Entre la razón y la locura: La palabra os hará libres



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Entre la razón y la locura: La palabra os hará libres

Por Salomé Guadalupe Ingelmo

La palabra nos hace libres. Eso es lo que cree William Minor, antiguo cirujano militar, perseguido por los fantasmas que las atrocidades de la Guerra de Secesión americana han incubado en su mente. Pensionado por su gobierno, Minor vive retirado en Londres. No obstante, el horror no ha quedado atrás. Atormentado por el sentimiento de culpa por quienes cayeron, pues en su día fue un profesional de prestigio y gran sentido de la responsabilidad, a menudo se siente perseguido por un espectro, un hombre amenazador y para él muy real. Durante uno de esos episodios, en lo que parece un brote psicótico, involuntariamente, Minor —a quien, de vuelta en su país, se acabó diagnosticando esquizofrenia— mata, en lo que él cree legítima defensa, a un humilde trabajador. Minor, debido a su estado mental, obtiene un veredicto de no culpabilidad y es internado en un psiquiátrico.

Allí se refugia en los libros. Solo la lectura mantiene a raya la enfermedad. Gracias a lo que los libros cuentan, es él quien persigue otros mundos posibles, y deja de ser perseguido; solo ellos pueden liberarlo del aislamiento físico y mental. Entonces su destino se cruzará con el de James Murray, recientemente nombrado editor del Oxford English Dictionary. En efecto, cuando descubre que los responsables del incipiente proyecto buscan anónimos voluntarios, no lo piensa dos veces y comienza una monumental tarea que lo convierte en su principal y más productivo colaborador.

Ahora que, sintiéndose útil para la sociedad y perdonado por la viuda, creía más cercana la redención, Minor recibe un golpe mortal cuando descubre que la mujer, superado, visita tras visita, el rencor hacia un hombre que ha sacado a sus hijos de la miseria cediéndole íntegramente su pensión y que ha querido, en su generosidad, regalarle el supremo don de aprender a leer —verdadera fuente de libertad—, parece estar enamorándose de él.

Redoblados los sentimientos de culpa, tan profundamente arraigados en él, por lo que considera una ulterior traición al muerto, busca, mediante un sacrificio de carne y sangre, extremo y desesperado acto de penitencia —una licencia literaria, ya que en realidad el personaje histórico se emasculó tras haber sufrido alucinaciones nocturnas durante las cuales era transportado a lugares lejanos como Estambul, donde se le obligaba a forzar muchachos—, la expiación en la autolesión. Al tiempo, su cuadro clínico empeora vertiginosamente al abandonar la actividad de colaboración con el diccionario, del que ya no se cree digno —pues en realidad ya no se cree digno de pertenecer a la especie humana—, y recibir, además, terapias médicas brutales para cuerpo y espíritu que finalmente lo dejan en estado catatónico.

Solo la intervención de su amigo James Murray, que recurrirá a un jovencísimo Churchill, por entonces a cargo del Ministerio de Interior, logrará librarlo de las torturas, obteniendo para él la deportación a su América natal.

Inspirada en la novela El profesor y el loco, escrita en 1998 por Simon Winchester, que a su vez se basó en una sorprendente historia real, Entre la razón y la locura explora, con extrema sensibilidad, pero no menos firmeza, conceptos como la redención o el perdón.

No obstante, la película también pone al descubierto la hipocresía y falsa moral que nos rodean, terriblemente actuales aún hoy en día. En su punto de mira está el sensacionalismo del que se vale el periodismo más abyecto, sin código deontológico alguno, capaz de todo por conseguir lectores o audiencia. El mismo que en Entre la razón y la locura hará un uso inmoral de fotos tomadas durante las terapias, degradantes para la dignidad de la persona y obtenidas mediante soborno; el mismo que en Joker ridiculiza a un enfermo para “amenizar” un programa de televisión en directo. Objeto de la críticas de Entre la razón y la locura es también el injustificado elitismo de ciertos círculos académicos —que afortunadamente no representan a toda la comunidad— indignados por la sabiduría ajena, más si lograda de forma autodidacta, y celosos de otros logros, los conseguidos por vías que nada tienen que ver con una meritocracia meramente burocratizada o con los privilegios adquiridos en cuanto casta, sino con la verdadera erudición y la pasión más pura y desinteresada por el saber: esos doctos caballeros que aprovecharán el trabajo sucio realizado por la prensa para desacreditar y boicotear la monumental empresa de Murray —que, aun con la colaboración de miles de voluntarios, tardaría cinco décadas en ser acabada, y que se revelaría fundamental para la lexicografía en lengua inglesa—, echando por tierra temporalmente un proyecto visionario y unos métodos no menos adelantados a su tiempo.

La película denuncia también, como es natural, la escasa humanidad y dudosa efectividad en el siglo pasado de la psiquiatría, que hasta hace no mucho confiaba en tratamientos aberrantes. Así como la extendida confusión entre la enfermedad mental y la degradación moral y/o intelectual, lacra que nuestra sociedad contemporánea, para nuestra vergüenza, todavía arrastra.

Porque, como ya he manifestado en alguna otra ocasión, la mayor parte de los enfermos mentales solo pueden resultar peligrosos para sí mismos, mientras a menudo sí que son ellos quienes se ven convertidos en víctimas de una sociedad despiadada y de su despiadado sistema. Son ellos quienes han de temer, no nosotros. Y, sin embargo, cuánto les debemos; cuántas veces el talento y la sensibilidad no se han visto libres de “locura”, de una locura creativa y enriquecedora para el conjunto de los individuos: Van Gogh, Sylvia Plath, Alejandra Pizarnik, Antonin Artaud, Leopoldo María Panero, John Forbes Nash…

Entre la razón y la locura se revela diametralmente opuesta a la recientemente estrenada —y polémica— Joker. Culto, sensible, solidario, emotivo, de modales en general apacibles e incluso tiernos, de sólidos principios morales, Minor representa la antítesis de Arthur Fleck, protagonista de la película Joker, que también aborda el argumento de la enfermedad mental, aunque lo hace en clave bien distinta. Integridad, lealtad y escrúpulos, todo eso de lo que carece Arthur —aunque se intente justificar al monstruo, fruto de una sociedad que solo le ha ofrecido violencia e indiferencia—, distinguen al cirujano retirado.

Lejos del exuberante histrionismo del Joker —nada que objetar a una magistral interpretación de Joaquin Phoenix, entregado en su papel—, Minor es un enfermo mental atormentado por los remordimientos, por la culpabilidad que genera en él el hecho de sentirse inadecuado —tan extendida, por otro lado, entre quienes padecen este tipo de trastornos—, por el humano sufrimiento hacia el que resulta tan difícil no experimentar compasión. La sobria interpretación de Sean Penn, que evita los aspavientos teatrales, dota aún de mayor profundidad al personaje —introspectivo, brillante, dolorosamente irónico—, en el cual percibimos una vívida angustia, más desgarradora si cabe precisamente por más contenida, casi asumida como ineludible compañera.

Al margen del trabajo de Sean Penn y Mel Gibson, sólidos en sus respectivos registros, es de justicia destacar la soberbia ambientación de la cinta, así como una hermosa banda sonora que se compenetra a la perfección con la exquisita delicadeza de la narración, secundando magistralmente los estados de ánimo que la misma sugiere.

En tiempos donde tanta controversia ha causado la violencia de Joker, creo que necesitamos recuperar obras como Entre la razón y la locura. Obras que, lejos del sensacionalismo o el simplificador maniqueísmo, pretenden acercarnos al lado humano de la enfermedad; cuya fórmula de denuncia —más serena y menos influenciada por los tópicos—, en lugar de aumentar la desconfianza, fomenta la empatía hacia quien padece, posibilitando así una verdadera inclusión social a largo plazo.

En resumen, aunque la película ha pasado sus peripecias antes de ver la luz —rodada a finales de 2016 y pospuesto su estreno, por la demanda de Gibson contra el director, hasta este año en algunas partes del mundo, en origen debería haber sido dirigida por Gibson, quien compró los derechos hace dos décadas y en efecto la coproduce, aunque finalmente su guionista tomaría las riendas del proyecto—, ha merecido la pena esperar para ver los resultados.

Llama la atención que las críticas sobre Entre la razón y la locura, que diría notabilísima en muchos sentidos, parezcan haber sido tan tibias e incluso duras. Como sorprende que lo que tanta indignación haya causado entre los guardianes de la moral, entre las gentes de bien, respecto a Joker haya sido la manifiesta violencia de ficción —justificable, en buena medida, en un villano de cómic, al que se pretende dotar de un pasado—, y no la violencia real que nuestra sociedad ejerce sobre los enfermos y su entorno de forma activa —rechazo, discriminación, marginalidad…— y pasiva —abandono manifiesto, ausencia de ayudas y de seguimiento a causa de las políticas de recortes—, y que, con buenas intenciones mejor o peor plasmadas, guionista y director pretenden denunciar. Una vez más, como los fariseos que somos, matamos al mensajero, pero limpiamos la imagen del sátrapa.

Tierna y esperanzadora, fascinante y muy emotiva —sinceramente emotiva, lejos de la más barata sensiblería—, Entre la razón y la locura concluye que, como siempre ha sido, lo que fallan son las instituciones, no los individuos. Porque, “si hay amor… Si hay amor, ¿qué?” —preguntaba la viuda en una nota entregada a Minor—. Si hay amor, como tan lúcidamente advertía John Lennon, aún queda esperanza para el ser humano.

Mediante las palabras se ordena todo y todo cobra sentido, el mundo y la mente —en algunos aspectos tan similar a un diccionario—. La palabra es esperanza: principal y en el fondo única arma verdadera de resistencia contra la violencia que constantemente se ejerce, conscientemente o no, sobre el individuo. Los escritores somo máximos custodios de ese precioso don, sumos sacerdotes obligados a preservarlo y defenderlo. En él reside ese último centímetro que V de Vendetta urgía a no entregar, el que nadie nos puede arrebatar si nosotros no lo consentimos. Aun cuando no nos dejen otra forma de libertad, siempre nos quedará esta; no debemos cederla jamás voluntariamente, no debemos traicionarla ni pervertirla.

Portada: en la imagen, el William Minor real durante su trabajo para el diccionario. Al lado, Joaquín Phoenix interpretando al Joker.

 

 

Ficha técnica

Título original: The Professor and the Madman

Año: 2019

Duración: 124 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Farhad Safinia

Guion: John Boorman, Todd Komarnicki, Farhad Safinia (Novela: Simon Winchester)

Música: Bear McCreary

Fotografía: Kasper Tuxen

Reparto: Mel Gibson, Sean Penn, Natalie Dormer, Stephen Dillane, Ioan Gruffudd, Jeremy Irvine, Brendan Patricks, Adam Fergus, Kieran O’Reilly, Bryan Quinn, David Crowley, Olivia McKevitt, Steve Coogan, Malcolm Freeman, Robert McCormack, Abigail Coburn, Mark Quigley

Productora: Coproducción Estados Unidos-Irlanda; Voltage Pictures / Fábrica de Cine / Definition Films / 22H22 / Zik Zak Filmworks / Caviar Antwerp / Fastnet Films

Género: Drama. Thriller. Siglo XIX. Literatura

 

 

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Salome Guadalupe Ingelmo

CURRICULUM RESUMIDO
Salomé Guadalupe Ingelmo (Madrid, 1973). Formada en la Universidad Complutense de Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, Università degli Studi di Pisa, Universita della Sapienza di Roma y Pontificio Istituto Biblico de Roma, se doctora en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid. Miembro del Instituto para el Estudio del Oriente Próximo de la UAM, desde 2006 imparte cursos sobre lenguas y culturas mesopotámicas en dicha Universidad.
Ha recibido premios literarios nacionales e internacionales. Sus textos de narrativa y dramaturgia han aparecido en numerosas antologías. En la última década ha sido jurado permanente del Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” (Asociación de Países Amigos, Helsinki, Finlandia) y jurado del VIII Concurso Literario Bonaventuriano (Universidad San Buenaventura de Cali, Colombia).
Publica asiduamente ensayos literarios, tanto académicos como de divulgación, en diversas revistas culturales y medios digitales nacionales e internacionales. De entre los últimos: “Literatura testimonial: justificación personal o voluntad de utilidad histórica. Dos testimonios de Sonderkommando en Auschwitz”, en Revista Destiempos (México) n. 42, Estudios y Ensayos, Diciembre 2014-Enero 2015, p. 50-86 ; “Casi once años sin Terenci Moix: la herida de la esfinge no cicatriza” , en Luz Cultura 24 de enero de 2014 ; “Dorian Gray ayer y hoy: Retrato del seductor sin edad”, en Revista Almiar – Margen Cero III Época Nº 74 / mayo-junio 2014, 14/05/2014 … Sus críticas de cine suelen aparecer en la revista digital Luz Cultural y en el diario Luz de Levante .
Prologó El Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde (Editorial Nemira, 2009).
Desde 2009 colabora ininterrumpidamente con la revista digital bimestral miNatura: Revista de lo breve y lo fantástico <http://www.servercronos.net/bloglgc/index.php/minatura/ ), en la que han visto la luz sus microtextos de género fantástico, de ciencia ficción y terror. Ha sido incluida en Tiempos Oscuros: Una Visión del Fantástico Internacional n. 3 (especial monográfico sobre el estado actual del género en España; y en varias antologías de la editorial Saco de Huesos. Un compendio de sus obras narrativas pertenecientes a los géneros de terror y ciencia ficción puede consultarse en la Biblioteca Tercera Fundación .
Más información sobre el resto de su producción literaria en y .

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