Vicente Mazón Morales



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Vicente Mazón Morales (Bergara- Guipúzcoa, 1967). Licenciado en Filología Hispánica, Universidad de Sevilla. Compagina la docencia con la creación literaria y la crítica cinematográfica. Entre 1997-2004 publica en la revista Versión Original (Cáceres). En ese periodo funda la revista Druida (Fregenal de la Sierra, Badajoz). Ha promovido la creación de tertulias y certámenes literarios. Es autor del ensayo El abismo tras el espejo. Los rostros del mal en el cine (REBROSS, 2004) y del poemario En ausencia de huellas (Ediciones en Huida, 2016). Relatos y poemas suyos se recogen en Taller de la Poesía y del Relato. Antología, 1998 (Junta de Extremadura, 1998); en Antología de la poesía ecijana contemporánea (Martín de Roa y SAFA, 2008). Coordinó la antología poética Los perfiles del aire (Écija, 2004). En 2016 participó en Los anales diáfanos del viento (Écija, Real Academia Luis Vélez de Guevara). Algunos de sus relatos y poemas han sido premiados en certámenes nacionales e internacionales. Ha publicado artículos y reseñas en Lateral, Embarcadero, Revista de estudios extremeños, ABC, El Correo de Andalucía. Posee varios premios de innovación educativa por el trabajo realizado desde el IES Pablo de Olavide (La Luisiana, Sevilla). Desde 2009 es académico de la Real Academia Luis Vélez de Guevara.

 

San Viernes

A ti me encomiendo, limpio de corazón,
San Viernes, padre y cómplice
de los derrotados en el paraíso terrenal,
de galeotes y forzados por el ritmo del cómitre.

Huérfano de adrenalina y pasión,
el sofá me acuna materno con tibieza de otoño.
Gozosos retozan los leones del Serengueti
en el documental de La 2,
y el bostezo felino borra la pantalla.
Viernes por la tarde,
ligeros regustos de amarga cerveza,
café de gourmet en el paladar,
restos de un naufragio arrojados
por la resaca de la semana.

Ampárame de las horas, San Viernes,
como Santa Bárbara de la tormenta.
Rosas de herrumbre y cuprita se enraman
como hiedra en los engranajes del reloj,
y contienen los ejes del tiempo
y la siesta se adensa en gotas de ámbar.
La deriva a la noche, plácida,
libre de planes, algún libro en la mesa,
frases desmadejadas de un poema posmoderno,
sextante con que tripular la nave del crepúsculo.

Hijos apócrifos del nuevo siglo,
guárdanos, San Viernes, del vértigo diario,
de la percusión rota de saetas y campanas,
de la atmósfera ciega del neón:
a la intemperie, adolescentes tribus de nómadas
se ofrendan a dioses paganos en el fragor del silencio;
la oscuridad resguarda los élitros del televisor,
insecto tropical fuera de latitud.
Entre cabezadas, pérdida de con(s)ciencia,
el universo entero envejece,
un pedazo de pan y queso se oxidan
en la orilla de la mesa, sin prisas,
y cartografían la soledad…
Y esta certeza de viernes, San Viernes,
de mudar la piel sonámbula que sobra,
de ser un obrero de Metrópolis, de Fritz Lang,
desterrado de la vida, de la belleza;
gravidez de viernes, afán de dejar de ser
por más de cuarenta y ocho horas;
sopor al entrar en la estación
sin tiempo ni trenes del viernes.

A ti me encomiendo, San Viernes,
mas líbranos del yugo de una vida gris.
Amén.

 

Edimburgo

Sé que no volveré al Mar del Norte,
a este cielo pincelado de blanco y negro
por un alboroto de cuervos y gaviotas.

Que, cuando parta,
otra vida mía quedará oculta
tras el close del Fin del Mundo
y vivirá libre y paralela
-Cortázar y la teoría de cuerdas me avalan-:
una sombra en la roca parda
de la ciudad de lava,
hojarasca de magos, de vagabundos
por la ciudad en las alturas.

Y en ella seguiré siempre
las rosas de dulce corazón, los tulipanes
y el brezo en las ventanas,
porque guardan tu luz.
Y te buscaré en la noche
prendido a tu piel de Dama Blanca
y a esos ojos de mirada boreal,
mientras sirves pintas en el pub o wiskie
miel y sonríes inclinada tras un cabello
-violeta o lirio o trébol-
de color de hadas.

Seré por siempre el aprendiz
en la orden del olvido
sin mapas ni tesoros,
aguanieve en la ventisca,
goleta a punto de partir,
pisadas de un mendigo de balada
que duerme feliz al abrigo de los sueños,
sin más atadura que el aliento del mar.

Un pacto de silencio firmaré con la ciudad vieja:
que quien permanezca sea el que fui,
el buscador de nortes y rutas imposibles,
el de la raíz celta y el llanto de gaitas
que añora lo eterno en el musgo y la roca.

 

 

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