muda”
Antonio Enrique
Ediciones El Gallo de Oro
Bilbao, 2018

El poeta se detiene ante la puerta de entrada de uno de los muchos campos de exterminio que jalonaron la Alemania nazi. Lee, fijamente, el letrero metálico que le da la bienvenida: “Arbeit Macht Frei” (“El trabajo libera”) y antes de que pueda seguir observando algún otro detalle de aquel dantesco espacio, intuye el “fósforo de la suma de todos los fémures” (p.45), “las trenzas a toneladas en un rincón del almacén” (p.28), “el chirrido del último tren” (p.22), “los espectros con trajes a rayas” (p.22) “convertidos en jabón” (p.20), “el rabino que dijo que todo era castigo de Dios” (p.26) o las “torres severas de este infierno” (p.22) que han transformado la estancia en “el Valle de Josafat antes de tiempo” (p.23). Todo ello transita, ahora, a través de su sangre y son hueso de sus huesos y carne de su carne, cuando la poética, mística de la realidad, hace posible el prodigio.

En lo más profundo del poeta ya se ha precipitado el libro, la esencia, el maná de toda la maldad que un día invadió, con su vesania, estos campos de exterminio: “El corazón / del horror es un campo desnudo” (p.15). Ahora queda aguardar el instante preciso, el milagro de la “poiesis”: “Y tampoco basta tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener la paciencia de esperar a que vuelvan. Pues los recuerdos mismos no son aún esto. Hasta que no se convierten en nosotros, sangre, mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de nosotros mismos, hasta entonces no puede suceder que en una hora muy rara, del centro de ellos, se eleve la primera palabra de un verso” (R.M. Rilke, en Los apuntes de Malte Laurids Brigge).

A lo largo de veintidós poemas numerados, cada uno, con una de las letras del alfabeto hebreo, más un brillante epílogo, Antonio Enrique nos ofrece su última entrega poética que bajo el título de “La palabra muda” se erige como vía de conocimiento, comprensión de la existencia ante esa palabra muda que es imposible musitar por la desmesura de emociones que concita y que propone revelar a través de las imágenes del terror, mediante la plástica del dolor que ha quedado fijado en “los rasguños / de quienes se lanzaron contra la pared” (p.26) o en el “número de la suerte funesta” (p.24) marcado sobre el brazo de “los perpetuos olvidados. / Condenados a la pena capital / de nunca haber vivido” (p.47).

No es éste un libro convencional, ni sus poemas ofrecen la visión estereotipada del holocausto o la Shoá, sino que utilizando ese mismo material nos invita, desde el silencio, a la reflexión y la consideración del dolor como un hecho diferencial de la humanidad respecto de otros seres: “Has llegado al horror …/… Ni la Muerte ni la Peste / ni la Guerra ni el Hambre son / sino el Hombre / que no se sacia ni llora ni sucumbe” (p.13), enarbolando una propuesta lírica que pretende participar de un esfuerzo de emancipación de la sociedad mediante el establecimiento de una nueva educación sentimental de su tiempo, sobre la base de la construcción de una subjetividad encaminada a la reconquista permanente del ser, en la línea del nuevo Humanismo Solidario, que, en este aspecto, reflexiona con Adorno, quien decía que: “ Las personas tienen que ser disuadidas de golpear hacia fuera sin reflexionar sobre sí mismas” (Theodor Adorno, en La educación después de de Auschwitz).

El sufrimiento y el miedo, con toda su gama de matices (dolor, devastación, angustia, tristeza, desesperación), acampan en el texto e irrumpen en los poemas, estableciendo un campo semántico alrededor de la palabra innombrable: “Horror es la palabra sin palabras” (p.18), desde una subversión que se afianza con una tonalidad apodíctica y se apoya en paradojas, en el versolibrismo, en recursos fonosimbólicos o en la rebelión como armas frente a lo establecido, en un intento por superar lo incomprensible, para deshacer y desintegrar una realidad que, por imperfecta, se le hace inadmisible al poeta.

Fue Julia Uceda quien escribió que “la creación poética, es un acto de palabra creadora al nombrar lo que no estaba nombrado todavía”. Y es esto, precisamente, lo que logra Antonio Enrique, al llevar al corazón del lector esa “palabra muda, la que no / se tumba, esto es el horror. / La que triunfa en el mundo” (p.17) y con ella esa emoción que produce la presencia  de lo arrebatado, de lo aniquilado, haciendo de su propuesta un ejemplo claro de esa poesía inconformista y comprometida, no en la línea de la que fue poesía social, sino una de mayor calado e intensidad: compromiso con la palabra y con el hombre.

En efecto, los textos de Antonio Enrique se elevan como estandartes contra el olvido, contra la conformidad: “siempre se presupone / nuestra conformidad”, escribía la poeta austríaca Ilse Aichinger; una insurrección contra la dejación y la amnesia social, para rescatar a los débiles y a los destinatarios del horror nacionalsocialista, que se hacen presentes en los silencios de sus propuestas líricas.

A pesar de cuanto antecede, el poemario es, finalmente, un canto ilusionado en el hombre, pues de entre las cenizas y la oscuridad del Hades, se deslizan luminarias, destellos de menorás que anuncian el triunfo final de la vida sobre las sombras. Los poemas “Mujeres calvas”, “Más allá del humo, del mundo y de la nada”, “El peso del horror” o “El arcoíris del perdón”, nos devuelven la esperanza al percibir, todavía, el olor a leche en las trenzas de las asesinadas que “fueron madres y amamantaron” (p.29), bellísima metáfora que nos anima a descubrir, jubilosos, la restauración: “un sueño de oro, una pasión de diamante” (p.55). Fue Henri Matisse quien aquejado de sus enfermedades y aflicciones dijo que, a pesar de ello, seguía pintando porque: “El dolor desaparece, la belleza queda”.

Esto mismo es lo que aventura nuestro poeta en el epílogo de este colosal poemario cuando escribe, después de haber descrito la crueldad que captó su mirada ante aquel letrero metálico que pendía del dintel de un campo de exterminio: “Dentro de la semilla habita el árbol …/… en su aliento / viven paisajes indecibles”.

Es la misma mirada de certidumbre que describió René Passet: “A menudo la Historia es así: muchas veces ocurre lo improbable. Mire, cuando en 1967 llegué a vivir al extrarradio de París, había cientos de especies de pájaros distintas. Poco a poco, fueron desapareciendo. Pero ayer mismo, mi amigo el petirrojo volvió a mi jardín”. “La palabra muda” nos habla del horror, nos describe su abisal iniquidad, su desproporcionada infamia, pero también abre la puerta al adviento y nos anuncia la llegada del petirrojo: “Veremos entonces juntos el arcoíris del Perdón” (p.51).

 

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