Boris Pasternak, La vida invencible



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Boris Pasternak, La vida invencible

   En 1917,  en medio de la Primera Guerra Mundial y las guerras civiles de Rusia, Boris Pasternak escribió “Mi hermana la vida” para mostrar que la vida es invencible, renace siempre, rebrota siempre sutil o persistente.  En el poema que da título al libro,  la actividad de los trenes, el moverse de todo el mundo, el comienzo de la primavera,  lo deslumbran y lo seducen: “La vida, mi hermana. Aquí la ves que ella explota/ y se desfleca en lluvia, en llantos, en bofetadas de primavera / pero las gentes de collares falsos son altivas y cerradas, / como serpientes de paja solo muerden con cortesía”.  Y le dan energía.  Como ve Pasternak, no tenemos que ser mezquinos con la vida, hacer ceremonias absurdas, tenemos que morderla con generosidad y con gracia.

    Como Pasternak sugiere, los ancianos tal vez se agarran más la vida, la abrazan con más fuerza, beben más a fondo la cucharada. Igual que decía mi abuela de Tortosa poco antes de morir cuando le ponían la sopa de cena: “Me sabe a poco”.  Ponen más ilusión en los ojos. Porque ellos saben lo que vale, ya han pasado por mil cosas, los han amenazado tantas plagas, han fracasado y han renacido.  Los jóvenes tal vez la reciban con arrogancia, creen que les va a sobrar siempre, ni le prestan atención ni la aprecian, se aburren con desdén y les aburre todo. Aún no se han enterado. Pero el anciano tal vez ha pasado hambre (en muchos sentidos) y sabe lo que vale un pedazo de pan. Y alcanzó la humildad para saborear todo en lo que vale.

    Por eso dice Pasternak: “A las razones de los ancianos hay que rendir homenaje./ Y de tus razones, es cierto, es cierto, nos reiremos: / que  los céspedes y las miradas se irisan bajo la tormenta / y el horizonte se llena de sedas húmedas”. La vida tan profunda y tan fuerte no tiene por qué consistir en grandes orquestaciones, en timbales y retóricas, puede darse de formas sutiles  e inatrapables y sustentarnos con hondura increíble.  Se apunta en cualquier detalle, se asoma entre la vitalidad de los trenes en un día cualquiera.  Por eso dice Pasternak :”Y los horarios de trenes que repasamos en los folletos/ rebasan en majestad los libros de los profetas”. Nos dan una ilusión y un recomienzo sin fin.  Y al final  sigue la vida en esa calma entusiasmada: “Soplando y suspirando en alguna parte dormimos / y como un espejo lejano la amada duerme también, / aunque mi corazón que salpica sobre la estepa / por todas las puertas del tren se difunde sobre la noche”.

     Muchos años después, en la Segunda Guerra Mundial, en medio de terrores y miserias, en una ciudad sitiada y amenazada, Pasternak volvió a energizarse de vida de modo semejante en los poemas de “Los trenes matutinos”. La guerra lo amenazaba todo, pero en los trenes de madrugada llegaba  la gente a Moscú desde los alrededores  a trabajar y a vivir. Y Pasternak recogía el encanto y el alimento de la vida en los pequeños detalles invencibles.  A pesar de la nieve desencadenada, dice, iba a Moscú a pasar el día cuando eso era útil.  Salía tan temprano que todo a su alrededor era negro como un horno y sus pasos chillaban en el bosque sombrío.  Los álamos se desertaban sorprendidos y los astros tronaban sobre el mundo. Primero pasaba el tren postal y el suyo venía  poco tiempo después.

    Y entonces, al subir al tren, bebía todos los signos de una vitalidad sencilla y resistente.  No hacía falta mucho, solo sensibilidad de madrugada y saber apreciar las cosas: “Yo reconocía Rusia, / su rostro de trazos sin igual./ Yo observaba maravillado/ a los escolares pegados a su infancia, / las gentes de los suburbios y los campesinos”.  Ahora ya no se trata de Rusia o de España, se trata de la humanidad entera y del planeta entero. Podemos amar nuestro rincón pero en realidad el planeta entero es un rincón lleno de lirismo y de latido.  Y podemos sentirnos vivos y dignos a pesar de todo, vivos con toda nuestra vida : “En ellos nada de aquella cautela / que nos da a veces la desgracia, / la incomodidad y las noticias, / soportaban aquello como señores”.  Soportar esto con toda la dignidad que tenemos (como nos diría Camus) y estando vivos hasta el final, con generosidad y belleza a pesar de todo, es lo que podemos hacer.

    Como hacía y se maravillaba Boris Pasternak en la segunda guerra mundial. Lo que los rusos llamaron la gran guerra patria, pero afectó al mundo entero. Rusia era bella a pesar de todo, y también lo era Alemania pese a todo, y Londres bajo las bombas, y muchos rincones del mundo.  Pero hay que saber apreciarlo  y moverlo como un tesoro. Tenemos que conservar el embrujo, el encanto del mundo,  el aura, eso que tanta tecnología absolutista nos quiere robar, al pretender que todo es meramente mecánico. No, la vida no es mecánica y el encanto del mundo no se fabrica. Ni mucho menos el de las personas.  Eso lo veía Pasternak en aquellos trenes de madrugada : “En toda clase de actitudes, / como en un camión, mal instalados,/ todos leían, sin lasitud,/ a grandes rasgos, como embrujados”.  Tal vez estos días nos ayuden a recuperar el encanto de la vida. Lo único que hace que valga la pena vivirla.  Recuperar después de tantas complicaciones y tecnologías el sabor sencillo e intenso de nuestro planeta: “Los niños lanzaban al paisaje / efluvios de jabón fresco, / olores de cerezas salvajes. / de pan de especias y certezas de miel”.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

 

 

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