Cegueras modernas



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Cegueras modernas

Se ha vuelto bastante común en estos días comparar la obra maestra de José Saramago (“Ensayo sobre la ceguera”) a la situación catastrófica en la que nuestra sosegada cotidianidad ha sido violentamente catapultada, sin advertencias, por este nuevo enemigo invisible.

Escriben que Saramago lo había profetizado todo, que el escenario distópico de su libro corresponde perfectamente a la realidad des-civilizada en la que llevamos interminables días viviendo, trastornados, desconcertados, arrastrándonos jadeantes hacia aquel inalcanzable día en el que alguien declarará “¡Se acabó!”. Es verdad que la frase más tecleada “cuando termine la cuarantena” revela en su construcción de subjuntivo que sí, que percibimos ese día extremadamente lejano del hic et nunc, casi en una dimensión que ya no forma parte de nuestra realidad. Y esta angustiosa atmósfera de invencible eternidad junto al repugnante liberismo egotista, guía insolublemente a los pobres ciegos a lo largo de toda la novela; por tanto el paralelismo, lo entiendo, resulta inevitable.

Sin embargo, entre las fascinantes líneas de nuestro autor visionario, se esconde un detalle que probablemente se le haya escapado a bastantes lectores, críticos, blogueros: la novia del médico. Seguro que se acuerdan de esta mujer porque es la única que mantiene el sentido de la vista y por este “infortunio”, tiene que atestiguar con sus mismos ojos la aturdidora brutalidad que la rodea. Y como si no bastara con esto, quedar exenta de la desgracia le cuesta un sacrificio más: acostarse cada noche y despertarse cada mañana con el temor de descubrir que se ha quedado ciega cuando abra sus descansados ojos, terror que paulautinamente casi se convierte en deseo.

Indudablemente, este personaje le ha sido estratégicamente útil al autor para ofrecer a sus lectores la perspectiva alternativa, la mirada lúcida de uno que ve la guerra entre perdidos ciegos. Pero quizás esto no sea suficiente para capturar la esencia más velada de la “desafortunada” mujer condenada a la vista. En la última página, de hecho, al asomarse a la ventana, la novia del médico descubre, decepcionada, que puede ver la ciudad bajo ella; es decir, a pesar de la constante inquietud y del riesgo acosador, hasta en el momento en el que está totalmente convencida de lo contrario, ella sigue sin ceguera. Entonces, justo al final se nos desvela la opción que nunca tuvimos en cuenta: en medio del pandemónico caos, seguir viendo es una posibilidad efectiva. Así pues, a lo mejor, aprovechando el papel de re-autores proporcionado, entre muchos, por Borges, podríamos sacar a la luz del feroz universo metafórico de Saramago incluso un mensaje tranquilizador de salvación: acabamos ciegos sólo si dejamos de ver. Lo cual nos lleva a pensar que detrás de las vehementes líneas distópicas podríamos tambíen leer la posibilidad de un camino alternativo. Lo de la cuarentana que sabe a infierno o a paraíso está en las manos de quienes la viven, o mejor dicho, en sus ojos. De hecho, según nos enseña la mujer del médico, por mucho esfuerzo y valentía que cueste, inmunizarse a la ceguera y al atropello socio-pandemico es una de las soluciones. Sólo hay que mirar más allá.

 

Por Filomena Locantore

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