Igor Mitoraj, La sensualidad metafísica



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Igor Mitoraj, La sensualidad metafísica

      Son fragmentos de paz increíble, trozos de pensamientos dormidos, retazos de vivencias más allá de la Historia. Son labios inmensos de una sensualidad desbordada, ojos cerrados que están más allá de las anécdotas, rostros cortados que han escapado del tiempo. Son jirones de calmas inauditas, son narices que captan la inmensidad del olvido, son rostros acostados que quieren dormir y descansar en sus raíces. Son los sueños más allá del tiempo, como diría María Zambrano.

     Un torso desnudo y tranquilo con una boca callada sobrevive más allá de los ruidos y la furia. Otro mira a lo alto con una nariz enorme y unos labios que lo contienen todo. Otro se tiende inclinado con las mejillas tersas latiendo en silencio más allá de la prisa. Otros se recortan contra el infinito, con sus trozos de alas, siendo puras siluetas, signos de todo lo que se ha perdido, borradores de nostalgia. Otro es un puro dormir, un tenderse de lado, como para descansar de todos nuestros agobios y de nuestras retóricas. No quieren saber de nuestro estrés y de nuestra precipitación. Son seres que viven persistentes en su calma apasionada.

     Igor Mitoraj era polaco, estudió Bellas Artes en Cracovia y luego se instaló en París. En Méjico se pasó de la pintura a la escultura. En 1979 se instaló en Carrara y empezó a utilizar el mármol como los grandes del Renacimiento. En 1994 coloca su escultura “El Centauro” en Pietrasanta, Italia. En 2008 provoca discusiones al poner una figura sonámbula delante de la Villa d´Este en Tívoli. Murió en París en el otoño de 2014.

     Alguno es un rostro enorme delante de un edificio, un recordatorio de los mitos guardados, un caudal de clasicismo romántico, una puerta de salida hacia lo inmenso. Sus enormes labios no saben de doctrinas ni de puritanismos. Tampoco conocen rencores. Son como enormes besos dados al aire, pronunciados sobre la vida. La existencia entera puede ser unos labios, unos labios pueden sintetizar todo lo que necesitamos en el mundo.

     Una vez expuso sus obras en Madrid. El paseo del Prado se llenó con sus grandes bustos meditativos y sonámbulos, con sus labios que anulaban el ruido tremendo de los coches en la avenida,  mejor que los árboles enfermos. Una mujer de culo broncíneo e inmaculado sugirió sus glorias delante del Jardín Vertical, colosos charlaban en silencio encima de hierros oxidados, cabezas tranquilas en fila nos miraban pasar como si estuviéramos todos histéricos. Otra escultura soltaba una lágrima que le taladraba toda la mejilla para mostrar un dolor metafísico.

    Hay seres que sonríen levísimamente en apariciones azules. Hay cabezas cortadas que se confunden con las ruinas, con todo lo que queda de otro mundo, con los restos obsesivos de nuestra memoria. Las plenitudes se destruyen pero quedan sus indicios para siempre. Hay estatuas tiradas delante de los grandes templos, porque todo lo grande acaba tirado, y solo cuando se tira nos fascina realmente, porque no se nos impone. Y el estar tirado es la meditación íntima, es el mantenerse en sí mismo, es el esperarnos para siempre. Los que se tienden no se marchan.

     Tal vez esas figuras no quieren nada, quieren que las dejemos en su hondura, que no les coartemos sus labios enormes, que no recortemos sus grandes narices para aspirar el mundo, que no les robemos su calma para sentir apasionadamente el silencio. Tal vez quieren que los dejemos en el mito y no los agobiemos con la Historia. Tal vez les importe un pimiento comprarse la última aplicación del último modelo de móvil.

     Nunca me olvido de él, es uno de los artistas contemporáneos que más me han fascinado. Y todos aprenderían mucho si lo miraran con atención. Este mundo ruidoso y apresurado tiene mucho que aprender de sus obras. Ojalá hubiera una en cada rincón de nuestras ciudades estridentes que ya no quieren escuchar sus sueños. Ojalá mucha gente dejara por un momento su borrachera o barbarie  tecnológica y se acercara a sus piedras seductoras, a su meditativa sensualidad. Ojalá todos aprendieran de mirarlo la sensualidad metafísica de la piel. Él nos devuelve la carnalidad metafísica, la suavidad apasionada de la piel, en un mundo donde todo se vuelve abstracto y árido, donde todo se hace aséptico y despellejado en las pantallas de los ordenadores.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

 

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Antonio Costa Gomez

Escritor y poeta español, Antonio Costa Gómez es, además, filólogo e historiador del arte.

Es conocido por sus novelas históricas, siendo considerado para el Premio Planeta por su novela Las Campanas.

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