El Arte y la Muerte



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Cuando el hombre se hace consciente de que va a morir, desaparece todo rastro de apariencia: todo es verdad. “En los últimos instantes, la razón alborea en los mortales” (Santayana1).

Ocurre entonces que el instinto animal de supervivencia, una fuerza descomunal, nubla la mente, se revela con furia porque no tolera el fin de la propia existencia. Batalla contra la idea de que tiene que morir y nadie puede morir por él. A esta fuerza se opone otra serena y reflexiva,  que nace de la razón, lo mas acabado y sublime del universo que es capaz de elevarse sobre la propia existencia. Si en la lucha, esta fuerza vence a  aquella, filosofía, vida, verdad  y arte confluyen en los momentos finales. El gran examen. El gran juicio.

Cuando el artista expresa el misterio ante la muerte, no cabe artificio ante el público. Todos, sin excepción, dominamos la ciencia de la muerte desde que sabemos que al nacer, ya somos demasiado viejos para morir.

Se ha de reflejar la lucha entre el instinto de supervivencia que enloquece y atemoriza a quien se deja llevar por él y  la serenidad que otorga la lealtad a la verdad, que es, acaso, la madre de todas las virtudes y los grandes hombres de la humanidad la han puesto por encima de su propia vida, porque solo la verdad es mas punzante que la muerte y solo el valiente es capaz de amarla” (Santayana1).

Para formar criterio (no opinión) con el que aquilatar una obra de arte que trate de reflejar al hombre ante la muerte, hay que tomar en consideración lo que conocemos de  las obras de arte de otros hombres que se enfrentaron a esa íntima batalla. Pero los mejores ejemplos son, sin duda, los que reflejan el enfrentamiento a la muerte de aquellos que pudieron librarse de la muerte si así se lo hubieran propuesto, pero que venciendo su instinto de supervivencia, aceptaron con una dignidad casi sobrehumana, ser muertos por lealtad a sí mismos y  a la verdad que siempre defendieron. Veamos someramente dos casos:

El primero,  es de hace 2.413 años exactamente: Sócrates, tras escuchar la injusta sentencia de un jurado de 500 atenienses, que lo condenaba a muerte, toma consciencia de que tenía que morir pronto y se dirigió a sus jueces diciendo: “Pero es ya hora de marcharnos, yo a morir, vosotros a seguir viviendo”. Sócrates, con finísima ironía parecía el juez que condenaba a vivir a sus verdugos. Continuó: “Quien de nosotros se dirige a una condición mejor, es algo oculto para todos, excepto para Dios”. La ciudad libre, Atenas, dijo Séneca, “no toleró la libertad de quien había insultado impunemente al escuadrón de tiranos” y lo condenaron. Sus allegados nos cuentan cómo pasó sus últimos momentos: inmerso en grandes pensamientos, en amable plática con amigos y consolando a quienes le querían. El pintor David muestra a toda la concurrencia desesperada (Platón aparece abatido y sentado de espaldas a su  maestro, quizás porque no estuvo allí en ese momento por enfermedad). El verdugo aparece tapándose la cara mientras entrega la cicuta al sentenciado y Sócrates aparece señoreando sobre sí mismo, sobre su instinto de supervivencia, sobre la desolación de su selecta concurrencia, despreciando los ofrecimientos de fuga, señalando el lugar dónde quería dirigirse con una mano, mientras toma la cicuta en la otra. Sócrates destaca en el cuadro por su dignidad, serenidad y entereza en el momento supremo. Hoy se sigue discutiendo, tras 2.413 años, si hubiera sido más ético haber aceptado la huída.

Después de su muerte Atenas le construyó un templo, y la democracia que lo condenó a muerte, tras haber arriesgado su vida ante los 30 tiranos, fue maldita durante milenios, fue designado el régimen de los demagogos, de los sofistas, hasta el punto que cuando vuelve a aparecer en América, dos milenios después, se negaron a llamarla democracia y prefirieron denominarla “república de leyes” (John Admas).  Fue Hamilton quien la denominó “democracia representativa” para distinguirla de aquella que condenó a Sócrates.

Nos queda constancia del momento en el que toma conciencia de próxima muerte otro gran espíritu: Séneca, el gran cordobés. Hace 1.949 años exactamente. Se suicidó por orden de Nerón, -imagen de Manuel Dominguez-. Séneca fue maestro de su asesino, el emperador,  y le había escrito años antes:“Has concebido una loa que los dioses rara vez conceden a los hombres: la inocencia”. Su pensamiento invitaba a salir de la masa donde “casi todos luchan entre el temor a la muerte y los tormentos de la vida; desventurados que ni quieren vivir, ni saben morir”. Supo morir. Toda la vida estuvo preparándose para ello. Se metió en la bañera, abrió las venas de sus muñecas, sus tobillos y sus rodillas y serenamente dictó sus últimas lecciones mientras desfallecía. Como la muerte dilataba su llegada,  al igual que Sócrates, bebió cicuta y al fin, enmudeció. Manuel Domínguez reflejó a un Séneca en dramática postura sobre la bañera, mientras sus amigos muestran desesperación.

Luis David, refleja el momento en que Séneca (al igual que Sócrates)  hace salir a su esposa del lugar donde iba a morir, mientras le abrían las venas.

El Greco lo inmortalizó en el momento en el que se introdujo en el baño para cortarse las venas. Séneca anciano, no parece descender al baño para morir, sino emerger de él al resucitar. Su rostro denota la vigorosa y serena concentración de un maestro dictando una sublime enseñanza, mientras un secretario toma nota de sus últimas lecciones y un amigo le ayuda a abrirse las venas. 

Ambos supieron morir sin miedo, con paz con  la mente ocupada en aquello a lo que eran leales, aquello por lo que se puede y se debe vivir… y morir. Nadie nos describe la lucha en la que se vieron inmersos para decidir –voluntariamente- dejar de vivir. Solo nos describen que su naturaleza venció a su instinto ¡y de qué manera!.

Jose Luis Escobar Arroyo

(1) Jorge Santayana fue un gran filósofo español (tenemos muy pocos), hijo de españoles, nacido en Madrid y criado en Ávila. Se afincó en EEUU y allí escribió su obra. Salvo en España, es conocido mundialmente por su sublime pensamiento del que he dejado dos muestras en el texto. En España se le ha despreciado, se le considera un extranjero, véase, entre otras la enciclopedia Wikipedia. Quiso ser enterrado en el

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Jose Luis Escobar

José Luis Escobar, abogado segoviano radicado en Alicante, en su obra “La hija del Tiempo”, Ediciones Andante, ha urdido una trama de intriga para ponerla al servicio de una causa superior: la de reivindicar el pensamiento clásico griego como instrumento perfectamente actualizable para la forja de mentes despiertas y hombres y mujeres libres. “Existimos en la medida que movilizamos el pensamiento” y este bien inalienable del ser humano, su capacidad de discernir, encuentra en el legado clásico unas bases de entendimiento, un troquel psicológico que aísla al individuo de la confusión, la burla, el engaño, y lo acerca a la Verdad.

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