Carreteras de Santa Teresa



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CARRETERAS  DE SANTA TERESA

    ¿Cómo vemos a Santa Teresa, cómo se aparece ante nosotros? ¿Cómo la muchacha que quería irse a América con su hermano a buscar aventuras porque leía muchas novelas de caballerías? ¿Cómo la que después, con el mismo entusiasmo, fundaba monasterios por todas partes y allanaba todo tipo de obstáculos? ¿Cómo la mujer inspirada que llevaba lo divino dentro y nadie podía pararla? ¿Cómo la que se retorcía de exaltación en sus momentos de éxtasis?

      ¿Cómo la que exploraba su castillo interior en busca de la estancia más secreta para volcarse totalmente? ¿Cómo la que se hacía la tonta para esquivar las doctrinas de los doctos inquisidores despiadados? ¿Cómo aquella mujer a la que la vida arrebataba y llevaba a intensidades locas? ¿Cómo la que se enfrentó a la princesa de Évoli porque ésta quería vivir demasiado aburguesada en un convento de Pastrana?

     Julia  Kristeva en “Teresa, amor mío”, una novela o un ensayo,  la ve como una adelantada del placer femenino, intimista y secreto,  como una reivindicadora de la unidad de cuerpo y espíritu, que se enfrenta a la teología con la literatura, a la doctrina abstracta con la experiencia interior.

      Bernini en el Éxtasis de Santa Teresa, en Santa María de la Victoria, en Roma, la muestra con el cuerpo retorcido de exaltación, la boca abierta de pasón, los ojos cerrados para no ver nada, mientras un ángel sonriente le va a clavar una flecha, la imagen nos asalta con su intensidad,  la experiencia mística nos invade como un erotismo celeste, la rutina de los días se rompe como la experiencia más loca, nos espera en la esquina de la iglesia arrasándolo todo.

      Pierre Klossowski en “El bafomet” la imaginó como una llama flotante que quiere reencarnarse para vivir apasionadamente con san Juan de la Cruz en las noches oscuras y abandonadas.

         El barroco de Verona  Felice Torelli  en “La estigmatización de Santa Teresa” la pone enloquecida con las vestiduras sin peso y arrebatada por ángeles a punto de ser atravesada por una flecha de intensidad.

      El pintor Georges Clairin pinta a Sarah Bernhardt interpretando a Santa Teresa en mitad de una parafernalia eclesiástica pesada, de la que parece que va a salir huyendo en sábanas fantasmales.

     Un retrato muy famoso es el del proto-romántico François Gerard: la pinta como una mujer delgada y seductora, de mirada intensa, con un toque de sofisticación, muy francesa, como si fuera a seducirnos a todos. De ese retrato se han hecho variantes de tipo pop y galáctico que la enlazan con referencias audaces y modernas.

      Giulia Lana, una pintora atrevida del siglo XVIII, tal vez amargada por vivir en un mundo donde solo los hombres pintan y hablan, y que quiere precisamente soltarse por eso, se deja de dulcerías y gansadas, y la presenta vieja y expresionista, agarrada a su cruz en medio de una luz agresiva, como si estuviera sincerándose de verdad.

     Ray Loriga, en una película muy impactante, la puso desnuda y sin pesos con la mano llagada de Cristo, rompiendo con todos para vivir su pasión interior y enfrentándose a las inercias de la Iglesia y del Mundo.

          El pintor indio Jay Prashad, que vive en California, pintó toda la distorsión pasional de una mujer entregada al cosmos con la lengua fuera a la que llueven astros como para vivirlo todo definitivamente. Es muy importante como ven a una persona observadores de una cultura totalmente diferente, ellos no tienen la mirada viciada y pueden captar más limpiamente.

     Joseph Marie Vien la traza con pluma y lectura y con los vestidos casi flotando y con la mirada hacia lo alto con la misma nostalgia loca con que el escultor clásico Scopas esculpió a su Pothos.

      Tamara de Lempicka era toda sensualidades y tenía que captar el aspecto sensual del éxtasis, que lo tiene sin duda alguna, siempre hay un fondo de desenfreno y libertad íntima en el éxtasis, y de superación de todos los contrarios, y por eso siempre se mosquearon los teólogos con la mística, y un teólogo sesudo como Charles Moeller dijo que la mística era “la voluptuosidad del espíritu”.

      Rubens la pinta como doctora de la iglesia, ella que tenía tan poco de doctoral, que pasaba de los conceptos y vivía la vida y andaba los caminos y recibía las honduras entre los pucheros, que les pide perdón continuamente a los doctos con su forma simpática y desenfadada de escribir, para que no la metan en el tajo de la Inquisición, y que en el fondo se está burlando de ellos. Pero es Rubens y le pone el dinamismo que pone siempre en todas las cosas , y ese rostro tiene fuerza, y una espada difusa se mueve hacia ella.

    La surrealista Remedios Varo pinta el cuadro Santa Teresa en la cocina. ¿No decía ella que había que buscar a Dios entre los pucheros? Ella la pone flotando sobre el gran caldero, mientras el gallo se escapa, y los familiares alucinados traen la gran sardina, y todo se vuelve inspirado alrededor.

       Tiepolo la inventa como una muchacha asustada, un poco etérea como todas sus pinturas que flotan por techos, con los ojos cerrados para sentir mejor y una inclinación de cabeza que viene de las oleadas de sus vivencias.

      La fotógrafa coruñesa Valeria Diehl ,  inspirándose   una vez más en Bernini, insiste  en la sensualidad y el desbordamiento, por eso le pinta los labios rojos, acerca sus narices abiertas, abre sus ojos, contra las burguesías, las cicaterías, las restricciones.

    Yo la veo como una mujer impetuosa a la que nadie pudo parar, que quería aventuras y vida intensa ,  vivió la vida interior más intensa de su época,  trajo fuego a los marasmos de su tiempo,  nos lleva a todos por increíbles hallazgos interiores,  nos conecta con la inspiración de la vida,  puso verdadero espíritu donde había mecanismos y rutinas.

     La veo como una mujer dinámica, que escribe descontroladamente acerca de todo lo descontrolado que vive, que rompe con todos los academicismos en sus libros y nos regala imágenes fulgurantes y próximas, que nos arrastra por las carreteras de la vida interior como Jack Kerouac por las carreteras de América. La veo como alguien que no se resigna a la mediocridad ,  que quiere cerca el Fuego que la haga despertar totalmente,  que no se conforma con repetir como una máquina letanías y fórmulas.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

 

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Antonio Costa Gomez

Escritor y poeta español, Antonio Costa Gómez es, además, filólogo e historiador del arte.

Es conocido por sus novelas históricas, siendo considerado para el Premio Planeta por su novela Las Campanas.

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