Con un libro abierto entre las manos



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Con un libro abierto entre las manos

Puedo analizar por mí mismo. Ser crítico  en este involuntario arresto domiciliario para defenderme  de la garra de un virus terrorífico, que nadie sabe cómo está llamando a nuestras puertas.

Estado  de sitio, pánico y temblor. Ganancias de desalmados pescadores que parecen olvidar que todos los humanos somos  casta de muerto, independiente del rezo y el escapulario. Y colas de hambre o ganancia en las espaldas

Estoy sentado frente  a una ventana con un libro abierto entre las manos: Luego pienso, luego existo. Puedo analizar por mí mismo. Ser crítico  en este involuntario arresto domiciliario para defenderme  de la garra de un virus terrorífico, que nadie sabe cómo está llamando a nuestras puertas.

Escuchando con atención nos resuenan verdades de aquellos  humanos que arriesgan la vida por salvar al prójimo, frente a las  mentiras que se valen del cruel y sangriento estado de sitio. Luto y desesperación sin fronteras, repartiendo solidaridad frente a las aves de rapiña de todos los colores y falsos golpes de pechos patrioteros, que cada día con más descaro muestran sus apetitos ensangrentados con su falsa patriotería.

Leo los versos de Antonio Machado “Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. / Una de las dos Españas ha de helarte el corazón. El sentimiento andaluz de Luis Cernuda:

Luis Cernuda en las Misiones pedagógicas en Cuellar, Segovia, 1932

  Sombra hecha de luz,

  que templando repele,

   es fuego con nieve  

   el andaluz.

Retorno al 1984 de Orwell, la verdad y el sentimiento sea la dicha: “Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”Leer benditos que no malditos filibusteros. Lees luego piensas, analizas, espantas al aburrimiento. “Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano. … “

Juan Ramón Jiménez nos llama al saber estar, el vivir, el sentido de la vida, la defensa contra la mentira envuelta en falsa palabrería alienadora,  sed de ganancias e incultura voluntaria desde los pesebres de las gaviotas sedientas de rapiñas y ganancias:

Intelijencia, dame

el nombre esacto de las cosas!

Que mi palabra sea

la cosa misma,

creada por mi alma nuevamente.

Que por mí vayan todos

los que no las conocen, a las cosas;

que por mí vayan todos

los que ya las olvidan, a las cosas;

que por mí vayan todos

los mismos que las aman, a las cosas…

¡Intelijencia, dame

el nombre esacto, y tuyo,

y suyo, y mío, de las cosas!

Por encima de todas las “verdades absolutas” debemos evitar no ser borregos de piara. “Lo triste es un indecente con poder. Eso es lo que tenemos que evitar”nos recuerda con la claridad precisa de la palabra el filósofo andaluz Emilio Lledó.

Debemos ser conscientes de tener derecho de decirle No al silencio, No a la palabrería demagoga tras la que se esconde la explotación despiadada del hombre por el hombre, que bien nos muestra con sus versos de humanidad llena de temblores, el poeta peruano que tanto amó a España, César Vallejo:

Las Horas van febriles, y en los ángulos

abortan rubios siglos de ventura.

¡Quién tira tanto el hilo: quién descuelga

sin piedad nuestros nervios,

cordeles ya gastados, a la tumba!

No es lo mismo el llanto del rico ante un cadáver querido, que el llanto de un pobre con el corazón gastado. Ni tampoco la madera del ataúd, ni la esquela mortuoria según el tamaño y el precio. Los de abajo solo han sido proletarios oliendo a Universo cuando los cantó el poeta.

Tened cuidado, taparse la nariz con la mascarilla de la palma de la mano, cuando escuchéis decir “Ayudaremos a los menos favorecidos”. Les da miedo decir la palabra desnuda de ser pobre porque el hombre se come al hombre y luego reza.

 

El poeta Juan Ramón Jiménez junto a su esposa, Zenobia Camprubí, en su casa de Washington, en 194

            Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

            Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

             la resaca de todo lo sufrido

             se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

             Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

             en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

             Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;

             o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

 

Leer, no dejarse engañar por el pesebre, no caer en la trampa de los escribidores a sueldo de esos medios de comunicación mamadores de cheques en blanco y pleitesía al frío mármol de Carrara.

 

 

 

© Francisco Vélez Nieto

 

 

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