Ártico: ¿Quién tirará de mi trineo?



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Ártico: ¿Quién tirará de mi trineo?

Por Salomé Guadalupe Ingelmo

En mitad de la helada nada, Overgård —cuyo nombre, que jamás se llega a pronunciar, conocemos solo mediante la etiqueta de su abrigo—, superviviente de un accidente aéreo acontecido tiempo atrás, ve frustradas sus esperanzas de rescate cuando, desolado, contempla cómo un helicóptero que se percata de su presencia es víctima de una tormenta y se precipita a tierra. Con el piloto muerto, la que hubiera debido convertirse en su salvadora, malherida y casi inconsciente, queda a su cargo como un frágil pajarito al que debe abrigar y alimentar con maternal paciencia.

Overgård, que, imaginamos por efecto de la congelación, ha perdido dos dedos del pie derecho, durante su largo aislamiento, ha aprendido a reservar sus fuerzas, a racionar recursos y a programar cuidadosamente cada movimiento. Muy meticuloso a la hora de cumplir con sus rutinas diarias —pues a menudo solo los rituales nos mantienen, más por inercia que por verdadera convicción, vivos—, férreo en sus hábitos de pesca, conservación de las señales con las que espera llamar la atención —sobrecogedor el descomunal SOS que nadie parece ver desde el cielo— y en sus visitas diarias a los pequeños cúmulos de piedras con los que recuerda a los muertos, el protagonista ya se había instalado en la espera. Sin embargo, acuciado por la idea de que cada día que pasa, con una herida grave en el abdomen, su compañera de penas pierde fuerzas y se aproxima a la otra orilla, alentado por la certeza de que lo que ahora sostiene entre sus congeladas manos es una vida ajena, la de alguien a quien una niña pequeña —cuya foto mantiene convenientemente a la vista de la accidentada— espera en el lejano hogar, decide afrontar un viaje titánico que se diría imposible. Overgård, cargando las pocas provisiones y enseres que se puede permitir en el trineo con el cual la transporta y abandonando la relativa seguridad de su avión estrellado, se pone en marcha con su compañera a cuestas. El protagonista queda a merced de las temperaturas bajísimas y la fatiga, de las trampas que oculta el insidioso hielo, de la extenuante orografía… Aun así, parte en busca del campo transitado más “cercano”. Si la montaña no va a Mahoma…

A veces se continúa adelante y se lucha con más ahínco por los demás, por aquellos para los que nuestra desaparición supondría una pérdida, y no por uno mismo. También se sacan fuerzas de donde ya no quedan para evitar la pesada culpa.

¿Es Ártico una película de supervivencia? Tal vez, aunque su objetivo principal no consiste precisamente en entretener al espectador con una aventura entre el hielo. Su mensaje va mucho más allá y nos concierne a todos. Quizá, más especialmente aún a quienes formamos parte de sociedades urbanas, donde el sentido de la comunidad es ya casi inexistente y la comunicación, base de la solidaridad, escasea. De nuevo se demuestra que el cine europeo está hecho de otra pasta: sin lugar a dudas, de haberse tratado de una producción estadounidense nos encontraríamos ante un resultado distinto.

Aislados —tan aislados que los dos supervivientes ni siquiera hablan el mismo idioma— y en situaciones extremas, nada sabemos de los personajes. Especialmente del protagonista. No sabemos siquiera si tiene familia. No hay pistas sobre cómo ha llegado allí ni por qué. No importa. Lo verdaderamente esencial es la consecuencia, el sufrimiento que sabemos experimenta. No necesitamos conocer los detalles para sentirnos en el pellejo de ese hombre abrumado por las circunstancias.

El espectador se identifica automáticamente con el sentimiento de orfandad y abandono, con la angustia e impotencia que embargan a Overgård, porque no puede evitar reconocerse a sí mismo, solo y perdido, naufrago necesitado de una ayuda que no parece llegar nunca a su existencia. De hecho, los personajes carecen de nombre —o este se revela irrelevante y meramente anecdótico— porque los verdaderos protagonistas de esta historia somos cada uno de nosotros.

Con Ártico, ópera prima —aunque parezca mentira— del director Joe Penna, el cine islandés hace gala de una narrativa vigorosa y recia, de fuerza visual tremenda — también deudora de una esmerada fotografía—. De una habilidad desgarradora para sugerir, o más bien para apelar a nuestras propias vivencias, a nuestros sentimientos más íntimos. De puro sobria y austera se puede considerar ascética. Ártico, de un realismo poco habitual, no echa mano de artificios ni emociones de cartón. En un paisaje tan gélido, todo ha de permanecer, por fuerza, crudo. El minimalismo es absoluto, tanto en los diálogos, casi inexistentes, como en el reparto y la interpretación. Como únicos compañeros de vicisitudes, dos actores —el tercero, el piloto del helicóptero estrellado, aparece escasos segundos, ya muerto— y un oso cuya participación —aunque su amenaza tácita sea constante— se reduce a una escena, si bien inquietante, aislada. Mads Mikkelsen nos regala otra de sus magistrales actuaciones casi hieráticas: nunca tanta contención, tanta flema y ausencia de gestualidad, ha expresado tanto como en el anguloso rostro de este hombre de intensa mirada.

En consonancia con todo el resto, la melancólica banda sonora persigue la discreción y procura pasar desapercibida. La mayor parte del tiempo, corroborando la desolación del yermo paisaje blanco, solo el angustioso rumor del viento y la afanosa respiración de Overgård —que, sometido a incesante esfuerzo, parece identificarse con la trucha moribunda que boquea entre sus manos—. Únicamente puede haber un protagonista: el agónico intento por sobrevivir y, sobre todo, por salvar otra vida.

El abrumador escenario del que los personajes son prisioneros, glacial extensión ilimitada cuya monocromía alimenta la ilusión del minimalismo a pesar de su magnificencia, paradójicamente, resulta claustrofóbico. ¿Cómo podría soportar un ser humano tales temperaturas e inclemencias? ¿Cómo afrontar tantos peligros?

Y sin embargo el protagonista no se rinde. Porque, como nos recuerdan en estas jornadas de memoria tantos testimonios de quienes sobrevivieron a los campos nazis, hasta lo imposible se hace posible cuando existe la determinación por la supervivencia. La verdadera tragedia comienza cuando ya no se encuentran motivos para seguir viviendo; cuando ya no quedan objetivos ni hallamos estímulos para continuar adelante. Es entonces cuando realmente flaquean las fuerzas y corremos el riesgo de abandonarnos. Porque, cuando uno está tan cansado de batallar, sería tan fácil, tan cómodo y tranquilizador claudicar… Simplemente tumbarse a dormir y descansar definitivamente.

Aunque hasta eso, llegada la ocasión de reconocer que no se puede seguir adelante, hay que saber hacerlo en el modo correcto, con la serenidad que el solemne momento requiere. Porque igual que hay que saber estar, también hay que saber marcharse. Y saber, como nuestro protagonista, de qué modo acompañar, además, al otro en su partida.

En ese sentido, el desenlace de Ártico, con su protagonista, consciente de que en ese viaje ya no hay vuelta atrás, apostando el todo por el todo y quemando las últimas naves, salvando las distancias, nos trae a la memora Cuando todo está perdido, protagonizada por Robert Redford.

Si una lección nos deja Ártico es que no debéis cifrar vuestras esperanzas en una vaga ayuda externa. No confiéis en milagros, en soluciones mágicas, en el Séptimo de Caballería ni en Dios. Están todos demasiado ocupados para acordarse de un/a pobre desgraciado/a que padece, apenas una mota microscópica en un engranaje enorme que seguirá girando con igual eficiencia aun sin ella. Sobre todo, no esperéis el rescate de las remotas e indiferentes instituciones. Solo otra mano, una concreta —quizá una dispuesta a sostener la vuestra mientras llega el final, cuando ya no quede esperanza alguna—, la mano de otra persona tal vez tan perdida como vosotros, pero que aún saca fuerzas por los dos para tirar del carro, podrá sacaros de ese vacío deshabitado donde todo es muerte.

Porque no somos nada sin los demás, y ningún ser humano puede permanecer totalmente solo. La vida es un tejido complejo que cobra sentido únicamente a través de los otros; no puede florecer aislada. Sin amor no existe nada. Y esa filantropía, esa humanidad, es la única que puede hacernos apreciar el valor real de cuanto nos rodea y comprender: efectivamente, la presencia o ausencia de esa mota de polvo cambiará definitivamente el mundo.

Poco más se puede decir de una película donde no caben divagaciones ni trivialidades, que no desperdicia ni un segundo de metraje: todo hueso —o músculo—, núcleo, esencia. Ártico ofrece una experiencia inusual en el cine. El experimento —difícil de afrontar según lo que llevemos dentro— coloca el dedo en la palpitante herida, hurgando en nuestras propias llagas. Porque ver Ártico puede llegar a ser como contemplarse en un desalentador espejo. Aunque, al tiempo, nos recuerda que quizá aún haya esperanza. Esa que nos puede brindar el aliento de un generoso samaritano.

Somos islas, islas frágiles a la deriva en un mar proceloso, totalmente adverso. Nuestras existencias transcurren en peligro constante de naufragio, de hundimiento. Y, sin embargo, al tiempo, como advertía John Donne, ningún hombre es una isla entera por sí mismo.

La vida es un páramo gélido y desolado, inmisericorde y hostil. Donde nada crece ni prospera sin enorme esfuerzo. Capaz de aniquilar las naturales ansias de supervivencia. ¿Quién no desearía tener cerca alguien dispuesto a tirar de nuestro trineo cuando ya no nos queden fuerzas? Alguien dispuesto a reconfortarnos diciéndonos: “tranquila, no estás sola; todo va a salir bien”. Incluso aunque no sea cierto.

Ficha técnica

Título original: Arctic

Año: 2018

Duración: 97 min.

País: Islandia

Dirección: Joe Penna

Guion: Joe Penna, Ryan Morrison

Música: Joseph Trapanese

Fotografía: Tómas Örn Tómasson

Reparto: Mads Mikkelsen, Maria Thelma Smáradóttir

Productora: Armory Films / Pegasus Pictures / Union Entertainment Group

Género: Aventuras. Drama | Supervivencia

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Salome Guadalupe Ingelmo

CURRICULUM RESUMIDO
Salomé Guadalupe Ingelmo (Madrid, 1973). Formada en la Universidad Complutense de Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, Università degli Studi di Pisa, Universita della Sapienza di Roma y Pontificio Istituto Biblico de Roma, se doctora en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid. Miembro del Instituto para el Estudio del Oriente Próximo de la UAM, desde 2006 imparte cursos sobre lenguas y culturas mesopotámicas en dicha Universidad.
Ha recibido premios literarios nacionales e internacionales. Sus textos de narrativa y dramaturgia han aparecido en numerosas antologías. En la última década ha sido jurado permanente del Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Asociación de Países Amigos, Helsinki, Finlandia) y jurado del VIII Concurso Literario Bonaventuriano (Universidad San Buenaventura de Cali, Colombia).
Publica asiduamente ensayos literarios, tanto académicos como de divulgación, en diversas revistas culturales y medios digitales nacionales e internacionales. De entre los últimos: “Literatura testimonial: justificación personal o voluntad de utilidad histórica. Dos testimonios de Sonderkommando en Auschwitz”, en Revista Destiempos (México) n. 42, Estudios y Ensayos, Diciembre 2014-Enero 2015, p. 50-86 ; “Casi once años sin Terenci Moix: la herida de la esfinge no cicatriza” , en Luz Cultura 24 de enero de 2014 ; “Dorian Gray ayer y hoy: Retrato del seductor sin edad”, en Revista Almiar – Margen Cero III Época Nº 74 / mayo-junio 2014, 14/05/2014 … Sus críticas de cine suelen aparecer en la revista digital Luz Cultural y en el diario Luz de Levante .
Prologó El Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde (Editorial Nemira, 2009).
Desde 2009 colabora ininterrumpidamente con la revista digital bimestral miNatura: Revista de lo breve y lo fantástico <http://www.servercronos.net/bloglgc/index.php/minatura/ ), en la que han visto la luz sus microtextos de género fantástico, de ciencia ficción y terror. Ha sido incluida en Tiempos Oscuros: Una Visión del Fantástico Internacional n. 3 (especial monográfico sobre el estado actual del género en España; y en varias antologías de la editorial Saco de Huesos. Un compendio de sus obras narrativas pertenecientes a los géneros de terror y ciencia ficción puede consultarse en la Biblioteca Tercera Fundación .
Más información sobre el resto de su producción literaria en y .

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