“El fin de la poesía”



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“El fin de la poesía”
Mario Álvarez Porro

 Aún hoy no se ha llegado a un consenso y se continúa a vueltas con la posmodernidad, con su definición y su delimitación, tal vez, a causa de la falta de perspectiva histórica incluso cuando, seguramente, ya ha sido desbordada o rebasada, según se quiera, temporal y sustancialmente, hallándonos desde hace ya tiempo inmersos en lo que Marc Augé denominó sobremodernidad.

Sobremodernidad, o, en otras palabras, aceleración de los factores constitutivos de la posmodernidad, tales como el relativismo extremo y la inconsistencia de fundamentos en pro de lo intrascente y lo material; aceleración favorecida por la tecnolatría inherente a las llamadas sociedades de la información surgidas a finales del siglo XX y que, a principios del siglo XXI, se puso de manifiesto por medio de las llamadas redes sociales; todo ello, asentado en el relativismo capitalista de las democracias liberales de Occidente que propiciaron la deslocalización y homogeneización de componentes, entendiendo por componente cualquier elemento susceptible de lucro, así como la disponibilidad e inmediatez de su consumo, lo que se dio a llamar globalización.

La poesía en sobremodernidad tampoco ha escapado a esa relativización e inconsistencia,  víctima también de ese proceso de aceleración, de exceso. Prueba de ello, son la multiplicidad de intentos que pugnan por distinguirse en un intento de sublimar su propia mediocridad delimitando lo exclusivamente poético con triviales denominaciones, quedando plasmadas en las numerosas antologías aparecidas en estos últimos diecisiete años.

En este principio de siglo, la poesía abarca un amplio abanico de corrientes dispersas y prematuras tentativas en las que escasean la profundidad y el rigor poético, quedando patente en la insuficiencia de poéticas hondas y denodadas que se expongan a un verdadero riesgo al enfrentarse con la tensión del lenguaje poético. Sin embargo, abunda en ellas una cómoda y desmedida topicalización y ritualización de fórmulas ya consabidas de corte realista o una vana experimentación carente de originalidad con visos neosurrealistas, quedando reducidas a un mero sucedáneo por medio de la tecnología al confundir la facilidad y el acceso inmediato con el conocimiento o la creación cultural, favoreciendo de este modo la homogeneización y vulgarización poéticas bajo la excusa o la coartada de su democratización, alcanzando su máxima expresión en la mercantilización de recopilaciones de tweets o seudocanciones por parte de algunos grandes sellos editoriales bajo la apariencia de poesía.

Como consecuencia de la pobreza de poéticas significativas y el triunfo del denominado “pensamiento único”, auspiciado por una especie de neoliberalismo poético, faltan verdaderos proyectos de literatura y vida; frente a ello, sólo hay un mero figurar… y tanta apariencia. No es de extrañar entonces que muchos lleguen a  considerar a la poesía como un simple género de ficción. Y así, si no ha llegado aún “el fin de la historia”, como predijo Francis Fukuyuma, si que parece al menos, a la espera de algún raro Pegaso, el fin de la poesía.

 

 

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