Arrogancia y Melancolía



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Arrogancia y Melancolía

        El Renacimiento tenía arrogancia y melancolía. Nuestra época tiene solo arrogancia.

       En general los grabados de Durero son más inquietantes y misteriosos que sus telas, parece como si soltara en ellos sus sensibilidades secretas. Ernesto Sábato habló de la crisis, Rilke de la melancolía, otra forma de crisis. Para el primero la crisis es un medio de conocimiento radical, el cuestionamiento de todo lo cuestionable. Para el segundo la melancolía es una apertura a lo misterioso, a lo que va más allá de nosotros y nos desconcierta. En ambos casos renunciamos a las construcciones arrogantes, a las certezas cerradas. Echamos la casa abajo y nos abrimos a lo que venga. Siempre ha habido crisis y a menudo son fecundas.La melancolía

     Desde hace mucho me fascina el grabado de Durero “La melancolía”, es una mujer o un ángel rodeado de instrumentos científicos que significan el ansia de conocer del Renacimiento, el interés por la ciencia, los poderes de la razón, todo lo que significa armonía, medida y expulsar las tinieblas, pero en medio de todos esos instrumentos se inclina con una mirada perdida, apoya la cara en las manos y no sabe qué hacer, en ese momento está sintiendo la inspiración, está sintiendo que hay algo más allá de los instrumentos y medidas, de la visión confiada del mundo.

      Rilke mucho más tarde hablará en las “Cartas a un joven poeta” del poder revelador de la melancolía (“si nos fuese posible ver más allá de cuanto alcanza nuestro saber tal vez sobrellevaríamos entonces nuestras tristezas más confiadamente que nuestras alegrías, pues son éstos los momentos en que algo desconocido, algo nuevo, entra en nosotros, nuestros sentidos enmudecen espantados, surge una pausa llena de silencio, y lo nuevo, que nadie conoce, se alza en medio de todo ello y calla”), de que debemos aprender de ella, los ángeles empezarán por ponernos tristes o por asustarnos, y en la Décima Elegía las Penas nos conducen al gozo más profundo (“le muestra los elevados/ árboles de lágrimas y campos de melancolías en flor,/ le muestra los animales de la tristeza paciendo”), la figura de Durero se ve perdida, intuye el infinito, barrunta todo lo que falta, la inspiración a veces se traduce en melancolía, hace que se quiebren los límites de nuestro mundo, que los nombres dejen de protegernos, y entonces asoma lo desconocido y obliga a cambiar de postura, no podemos ser burgueses confiados, los renacentistas descubrieron gran parte del mundo y el hombre, hicieron mapas sobre las nuevas tierras, trazaron esquemas sobre el cuerpo humano, descubrieron la circulación de la sangre, desenterraron cadáveres para estudiar los músculos y los nervios, pero en ocasiones, cuando se sentían inspirados, más allá de su época, sintieron que todas esas ciencias no les daban lo más íntimo, que el secreto de la vida no se captaba con esas mediciones, que el puro vivir no se explicaba analizando a los muertos, que como dice Fulcanelli no se estudia la vida a partir de la materia inerte.

     Y entonces los ojos de esa figura se quiebran, se ponen inefables, contactan con la noche, porque algo, el demonio de la inquietud, la insatisfacción, les inspira una vibración ignorada, les susurra que todo lo que estaban aprendiendo en realidad era muy poco y se estaban alejando del mundo que pretendían conocer, Durero es un hombre del Renacimiento que supera el Renacimiento (similares contradicciones señala Ernesto Sábato en Leonardo da Vinci, las que van de sus logros técnicos a las brumas de La Gioconda o La última cena, en su libro “Apologías y rechazos”), y la alegría de vivir, la confianza en sí mismo que demuestra hasta la chulería en sus autorretratos, donde se pinta con sus labios jugosos, sus guedejas rubias y su musculatura proporcionada, se quiebra a veces con la inspiración de lo Otro, qué demonios quiere esa figura, por qué no está contenta, tal vez quiera precisamente a un demonio, a ese demonio que susurra a veces apasionado y sarcástico deshaciendo los esquemas, y por qué tiene alas, tal vez está triste porque su época ha suprimido las alas, porque quiere usarlas otra vez, porque en las alas está la inspiración, de ese modo, más allá de las medidas del mundo, de los instrumentos geométricos, la metafísica se asoma.

      Alguien puede planificar la alegría, pero ¿quién puede controlar la tristeza?, a veces la inspiración se muestra en forma de tristeza, estar triste es estar en desacuerdo, es acceder a lo inefable, es estar turbado por lo que se asoma y nos supera, es la misma inspiración que se esboza en las miradas de Antínoo ( esa mirada de una tristeza inexplicable, de alguien que no sabe lo que quiere, al que no le basta su perfección física, que añora algo inexpresable más allá de su plenitud, tal como se ve en uno de sus mejores bustos, en el Museo del Prado) , éste siente que tiene alma, que tiene un secreto y no sabe atenderlo, así está bien ponerse tristes de vez en cuando, y entonces puede invadirnos la plenitud, como el caballo de Füssli.

     El Renacimiento tenía arrogancia y entusiasmo genuino, pero también melancolía. Nuestra época tiene solo precipitación y velocidad, y escasamente la melancolía que da lucidez.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

 

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Antonio Costa Gomez

Escritor y poeta español, Antonio Costa Gómez es, además, filólogo e historiador del arte.

Es conocido por sus novelas históricas, siendo considerado para el Premio Planeta por su novela Las Campanas.

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