Entrevista a Reynaldo Jiménez



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Reynaldo Jiménez: “La novela, en general, no me engancha, sino ciertas y determinadas escrituras”

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti

Reynaldo Jiménez nació el 27 de marzo de 1959 en Limá, Perú, y reside en Buenos Aires, capital de la República Argentina, desde 1963. Ha sido editor y director de la revista-libro y editorial “tsé-tsé” entre 1995 y 2008. Coordinó la colección de antologías “Poesía Mayor” de Editorial Leviatán entre 1997 y 2001. Integró consejos editoriales de plataformas-e y revistas en soporte papel de Argentina, Brasil, Estados Unidos y Perú, así como colaboró con artículos y poemas en decenas de publicaciones gráficas y electrónicas de América y Europa. Participó en festivales y diversos eventos realizados en Argentina, Perú, Chile, Paraguay, Brasil, Costa Rica, México, Ecuador, Uruguay, Venezuela, Estados Unidos, España y Alemania. Ha sido traductor de numerosos poetas brasileños y responsable de una veintena de antologías y muestras poéticas. Fue incluido en ediciones colectivas y antologías (“Medusario. Muestra de poesía latinoamericana”, “Antología crítica de la poesía del lenguaje”, “Pulir huesos. Veintitrés poetas latinoamericanos”, “Nosotros, los brujos. Apuntes sobre arte, poesía y brujería”, “Jinetes del aire. Poesía contemporánea de Latinoamérica y el Caribe”, “Divina metalengua que pronuncio. 16 poetas transbarrocos 16”, “Déjalo beat. Insurgencia poética de los años 60”, etc.). Se editaron dos antologías de su obra poética: “Shakti” (selección de Claudio Daniel, 2005) y “Ganga” (selección de Andrés Kurfirst, 2006). Publicó —además de libros ensayísticos (“Por los pasillos” —incorporado en el volumen “¡Kwatz!”, compartido con Ricardo Gilabert—, 1989, “Reflexión esponja”, 2001, “El cóncavo. Imágenes irreductibles y superrealismos sudamericanos”, 2012, “Informe”, 2014, “Nuca”, 2015, “La inspiración es una sustancia, etc.”, 2016, “Intervenires”, 2016, “Arzonar” (2018), entre otros)— desde 1981 los siguientes poemarios: “Tatuajes”, “Eléctrico y despojo”, “Las miniaturas”, “Ruido incidental / El té”, “600 puertas”, “La curva del eco”, “La indefensión”, “Musgo”, “Sangrado”, “Plexo”, “¿Cómo llamar a un tigre?”, “Esteparia”, “Piezas del tonto”, “Funambular”, “Ello inseguro”, “Antemano” y “Olla de grillos”.

 

          1 — Abramos la conversación desde el pibe que fuiste.

          RJ — Nací en Lima, Perú, de madre argentina y padre peruano. Hasta no mucho tiempo después residimos en los alrededores de Lima, más precisamente en Chaclacayo. Mi viejo, pintor entre o por sobre otras cosas, es primo de Javier Sologuren [1921-2004] y en aquel breve período fuimos sus vecinos. Fue por entonces que llegó Allen Ginsberg a Lima (el 5 de mayo de 1960) y en un almuerzo, la mitología familiar repasa que el buen Allen, ya célebre visitante, ante mi insistente reclamo de atención, me dio de comer.

La anécdota ha sido verificada en coincidencia infrecuente por ambos padres, así que podría decirse que ahí, entre Javier y Allen, se dio un cierto inicio de inocencia poética. En un libro muy reciente, “Ello inseguro”, publicado por Juana Ramírez Editora, en Buenos Aires, aparece como ilustración de portada una pintura que mi viejo realizó conmemorando ese detalle-de-toque. En todo caso, el vínculo con Javier signó, después, mi adolescencia, cuando pasaba los veranos de variación y sin régimen colegial en Lima, visitando a mi papá —después de unos años en Nueva York, mis padres se separaron y con mi mamá vinimos a Buenos Aires, donde residían mis abuelos maternos, húngaros, en 1963, y desde entonces resido aquí. Los encuentros marcantes y la sostenida correspondencia con Javier —incluso mientras residió durante un tiempo en Japón, dedicado a la traducción de piezas esenciales— me fueron aportando su ética de autor-traductor-editor (con La Rama Florida). A través suyo me puse en contacto epistolar con José Kozer, Octavio Armand y Armando Rojas (quien me enviaba su revista “Altaforte” desde París y a quien, a diferencia de los anteriores, nunca llegaría a conocer en persona, dado su temprano fallecimiento).

Fue en esos veranos que conocí y frecuenté a Blanca Varela, a quien visité por primera vez en su oficina del Fondo de Cultura Económica en Miraflores (en la calle Berlín, a cien metros de la casa de mi abuela Sofía, donde mis padres se habían conocido y donde todavía residían una de mis tías y primos), conducido por el siempre generoso y tan recordado Leslie Lee, pintor (y buen poeta, aunque de publicación tardía) cercanísimo a mi viejo. Éste, por su parte, en una etapa brevemente anterior, me había provisto de sensacionales tesoros en forma de libros, que sigo teniendo a mano, de Julio Ramón Ribeyro, Leopoldo Chariarse y Krishnamurti (este último, infiero que por influjo de otro gran amigo suyo, el escritor Ricardo Martin, en cuya casa escuché por primera vez el “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band” y quien apenas supo de mi incipiente obsesión por la poesía, a mis trece años, me regaló otro tesoro de efectos no sólo vitales sino vitalicios: la recomendación, enfática, inapelable, de leer a Miguel Ángel Bustos, que hasta ahora obedezco).

Si se piensa en las fechas en que todo esto más o menos ocurría (la nebulosa 1974-1979), quizá no se comprenda del todo la sensación de aire en relación al agobio argentino de entonces (aunque Perú tenía lo suyo: me tocó estar en Lima durante el “Limazo” o “Febrerazo”, revueltas populares pero también institucionales —parte de la propia policía reclamó, vía la huelga, por el fin de los maltratos, lo cual redundó en saqueos y caos vehicular, llegando al toque de queda y la suspensión de las garantías constitucionales— duramente reprimidas por Juan Velasco Alvarado), sino por factores más bien ambientales y particularmente familiares, junto a la posibilidad de entrar en contacto con esos poetas en particular. Cuánto de lo más sustancioso de mi desprolija biblioteca se debe a Javier, por un lado, y a Blanca, por otro, una infinidad de lecturas que fueron sendos despertamientos. Cada vez que iba a visitarla a Blanca a su oficina, me obsequiaba libros y números de “La Gaceta” y de “Plural”, antes de que esta revista se llamara “Vuelta”, dirigida por Octavio Paz pero con un consejo editorial que incluía a Salvador Elizondo y a Kazuya Sakai, cuyos ejemplares, devorados por la relectura insaciable, ya casi hechos polvo, todavía me rondan y a los que regreso en tren de consultas específicas.

Gracias a la intercesión de Blanca también pude visitar un par de veces a su vecino, el predilecto y silencioso Emilio Adolfo Westphalen, quien me dedicó un recorrido veloz por buena parte de sus libros de pintura surrealista; especialmente recuerdo reproducciones de Max Ernst y René Magritte, sin mayores comentarios de su parte. Sólo el gesto. Nada menos.

Sumado a ello, breves pero inolvidables conversaciones, otra vez gracias a Leslie, con sus patas Alejandro Romualdo, alejado de Javier por las propias internas de su generación, y Francisco Bendezú, poeta sobre el que escribiría alrededor de cuatro décadas después un ensayo celebratorio, bastante deforme por cierto, y que está en “El cóncavo. Imágenes irreductibles y superrealismos sudamericanos” (Descierto Ediciones, 2012).

Todo eso fue abonando esta pasión hacia la poesía escrita (o no) por varios poetas peruanos (me resisto a usar la muletilla de siniestro tinte nacionalista de “poesía peruana”). En la modesta pero intensa biblioteca de mi casa estaban César Vallejo con “Trilce” en la edición no tan respetuosa de Losada —deslumbramiento total y definitivo, un desafío estético pero también neurológico, diría, en cuanto al deslizamiento sensoperceptual que esa lectura por estratos sucesivamente me iría proporcionando, a nivel de influjo: algo que me ocurriría, después, con las lecturas-transvisiones semánticas de José Lezama Lima y de Martín Adán—; la edición homenaje de La Rama Florida al reciente fallecido Javier Heraud —ejemplar ya ajado que todavía atesoro—; una antología en edición popular de José María Eguren —que fui apreciando también de a poco, luego de vencer mis resistencias estéticas a la rima consonante y la música del supuesto “arte menor”, con la intermitente relectura, guiado por las respectivas apreciaciones de su obrar por parte del propio Westphalen, César Moro y otros tremendos autores para quienes Eguren funge de referencia axial en cuanto el inventor, el que encarna la transición, ergo el que habita el entre—; también estaban esas primeras ediciones de William Carlos Williams, Gregory Corso, Ginsberg, Jack Kerouac (“México City Blues”) y los Beats en general, que mi viejo, que ya lo había digerido todo a su particular manera, me obsequió.

Por parte de mi mamá, las obras de Franz Kafka, en primer plano de mi atención, más una borrosa noción de los rusos, que me parecían cordilleras inexpugnables de detalles a seguir (la novela, en general, per se, no me engancha, sino ciertas y determinadas escrituras, más acá de las narrativas que se les pueda o no montar; sé que esto es arbitrario, discutible) y las de Herman Hesse: “El lobo estepario”, dos o tres veces releído a lo largo del tiempo, me sigue pareciendo inquietante.

          2 — Residiste, decías, en Nueva York.

          RJ — Del tiempo que vivimos los tres en Nueva York conservo imágenes o más bien sensaciones lumínicas, ambientales, que se corroboraron cuando pude regresar, por única vez hasta ahora, cuando ya promediaba mis cuarenta y tantos de edad, invitado por Lila Zemborain y su programa de escritura creativa en la NYU (Universidad de Nueva York), oportunidad en que también, gracias a José-Ignacio Padilla y Arcadio Quiñones, se me invitó a una lectura en Princeton. Conservo somáticamente la sensación lumínica de la nieve, de los parques en otoño, la galería de rostros que desde entonces significaron las calles de cualquier “centro” (cómo no evocar acá y de pronto a los rostros como pétalos en la entrepenumbra del metro neoyorquino, en Pound), ciertos olores sin explicación. Un restaurant en Chinatown al que había que descender por una escalerita de un par de escalones. La escalera y el frente típicos de Brooklyn de nuestra casa. Cuando volví a visitarla, gracias a la increíble memoria de mi viejo, capaz de recordar hasta el número en la puerta, se me brindó un ratito de sincronización de tiempos. Y hasta de temporalidades.

Al vuelo sin retorno de Nueva York a Buenos Aires en 1963 lo recuerdo bien, esa angustia indecible de los cuatro años, por enterarme recién en el aeropuerto, a minutos de salida, que mi papá no vendría con nosotros; la llegada al conurbano barrio de Florida, mayormente de inmigrantes de clase media; la casa, estilo inglés, de mis abuelos; la recepción un tanto fría de mi bisabuela, rumana, quien viviría muchos años más y con el tiempo llegaría a ser mi principal defensora o aliada en ciertas futuras pugnas domésticas en la que me vería envuelto promediando, precisamente, la adolescencia. No fui, como casi todos, digno de mayores ritos de pasaje que los provistos por la socialización forzosa bajo el régimen escolar y la economía de mercado. O sea: mi vieja laburaba largas jornadas, razón por la cual no nos veíamos en todo el día durante la semana, pero me enviaba, pagando una famosa “media beca” —eufemismo, como todos, bastante infame—, a colegios de pretensión inglesa de la Zona Norte, lugares y grupos de personas (me relacionaba relativamente mejor con dos o tres colegas, siempre de a uno) que ya, durante el tránsito por la secundaria, raramente llegaría a sentir de pertenencia.

Me acuerdo especialmente de un retorno de ésos, estaría en segundo año, venía en mi segundo colectivo de todas las tardes, es decir mi cuarto de cada día (empecé a usar el transporte público y a manejarme solo en tercer o cuarto grado), apretado, al fondo del pesado vehículo, de los que ya tenían puerta trasera de descenso y algún timbre levemente electrocutante (lo pulsaba siempre con alguna carpeta, para evitar el contacto del dedo con la descarga inevitable) y subió mi abuelo, Geza. Estaba tan lleno que se quedó adelante. De inmediato me vio. No bajaríamos en la misma parada, pero todo lo que conversamos con los ojos aquella tarde, diría que todavía me influye. Algo de la poesía en paralelo a las construcciones con palabras. Una articulación ahí, en el rayo protector de esa conversación, ella sí iniciática, y justamente por ausencia de rito, de premeditación, de intenciones incluso. Justamente por magia del afecto, la única que realmente influye, así sea no siempre de forma “positiva” (queda para seguirla en otra ocasión).

Debo decir, como denuncia de una injusticia que padecí temprano, que mis abuelos nunca me enseñaron el húngaro, aunque sí a sus hijos, mi madre y mi tío, que si bien nunca lo escribieron llegaban a ciertos acuerdos semánticos hablando en esa lengua, que me parecía medio marciana (provengo de la generación en que las figuritas de “Marte Ataca”, encausantes metafóricos de ciertos terrores más o menos declarables, ya eran retro; también, con eso entre manos, durante la pubertad encaré todo el feroz amateurismo de la ovnilogía; fui, a mi modo, ovnílogo, luego ascendido de propia mano y voluntad a tránsfuga interfronteras). Entre ellos aquellas cuestiones. Se suponía, así lo afirmaba Rosalía, mi abuela, a quien llamábamos Mami Dody, que cosas había que un niñito no debía entender. Se me propició así tempranamente la lección del no. Con la del sí tuve que arreglármelas, como casi todos, en los mil y un rebusques extra-anécdota, que a nadie, creo, se le escaparían, en cuanto a la gradual conciencia, inventarse un repertorio de posibilidades, una apertura a la autoconfianza como probable acceso a la confianza en los demás. Algo así como la colocación responsable de crearse cada día un alma, entendiendo por ésta la zona liberada por excelencia. Liberada, digo, de lo ego-social, según acepción encontrada en recovecos ensayísticos de Juan Larrea.

Sin embargo, la esdrujulidad de esos intercambios me quedó rondando para siempre, fantasmática, con el humor desconcertante por impersonal (naturaleza de las cosas) de las vivencias puramente transparentes. La esdrújula de un acento foráneo entre las captaciones del oído. Nacer en un lugar, mudarse a otro, recaer en un tercero, entre extranjeros, que no hablan “bien” el castellano, que no participan de los rituales de una colectividad más allá de las asociaciones escuetas y cada vez más murientes, entre compatriotas probablemente mejor adaptados al nuevo medio, quizá inventándolo así junto a tantos otros.

De alguna manera se me inculcó, o, a falta quizá de elementos suficientes, así lo interpreté, que el hecho involuntario de ser “hijo de padres separados” constituía una especie de variante del Déficit. Hoy cosa tan frecuente, por entonces fenómeno de incipiente expansión dentro de un cambio generacional: el juicio de divorcio de mis padres, que por falta de una ley correspondiente en Argentina debió consumarse triangulando con Paraguay, fue un trámite con ribetes que duró varios años y signó, entre otras cosas, una rabia insobornable que con el tiempo devino en un pensamiento continuo, de un modo u otro, en torno al quid de la inocencia. Vista prismáticamente, es de alguna manera el tema intermitente en distintos emprendimientos de escritura, llegando, hace poco, al propio título de un libro de ensayos todavía inédito: “Cine e inocencia” (parte de una serie de libros bastante cinéfilos).

           3 — ¿Por dónde, cómo circulaste, en tanto estudiante?

          RJ — Durante el primario fui buen alumno, querido por los compañeros y las maestras —Lía, del turno inglés, de quien estaba perdidamente enamorado; Susana, la maestra más exigente y formativa, que me transmitió nociones éticas con enorme ternura (nunca olvidé ese cartelito, leído todos los días del año lectivo sobre la mano que lava a la otra y el que las dos laven la cara); Marta, que nos contaba historias de aparecidos así como relatos de unitarios y federales o nos leía cuentos de Horacio Quiroga en una época en que los cortes de luz y las tormentas, no menos eléctricas, fueron frecuentes—, mientras que el secundario, ya en trance de amenazas diarias de bomba y entre situaciones de un alto nivel de policiación represiva, entre los propios adolescentes, que hoy se llamarían bullying, más los obvios niveles de incomprensión familiar, dentro de un marco social muy restringido —“contactos con el mundo exterior”, pocos—, incomprensión resentida, claro está, por un adolescente hipersensible y hasta cierto punto exasperado, hicieron aflorar todo ese enojo contracomportamental. Y ahí estaba el rock, inmediatamente asociado a la poesía. Una poesía que involucraba maneras de vivir y de expresarse.

Desde chico dibujaba y apenas escuché rock, por entonces principalmente psicodélico, con absoluta conciencia a eso de los ocho años ­—mi tío, recién adolescente, que fue mi guía musical en esa temporada de sorpresas, llevaba discos a su casa, con música beat nacional de la época, más los primeros Beatles (que escuché después del “Sgt. Pepper’s”: “Revolver”, sobre todo), Rolling Stones, Hollies, Bee Gees, Paul Rivere & The Raiders, los discos de Buddah Records de bubblegum music, Birds, Kinks, los Gatos y el primer ejemplar de la revista “Pelo”, con fotos a color de los músicos; escuchaba la radio en la Spika hiperportátil de mi abuelo o en el combinado estereofónico Columbia, verdadero mueble de diseño con el que, aparte de descubrir “Modart en la noche”, a filo del sueño, llevándome esas reminiscencias de otras vidas e intensidades a la duermevela (recuerdo cuando me regalaron el disco triple de “Woodstock”, sin haber podido ver ni la versión local de la película en el cine, y cómo, durante varias noches, me quedaba dormido imaginando las imágenes que despertaban esas músicas así como las voces de los presentadores y del público, parte inseparable del registro de esa banda de sonido; ensoñaba, a los diez, que era parte de un Festival donde nadie más se sentía solo) y como para no pensar, un rato más, estirando los minutos antes de que todo se repita con la regularidad horaria acostumbrada, en la secuencia de la escuela a la madrugada siguiente.

Algunas veces me sumergía en el combinado, que poseía capacidad de “onda corta”, con lo cual, girando una perilla y luego otra, captaba emisiones de otros lugares que, por el ruido blanco, las interferencias, los “alejamientos” estaban realmente lejos, venían una vez más desde otros mundos (otros “húngaros” a seguir descifrando, elongando el oído al interior de la escucha). Enloquecí una vez muy precisa con músicos cuyos nombres recién conocería años más tarde: Caetano Veloso, Chico Buarque, Os Mutantes. Otra vez, con la Spika en el muelle (mis abuelos tenían una isla en el delta del Tigre, en el Canal Arias, llamada “La mimosa”, y ése fue el otro ámbito fermental de mi exploración, mis otros veranos o largos fines de semana; mi abuelo se fue a vivir ahí una vez jubilado, “bajando” poco a la ciudad, a cobrar, tal vez, su jubilación, por eso aquel día que lo vi subir al colectivo cobró, también, tanto relieve, pues lo veía más en la isla, él era la isla) deliré con un largo programa que nunca más pude volver a encontrar, dedicado a pasar lo primero de La Pesada del Rock and Roll y de Pappo’s Blues (claramente 1970). Meses antes, el primer disco que pedí de regalo para mi cumpleaños diez fue “Almendra”, que había salido a la venta hacía apenas unas semanas (en enero, chequeo). Debo haberlo escuchado centenares de veces. Después, todo lo que siguió.

            Cambié seis veces de “institución” a lo largo de toda la escolaridad. Bastante integrado de chico, en la secundaria me empezó a costar de golpe hacer amigos. Una timidez repentina e irrevocable arreció y mi posición de romántico enamoradizo devino más platónica aun. Cierto que me enamoraba perdidamente por un tiempo de distintas compañeras de clase, aunque con algunas admitía un honesto fervor erótico, pero nunca, si no malamente, se enteraban ni se daban por enteradas. También de algunas profesoras jóvenes —lo cual me convirtió en excelente alumno en historia y literatura, sobre todo porque esas profesoras, que me parecían hermosas, además se me hacían presencias curativas, porque me proveían de una información vital, mientras permanecí mediocre, dado el legítimo desinterés, ahora establecida ignorancia, en las demás materias, incluyendo la por entonces no menos militarizada “educación física”— provocaron una tensión que sólo la poesía, la música y el cine —fui un verdadero cinéfilo durante años, capaz de ir hasta cinco veces al cine en una semana, y todavía llegué a vivir las funciones de cine continuado de hasta tres películas por tarde en los muchos cines de barrio que conocía (entre otros, el “Electra” de Vicente López y el “York” de Olivos, que todavía funciona), absorbiendo absolutamente todo tipo de filmes— aliviaban, si bien parcialmente.

Incapaz de una vida social, sin conectar con el sexo femenino, sin un grupo de pertenencia aparte de aquellos amigos aislados y más bien transitorios, está claro que “me refugié” en la escritura. Ante eso, mi vieja me regaló una máquina de escribir y desde entonces no paré más. Rompí, de tanto teclear, tres máquinas de escribir en mi vida. Recuerdo la fuerte exigencia de “decir algo” (y cómo decirlo) me llevaba a corregir y corregir, sin solución de continuidad, empezando de nuevo cada versión desde cero, de manera que bajaba una resma de papel en pocos días, casi nunca algún resultado.

En cuarto año tuve un compañero, Abel Lubarsky, que era un tremendo dibujante y hoy es arquitecto, quien me habló de su hermana mayor, Violeta, que asistía a un taller literario con Santiago Kovadloff —estamos hablando de 1974— y a quienes conocía de nombre por sus colaboraciones en la revista “Crisis”, que yo conseguía, no sé cómo. Porque también era asiduo de todo tipo de revistas, empezando por las de historietas (desde muy chico, era capaz de viajar bastante lejos de mi casa con tal de conseguir alguna de Marvel Comics). En esa época la presencia de las ediciones del Centro Editor de América Latina en los kioskos fue más que decisiva: cada semana corría temprano al kiosko a buscar el nuevo libro a precio irrisorio; no los leí a todos, pero varios permanecieron en mi biblioteca (las traducciones de poesía inglesa de Jaime Rest, Rabelais, las memorias de Casanova, son algunos títulos que me vienen a la mente). Y a través de Violeta y Santiago, entonces un tipo muy joven, entré en los universos Alejandra Pizarnik, Fernando Pessoa, Carlos Drummond de Andrade, Manuel Bandeira y la poesía brasilera en general, y Cesare Pavese, Eugenio Montale, mientras por mi parte seguía explorando el surrealismo y alrededores —desde Bustos y, cómo no, la antología de Aldo Pellegrini; ya había salido —innegable influencia— “Artaud” de Pescado Rabioso; así como René Daumal y toda la colección de Fabril dirigida por Aldo Pellegrini, y por supuesto la línea Baudelaire-Nerval-Rimbaud-Lautréamont; las ediciones de Fausto: Mallarmé, poesía inglesa traducida por Enrique Luis Revol, los tres tomos de Raúl Gustavo Aguirre de poesía argentina, Pierre Jean Jouve, Aimé Cesaire, Blaise Cendrars; Enrique Molina, Francisco Madariaga, Juan Antonio Vasco, Edgar Bayley, varias antologías de la poesía del 60, Juan Gelman, Susana Thénon… Largo, largo etcétera para una mezcla en la que todo de un modo u otro culminó siendo influencia, a veces a nivel de estilo, otras menos, mixtura, al fin y al cabo, que obviamente no ha cesado de expandirse y elongarse. Otra lectura fundamental de entonces, de las que aportan cierto coraje, a la que vuelvo cada tanto, es el libro de “Conversaciones con Enrique Pichon-Riviere sobre el arte y la locura”, realizado por Vicente Zito Lema (la edición de ¡1976! siempre a mano).

            Con Kovadloff asistí más bien a grupos de estudio centrados en la estética. Leímos un poco a Georg Lukács y bastante a Arnold Hauser. Me costaba tremendamente concentrarme en la lectura, tanta era mi perturbación interna, afectiva, por situaciones familiares y, ahora me doy cuenta, por la circunstancia sociopolítica que atravesábamos. No pasaba día que no nos parara la policía o los agentes paramilitares, en cualquier bar, en la facultad —llegué a cursar el primer año de Letras en una universidad privada (mi mamá tenía miedo de la nacional por mi situación de “peruano”) durante 1977, pero lo cierto es que me ausentaba de las clases, que me resultaban soporíferas y distantes de lo artístico en sí, que era lo que yo precisaba, aprovechando mi estada en el centro, clandestina a los ojos de mi madre, refugiándome en los cines Arte, Losuar, la sala del San Martín, volviendo “experto” en cinematografías ignotas, y por supuesto peinaba todas las galerías de arte del centro —hasta hoy soy devoto de la pintura— y las librerías de Corrientes y Avenida de Mayo, recabando materiales poéticos que iría leyendo, y muchas veces perdiendo, con los años. Hauser, cuya lectura nunca profundicé realmente por más que me esforzara, sí me hizo pensar en el manierismo como un repertorio abierto de posibilidades. Entre los diecisiete y los diecinueve años, más o menos, escribí varias series de poemas; algunos salieron publicados, gracias a Javier Sologuren, en la revista “escandalar”, que dirigía Octavio Armand en Nueva York. Creo que esa publicación es el inicio de una situación que persiste hasta hoy: la mayoría de mis libros han salido y salen lejos del lugar adonde vivo. Recuerdo la felicidad de estar mirando mi ejemplar en un bar, recién llegado por correo, adonde también había, entre muchos tesoros, poemas de Alberto Girri, cuya obra también leía, y verlo pasar al mismo Girri, con quien nunca hablé, en ese momento, por la ventana del bar.

          4 — ¿Diría que, como sostenía Jorge Guillén, sufrir es un escándalo?…

          RJ — Si el sufrimiento es mera neurosis, más que escándalo es un plomazo. Y si bien está claro que el sufrir es parte de la experiencia. Ahora, de ahí a sufrir en el poema, los grandes sentimientos redentores, el aplastamiento del emblema por sobre la inscripción… no creo en eso.

 

          5 — Como vos, Jiménez, renombrado poeta español que obtuviera el Premio Nobel en 1956: Juan Ramón. Con él y con su poética: ¿sintonizás, sintonizaste…?

          RJ — Bueno, es un referente para José Lezama Lima, ¿no? No lo tengo súper frecuentado, pero sí he leído “Espacio” por ejemplo (gracias a Ricardo Gilabert, que me lo regaló), que me he prometido releer. Soy de decantación muy lenta. “Platero y yo”, leído de muy chico, me produjo una tristeza enorme por entonces, y te confieso que me generó cierto prejuicio hacia el venerable tocayo, hasta que dí de bruces con Lezama, en 1978, para ser más que anexacto.

*

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Reynaldo Jiménez y Rolando Revagliatti, 2018.

Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, República Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos y relatos y quince poemarios, además de otros cuatro sólo en soporte digital. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com. Ha sido incluido, entre otras, en las siguientes antologías: “Dramaturgia Latinoamericana: Argentina” (en República Dominicana, 2008); “Minificcionistas de ‘El Cuento’ Revista de Imaginación” (en México, 2014); “Poesía Argentina Año 2000” (Tomo 1, selección de Marcela Croce, 1999), “MeloPoeFant Internacional” (bilingüe castellano-alemán, coedición en Perú y Alemania, 2004), “Pequeña Antología de la Poesía Argentina” (selección de Jorge Santiago Perednik, 2004), “El Verso Toma la Palabra” (México, 2010), “Italiani D’Altrove” (bilingüe castellano-italiano, Italia, 2010), “El Cine y la Poesía Argentina” (selección de Héctor Freire, 2011), etc. Sus producciones en video se hallan en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti y en https://vimeo.com/user19828367/videos

www.revagliatti.com

 

 

 

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