Europa Raptada, Por Antonio Costa Gómez



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EUROPA RAPTADA

Europa ya no domina el mundo ni aplasta a nadie ni adoctrina a nadie, pero es un rincón del mundo más fascinante que nunca por eso mismo. Como un viejo que ya no domina, se ha vuelto simpático y sincero, y se pone a contar historias. Y en ella se han inventado unas cuantas cosas que siempre serán fascinantes. Un invierno Consuelo y yo recorrimos la Europa que Zeus raptó en forma de toro para inspirarla, llenarla de vida y darle entusiasmo. Porque Zeus es un dios que no aplasta, arrasa y ametralla, sino que exalta, vivifica y agita. Y nos hace reír aunque nos cueste la vida. Hicimos un recorrido tortuoso de Madrid a Berlín, un camino en forma de bocina con epicentro en Eslovenia como aquel dibujo loco que Kerouac trazó un día sobre el mapa de Estados Unidos.

En Niza no solo estaba el Paseo de los Ingleses, el hotel Negresco de los aristócratas rusos o la playa de los escritores del mundo. También estaban las tabernas de la parte vieja donde bullían el vino y el jazz. Estaban las travesuras del Museo de Arte Moderno, los coches prensados de Arman, las antropometrías azules de Yves Klein, la bañera psicodélica de Niki de Saint Phalle. Una estatua enorme delante del Museo muestra una cabeza con el cerebro cuadrado y la boca sensual. Eso sugiere que la vida chisporrotea siempre aunque quieran cuadrarla con doctrinas. En Mónaco estaban los inalcanzables lujos del Casino y del Café de París, que solo podía mirar desde fuera, en el Café de París puse el culo cinco minutos. Pero también las callejuelas y las plazas íntimas de Mónaco Ville, las esponjas latiendo en el Oceanográfico, Andrómaca volcándose trágicamente en el pecho de Héctor esculpida por Giorgio di Chirico en el jardín de San Martín, las curvas locas donde corredores legendarios volaron en el rally automovilístico.

Vimos Venecia en mitad de la niebla. Vale la pena verla de ese modo, con barcas fantasmales flotando en medio de edificios más fantasmales aún de lo que son siempre, al lado de personas que parecen salidas de cuadros. Que Consuelo baje las escaleras del hotel Danielli con más elegancia que Angelina Jolie. Que yo me asome como un golfillo de Dickens al café Florian varios siglos después de Goethe. .¿Querrán creer que había un tipo que estaba enfrascado en su móvil y no miraba nada de nada?. Busqué la Virgen sin cara en el puente Rialto junto a la cual me emborraché tres años antes , la iglesia de Santa María Formosa que Rilke pone en la primera Elegía con una cara en un muro que parece reunir todos los tormentos del mundo para escupirlos de golpe.

A veces fallan los planes y no hay tren a Liubliana, entonces uno tiene que ir a Trieste y de paso desde el tren fotografiar el castillo de Duino entre la bruma. Y allí negociar un taxi a Liubliana. En ella dormimos en una antigua cárcel, el barrio está lleno de pinturas asombrosas y de muñecos psicodélicos. En el centro las calles se abren nostálgicas debajo del castillo azul , en el bar Promenade sabe muy bien la cerveza a pesar del frío cortante. En el Puente del Dragón ese bicho gigantesco se presenta como la esencia del dinamismo inconsciente, el ayudante que te lleva a los bosques del mito como diría Joseph Campbell. A pesar del invierno nos vamos al lago Bled , entonces todo se rompe silenciosa y prodigiosamente porque en una islita con una iglesia suenan las campanas sobre el lago más delicioso del mundo. Le damos la vuelta entera sin cansarnos, subimos al castillo por un camino de cabras despistando a los japoneses, tomamos cerveza dorada delante del sol de invierno en el café Preseren, que es como decir el café Cervantes. Y algo se nos planta en el cerebro que no se morirá nunca.

Hay un tren nocturno a Salzburgo, que para mí no es la ciudad de Mozart, es la ciudad de Trakl con sus visiones malditas y hondas, la ciudad de Thomas Bernhardt que la llenó de insultos pero la amaba de un modo desesperado. Sin haber dormido en toda la noche vagamos como fantasmas desde las siete de la mañana, vemos una infinidad de monumentos barrocos que nos arrebatan, fuentes más grandiosas que las de Roma, recuerdos de Trakl por todas las esquinas. Vagamos por los jardines de Mirabell enloquecidos, donde el arzobispo Wolf Dietrich se follaba como un centauro a su novia Salomé y le hizo doce hijos, donde la chica de “Sonrisas y lágrimas” hacía saltar a sus niños al lado del Pegaso antes de que los persiguieran los nazis. Buscamos unos enanos que no aparecen. Subimos a la antigua casa de Stefan Zweig, la tiene vallada y llena de “verboten” un tipo que debe de ser un nazi porque ni quiere que uno se asome. En la catedral oímos casi soñando la Misa Brevis de Mozart y ya no me parece un virtuoso sino un apasionado sin palabras. Caminamos todo el día bajo la nieve, visitamos el monasterio apartado donde ronroneaba la chica de “Sonrisas y lágrimas”. Entramos en el cementerio alucinante de San Pedro donde las tumbas tienen cruces fantasiosas. Nos recogemos a la noche en el hotel de unos japoneses, llenos de estupor y de digestión difícil de tanta belleza enloquecida.

Entonces viene Viena , seguimos bajo la nieve, básicamente miramos a Johann Strauss tocando el violín incansable en el parque, a Gustav Klimt en el Belvedere levantando a sus amantes de “El beso” en un jardín que flota en el firmamento entre una lluvia de estrellas de oro, nos arrastra y nos quiere liberar de todas las mezquindades del mundo con su pasión como el olvido de Cernuda. Otro tren nos lleva a Bratislava, donde sigue nevando, el caballero Roland defiende las libertades gallardo en la fuente de la plaza, en el café Roland una cantante de ópera nos ameniza mientras me tomo un Four Roses, “El Trabajador” se asoma insultado por la nieve desde su alcantarilla en una esquina, en el bulevar mágico delante del Teatro Real un personaje susurra en el oído de la estatua de Andersen.

Praga es un desastre, un asco, una decepción continua, un cabreo, una frustración. Porque es enloquecidamente bella pero está repleta de grupos de turistas siguiendo como corderos las sombrillas de los guías, no dejan ver nada, ni dejan circular, no permiten acercarse a nada. Pensar que cuando yo fui en los años ochenta buscando a Rilke y Kafka me preguntaba por qué había ido allí , me decían que no podía ser tan bonito si era comunista. Solo puede apreciarse el puente Carlos a las siete de la mañana, cuando todas las manadas turísticas están en la cama, se puede ver al perro que se ríe del mundo, los encerrados clamorosos detrás de unas rejas, el caballero en el que nadie repara pero que vigila gallardamente el puente desde el lado del río. Me tomo como un checo una copa de becherovka en el legendario Café Slavia, miro la pintura de Rilke con su musa verde de culo y rostro deliciosos, que le insufla la pasión órfica . Si uno baja a la isla de Kampa se ven unos panoramas increíbles del puente, que llena con sus pilares hinchados y sus reflejos en el río, se ven los niños enormes que esculpió David Cerny, hasta puede uno echarle un vistazo al mural de John Lennon celebrando la paz y al pub John Lennon con su jardín romántico. Pero yo quiero localizar la casa donde Wladimir Holan escribió “Una noche con Hamlet”, a la que acudió un día una enamorada Clara Janés que lo tradujo al español , me señalan una casa que no tiene ni maldita placa recordándolo, entonces recuerdo aquel poema de Holan en que llega el fin del mundo pero una viejecita pide que le dejen terminar de preparar su sopa, que está llegando a su punto.

En Dresde parece que hacen bulla los xenófobos, así me lo recordarán unas viejas intelectuales que conocí el Café de los Escritores de Berlín. Por suerte no los he visto y me pasmo ante la belleza inconcebible del Zwinger, no se puede imaginar algo más sublime, uno piensa en el refinamiento de la corte de Sajonia, a cuyo rey Augusto el Fuerte recordó Rilke en las “Elegías”, que dio lugar a la porcelana de Sajonia cuyo nombre me fascinaba en mi infancia. Uno se pasea al anochecer por las balaustradas altas del Zwinger hacia los pabellones verdosos que sujetan los atlantes maravillados de Permoser , ve moverse las esculturas fantásticas en mitad del tiempo, siente miedo de que tanta belleza sea posible, de que a uno lo vayan a arrancar de este mundo, de que tanta intensidad instantánea traiga alguna desgracia. Por la noche damos vueltas por la ciudad nueva llena de locales bohemios y oscuros, tomamos un vino en el café Raskolnikov recordando que Dostoyevski pasó unos años con su pasión en Dresde, por los mismos años en que la habitaba Richard Wagner.

Al final del periplo tortuoso llegamos a Berlín. El centro está lleno de andamios, grúas, tinglados, uno no se entera de lo que es Bajo los Tilos, la Puerta de Brandenburgo hay que verla de lejos, Alexander Platz por mucho que la recreara Alfred Döblin es de una fealdad espantosa. Pero vemos el callejón del Pollo Muerto con su pollo flotando y la chica triste que dice en la pared :”Él se ha ido y yo sigo todavía aquí”. Paseamos por la Vieja Galería Nacional donde los personajes de Caspar David Friedrich sienten su arrebato misterioso bajo la luna, frente al mar, entre las ruinas góticas. En la Plaza Postdam vemos bailar a un hada debajo de un hongo blanco enorme al lado de un gigantesco cuchillo de cristal. En nuestra calle Fasaner Strasse asistimos a las obras en que Kathe Kollwitz siente con apasionado desgarramiento los sufrimientos de los miserables y los niños , su Torre de Madres protegiendo niños, su Piedad en que el Cristo metido en las entrañas de su madre es más hondo que la Piedad de Miguel Ángel. Tomamos vinos en la hermosa Casa de los Escritores. Miramos desde todos los puntos la Iglesia Rota que es el símbolo vivo de todas las tragedias y todos los resurgimientos, que está mucho más sugerente así rota que entera. Ponemos el culo donde lo puso Greta Garbo porque vivimos en el Hotel Funck , que fue la casa exquisita de su amiga Asta Nielsen. Y en la última noche nos tomamos una copa superlativa de vino del Mosela en el café “Los dos elfos” en la plaza Savigny que es la esencia del viejo Berlín de la bohemia y el arte.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

FOTO: CONSUELO DE ARCO

 

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Antonio Costa Gomez

Escritor y poeta español, Antonio Costa Gómez es, además, filólogo e historiador del arte.

Es conocido por sus novelas históricas, siendo considerado para el Premio Planeta por su novela Las Campanas.

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