Dalida en Montmartre



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Dalida en Montmartre

    Me gusta pensar en aquella estatua de Dalida en Montmartre. Se encuentra uno con ella al bajar por la avenida grande, creo recordar, en la esquina con el Pasaje de las Brumas donde respiró Gerard de Nerval, más debajo de donde sale de la pared el Pasamuralla tan loco y ligero de aquel cuento de Marcel Aymé.

    Me gusta pensar en aquella cantante que llenó una época con sus canciones legendarias y vitalistas. Como aquella en que hablaba de Gigi el Amoroso, el seductor napolitano que vuelve locas a todas las mujeres en Italia, y se va a América creyendo hacer lo mismo, y fracasa en América, y regresa a Nápoles y todas las napolitanas la están esperando en el puerto y le gritan: te queremos, Gigi, tú eres napolitano, Gigi, qué ibas a hacer en América.

    Y me gusta ese tono legendario y melancólico de la canción, toda esa leyenda que despide Gigi a su alrededor, y la melancolía que le produce el fracaso allí donde lo que importa es el dinero, el fracaso fuera de la Italia vitalista y espontánea, fuera de la Italia chisporroteante y mágica, fuera del Nápoles alucinante y desordenado. Me gusta ese tono del fracaso en América y el rumor de todas las italianas que lo están esperando en el puerto, que reciben con cariño y lirismo a su ídolo doméstico, a su héroe doméstico y desvalido y napolitano. Me gusta todo ese vitalismo melancólico.

    Y me gusta pensar en esa mujer entre egipcia e italiana y francesa, esa mujer que mezcló las sangres y los nombres, que desplegó su voz ácida y tierna,  que batió las atmósferas como en una batidora, que levantó una voz teatral y vitalista, un entusiasmo entre melancólico e irónico, que se burló de sí misma y se exaltó consigo misma y con todos nosotros. Cuando era posible exaltarse, cuando quedaban personas y no solo máquinas por todas partes, cuando era posible ilusionarse. Cuando aún Montmartre era algo y la gente se inspiraba en Montmartre.

      Cuanto me encanta encontrar su busto, y pensar en ella, pensar en sus canciones, pensar en aquella voz entusiasmada e irónica, pensar en aquel desparpajo desenfrenado, pensar en aquella melancolía llena de vida. Como me gustaban aquellas canciones que se extendían hacia lo lejos, que sabían que solo eran canciones pero se extendían muy lejos, y nos llevaban muy lejos entre evocaciones y juegos.

    Cuanto me encanta encontrar su busto y recordar su época, cuando no todo era mecánico, cuando las cantantes tenían su propia voz, y vivían su propia vida, y nos ilusionaban con las canciones, y nos hacían abrir la vida con las canciones. Y las canciones populares y no cultas tenían un toque de cultura, y las gamberradas culturales tenían un toque cultural.

    Y cuando cantaba “Le temps de fleurs” uno se olvidaba de la ingenuidad de la canción, de la ingenuidad de todas las canciones ingenuas, por la fuerza que le ponía ella, por cuanto se lo creía al cantar y nos hacía creerlo, por cuanto se esforzaba por hacernos creer en aquella plenitud y aquella nostalgia,  una nostalgia con aristas y con carne, una nostalgia que vivíamos de verdad con nuestra piel. Porque ella con su voz nos hacía creer que las nostalgias y los tiempos de las flores tenían algo de real.

    No era guapa pero tenía una vitalidad tan extraña, un encanto tan mezclado, una mezcla de todas las sangres y todas las solicitaciones, y encajaba tan bien en Montmartre, encajaba tan bien en aquella época en que todavía éramos humanos y soñábamos con plenitudes y rebeldías, aunque fueran masivas y simples, en que  todavía no éramos juguetes de las multinacionales tecnológicas que nos hacen comprar un aparato cada semana,  que nos hacen sustituir la voz aguardentosa y los muslos  por las teclas y los códigos.

     Me gusta ver su melena suelta, su nariz afilada, sus trazos angulosos y decididos y reminiscentes, sus pechos de cobre que todos acarician hasta volverlos claros y pulidos,  sus labios enormes que querían toda la vida, su cuello tan amplio, el fular que le ciñe la garganta y se agarra a ella con toda la sensualidad, la mirada baja y pensativa que piensa en tantos instantes y fiestas pálidas, su busto sin brazos que es solo un busto, porque con el busto sentía toda la vida, toda la magia, delante de los árboles desatados, delante de todas las sombras locas de Montmartre.

       Cuánto me gusta encontrarla en aquel rincón de Montmartre, con su perfume de aquella época, con su perfume de Montmartre, con aquel aire de francesa-egipcia-italiana, popular, algo culta, con resonancias, melancólica, entusiasta, burlándose de sí misma, creando mitos, burlándose cálidamente de los mitos, inventando paraísos. Todavía suelta su voz callada para todos nosotros en Montmartre, para todos aquellos a los que la tecnología aplastante no ha enmudecido ni ha idiotizado, aquellos que una vez escuchamos vinilos y soñamos con libertades y paraísos que ahora guadañan con estos nuevos puritanismos helados.  Con qué melancolía y con qué fervor la encuentro cada vez.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

FOTO: CONSUELO DE ARCO

 

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