Inma Pelegrín



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Puse mis pies en la tierra el mismo año en que el hombre puso los suyos en la luna. Lo hice en Lorca y aunque no me preguntaron para ello, si lo foto paco vera_448x336hubiesen hecho habría dicho que sí.

           Trabajo de lunes a viernes y de ocho a tres contando microbios, algunas tardes como consejera en mi consulta de psicología y, según se tercie el fin de semana, en la Casa Colorada, una casa de turismo rural de la que aprovecho para hacer publicidad.

            Entre medias veo crecer a tres niños y a tres perros quienes, milagrosamente, comen casi todos los días y consiguen ser estupendos a pesar de mis cuidados.

       De vez en cuando viajo para comprobar que soy la misma aquí que allí.

       Aprovecho los semáforos en rojo y los atascos para juntar palabras y, gracias a esta costumbre hay un par de libros que tienen mi nombre en su cubierta:

Óxido de la editorial Pre-textos y Cuestión de horas de la editorial la Isla de Siltolá, a ellos les dieron el premio Internacional Gerardo Diego 2008 y el premio Iberoamericano Juan Ramón Jiménez 2012, respectivamente

       Escribo poemas porque son cortos y siempre tengo prisa.

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09:00

No pedí la galleta

que, una mañana más,

junto al azucarillo y la cuchara
se ofrece, tentadora, desde el plato.

Una galleta envuelta en un papel,
que narra sus virtudes

y permite entrever una promesa.

Mis dedos la acarician pensativos,
acaso pretendiendo calcular
la cifra decisiva

entre su invitación y mi deseo.

Vienen a mi memoria tantas otras

que dejé sin abrir junto a la taza.

Aquellas que, quizá por prisa o cobardía,
retiró el camarero ante mis ojos.

Hoy sospecho que fueron las más dulces.

 

Cuestión de horas

(Ed. La Isla de Siltolá)

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COLECCIÓN DE INSECTOS

Irisados y fijos, los insectos,
ocupan su lugar en el muestrario.
Por razón de familia o de la especie
aceptan una celda en el tablero,
un alfiler brillante entre las alas
y un término en latín incomprensible.

Ni muertos ni mortales.
Se sienten preservados.
Con sus cuerpos de tul,
únicamente absortos en sus introspecciones,
esperan la señal con la que alzar el vuelo.

Mirándolos de cerca se diría
que en su pasividad
hay algo indecoroso.

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CRACK

El vaso resbaló.
Quebró con su estallido
una conversación irrelevante
llenando de pedazos de cristal,
de ruido y de reproches la cocina.

Con el firme propósito
de eliminar los restos del naufragio,
meticulosamente,
barrimos y fregamos las baldosas.

A pesar de que es mucho
el tiempo transcurrido, desde entonces,
todavía me asombran las esquirlas
que, hirientes, en las suelas aparecen.

Acechan, contumaces, nuestros pies
ocultas bajo el zócalo.
Entre tanto, el rencor afila sus aristas.

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MATERIAL DE DERRIBO

La casa se deshace
bajo el peso del tiempo
y ya no queda nada – o casi nada –
salvable en su interior.
Unas cajas, tan sólo,
con trastos que indultar del cataclismo.

Una de ellas contiene unas muñecas
vestidas de una moda incomprensible
como si, con las prisas,
se pusieran la ropa equivocada.

Su dueña las dispuso para el viaje
de forma cuidadosa.
Ordenadas y juntas, de este modo,
se les ve asustadizas, obedientes

Despeinadas y sucias en sus rostros
tienen unas sonrisas que no entiendo.

 

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PRIMERA ENSEÑANZA

El globo se dirige,
en su ascenso imparable,
camino al firmamento.
Como si adivinara el recorrido
se balancea, toma
recodos transparentes en el aire.

Arrastra tras de sí
la cuerda que lo uncía,
se aleja y disminuye
hasta hacerse invisible.

Su determinación no entiende de nostalgias.
En la esencia del helio sólo hay libertad.

Atrás quedó la feria con un niño
que, al volver la cabeza, recibió
de su mano vacía,
la primera enseñanza.

 

23:00

Los dedos de los pies son un lugar privado.

Por razones geográficas e históricas
les encanta pasar indadvertidos.

Reticentes, por norma,
al exhibicionismo y la inmodestia
que hay en las sandalias,
prefieren el amparo
que brindan los botines, alpargatas y zuecos.

 

La intimidad oscura en donde tejen
sus claras intenciones.
Allí dentro la vida, si se sabe llevar,
es un asunto simple.

 

Se trata de tener

un lugar donde ir o, en su defecto,

conocer un lugar para quedarse.

Se trata de esquivar los pisotones,
de mantener el ritmo en los desfiles,
en la pista de baile,
o al golpear el suelo debajo de la mesa.

Se trata de cargar el peso sin quejarse,

de aprovechar el sitio disponible,

de aceptar el rigor del contrafuerte.

Se trata, a fin de cuentas,

de esperar a que acabe la jornada
para dormir descalzos

mejor sumando veinte, si es posible.

 

Minúsculos bastones de zahorí.

 

Dejarse conducir por ellos

es abrirse camino en uno mismo.

 

De Cuestión de horas

(Ed. La Isla de Siltolá)

 

Fotografía Author: RobMo

Con cesión de derechos de autor

 

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