El integrismo tecnocrático



  • Añadir comentarios
  • Print
  • Agregar a favoritos

EL INTEGRISMO TECNOCRÁTICO

    Los profetas de la mecanización indefinida nos presentan a quienes la cuestionamos como retrógrados y carcas. Pero el progreso consiste en que la mayoría de la población viva mejor.  Las máquinas simplificaron la vida en muchos casos, pero ahora amenazan con complicarla cada vez más.  Lavar ropa, transportarse a largas distancias, operar a alguien para curarlo, mejoran la vida. Pero mecanizar las cosas más sencillas: abrir una puerta, encender una luz, nos complica más que nos ayuda. Y que nos atiendan máquinas en lugar de personas en todas partes, con sus procesos automáticos y fríos, con sus opciones cerradas, no mejora la vida. Más bien nos hace más solitarios y frustrados.

      O las palabras no significan nada o estamos usando muy mal algunas. La palabra “progresar” entre ellas. Una persona progresa si se siente cada vez más plena y realizada, no digo más feliz, porque eso parece demasiado sublime. El hombre progresa si su vida es mejor. Pero la mecanización sin fin de la vida entera no garantiza eso, más bien nos empobrece y nos deja desolados.  Que llame por teléfono a una empresa y me salga una máquina que me dice sin variar: opción 1, opción 2, no me hace vivir mejor que si me contesta una persona con la que puedo interactuar infinitamente. Eliminar lo vivo para instalar lo mecánico no nos hace progresar sino que nos mata.

     Si un hombre va por una carretera siempre hacia adelante, por encima de cualquier consideración, lleve a donde lleve esa carretera, no es más sensato que el que le dice que se ha pasado un cruce, que había una zona más interesante torciendo a la izquierda. Seguir adelante por un camino a ciegas sin hacer caso de nada no parece que sea progresar.  Más bien parece un cerrilismo y una estupidez que involucra a todos los que van en el coche.

         Muchas cosas son útiles hasta llegar a un límite, y a partir de él se vuelven perjudiciales. Beber agua es bueno para el organismo, pero si uno bebe de golpe 20 litros de agua revienta. Echarle detergente a una lavadora es bueno, pero si se inunda la lavadora de detergente la ropa saldrá reblandecida o hecha jirones. Así pasa con las máquinas. Muchas de ellas nos empobrecen y nos hacen perder facultades. Perdemos la memoria, las dotes de cálculo, la capacidad de organización.  La gente usa máquinas incluso para desplazarse unos metros y acabará perdiendo las piernas. Pero supongo que si le dices a un niño que no meta cientos de aparatos en su habitación, que acabará por no tener sitio para él mismo,  te dirá que eres un retrógrado.

     Por lo demás se extiende el modelo mecanicista a todas las esferas de la vida, se elimina la misma vida. Según el paradigma actual el cuerpo solo es un mecanismo que se puede arreglar, el universo entero es un mecanismo.  No solo el cuerpo, el ser entero, lo espiritual también, o más bien lo espiritual no existe. Todo se puede producir y manosear, todo se puede diseñar y arreglar.  Nada escapa a la visión mecanicista. Así la medicina mecanicista también se impone como integrismo único. Y se elimina todo el humanismo. Y el mundo pierde progresivamente su encanto.

      Se nos dice que esa dirección de la humanidad es fatal, que ese es el único futuro posible, y que oponerse a él es ridículo y patético. Pero el futuro solo será así si la mayoría de la gente lo quiere.  No creo que ningún dios o fatalidad histórica nos lleve en esa dirección por encima de todo, como si el coche ya no tuviera mandos. La Humanidad ha redefinido su dirección en muchas ocasiones, civilizaciones enteras se han acabado o cambiaron de dirección. A fines de la antigüedad parecía que la urbanización indefinida era el futuro, pero hubo un colapso y se volvió a mundos rurales. A fines de la Edad Media la gente se cansó de la religión en todo y volvió al paganismo antiguo y al cuerpo. La razón lo explicaría todo en el Siglo de las Luces, pero surgió la sensibilidad y la imaginación en el romanticismo. El racismo y el fascismo parecían el futuro en los años treinta, pero reaccionaron las democracias. La sociedad de consumo y la tecnocracia parecían imparables en los sesenta, pero millones de personas prefirieron más naturaleza y más sencillez.

    Mirando bien, no parece que el futuro fatal que nos venden sea ningún progreso. Aumenta la concentración de la riqueza y la arrogancia de una minoría sin raíces (todo se vuelve más caro y solo para unos pocos,  la mayoría de la población parece expulsada al caos tenebroso), el autoritarismo crece en todas partes, el moralismo y el puritanismo se apoderan de nosotros y se ve la contracultura liberadora como un escándalo, progresan los integrismos y fanatismos. La propia tecnolatría, usando la palabra de Ernesto Sábato, se convierte en un integrismo. No hay disidencia posible ante la tecnologización de todo, desde la medicina hasta las relaciones sociales.  La gente cree a pies juntillas, con fe de carbonero, en las bondades de la mecanización sin límites, en que eso es el único futuro posible, sin reflexionarlo, sin cuestionar nada. De todos modos nos tienen a todos absolutamente adoctrinados, tan adoctrinados como en las épocas en que la religión lo era todo, y es bastante difícil salirse. Y si te sales eres loco, ridículo, patético.

        ¿Para quién es un progreso la mecanización brutal e indefinida? Tal vez para algunos empresarios que pagarán menos sueldos, producirán más masivamente, tendrán más beneficios.  Pero para el usuario que se encuentra continuamente con máquinas, y con corporaciones kafkianas con las que no se puede hablar si algo va mal, que no tienen rostro, eso no es un progreso. Para cualquiera que llama a una empresa y le sale siempre una máquina con unas opciones, y quiere algo que no está en esas opciones (así es la vida, rebasa todos los programas) eso no es un progreso.

ANTONIO COSTA GÓMEZ , ESCRITOR

 

 

¿Te ha gustado esta publicación?

¡Haz click en una estrella para puntuarla!

Puntuación media
/ 5. Recuento de votos:

Cuanto te ha gustado esta publicación …

¡Síguenos en las redes sociales!

Antonio Costa Gomez

Escritor y poeta español, Antonio Costa Gómez es, además, filólogo e historiador del arte.

Es conocido por sus novelas históricas, siendo considerado para el Premio Planeta por su novela Las Campanas.

Sin comentarios a “El integrismo tecnocrático”

Añadir un comentario.

Al enviar un comentario aceptas nuestra política de privacidad

Deja una respuesta




Las opiniones vertidas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente el pensamiento de Luz Cultural.