Jorge Cuesta: suicidio, castración y alquimia de un poeta



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Cuesta jugaba a ser dios por sobre su sensación de alienación, de impotencia, de incomprensión ante la vida. Deseaba transformar la materia, aún la de su propio cuerpo.

Tanto personajes ficticios como artistas han tenido la fama de haberse dejado seducir por el torbellino de la locura. En ocasiones, llegamos a conocer la vorágine de sus pasiones; en otras, sólo comprendimos maniaca evasión  a través del silencio; y en todas, nos dimos el lujo de deslumbrarnos por el legado y la muerte de cada uno.

Por el otro lado, como mortales tendemos a encontrar cierta fascinación morbosa, mezclada con miedo, por la muerte y por el  suicidio. Psicólogos, filósofos o antropólogos nos permiten inundarnos con preguntas e indagaciones acerca lo que implica: una conclusión, un pasaje a otra vida, la sobrevivencia, el erotismo, la inquietud, el pecado. Y como Chryso Cálix curiosea en su artículo Unas ideas sobre el suicidio, nosotros también nos llegamos a preguntar esas sensaciones:

0 REs legítimo preguntarse, ¿para qué se requiere mayor valentía: si para encarar el día a día de la vida y sus reveses o para enfrentarse al sufrimiento de la herida fatal, del veneno, de la caída o de la asfixia… y de la velada negrura de lo que viene después? ¿Por qué será que algunas de las mentes más brillantes y lúcidas de la historia han decidido tomar esta decisión? En México, Manuel Acuña (1849-1873) y Pedro Armendáriz (1912-1963); en el mundo, Sigmund Freud (1856-1939) (asistido por un doctor), Vincent Van Gogh (1853-1890), Césare Pavese (1908-1950), Alfonsina Storni (1892-1938), Alan Turing (1912-1954), Virginia Woolf (1882-1941).

Podríamos seguir con la lista, donde la frustración de la oscuridad suicida se postró en sus vidas agresivas y trastornadas (clínicamente hablando). A pesar que, en algunas culturas antiguas, el suicidio (del latín sui, “de sí mismo”, y caedere, “matar”) se entendía como la única forma honorable de encarar la deshonra o de poner remedio a lo irremediable, o de que el suicidio era la pregunta digna en la filosofía existencial de Camus, en la actualidad se le  estigmatiza como la completa agonía de una realidad alterna, llamada delirio o esquizofrenia; la total desconfianza en sí mismos y en los demás, causada por las exigencias sociales, morales, religiosas, políticas, entre otras; algún desbalance químico en el exceso o ausencia de neurotransmisores; la agresión hacia sí mismos por la incapacidad de encarar y superar las tragedias personales; la sensación de una existencia decepcionante, insufrible, dolorosa e innecesaria. Y curiosamente, todos estos factores fueron reencarnados en el poeta Jorge Cuesta (1903-1942).

¿Quién fue Jorge Cuesta?

Investigador químico de profesión y sonetista lúgubre de vocación, Jorge Cuesta nació en los brazos de una pareja francomexicana. Su padre, apasionado por la ciencia y el régimen porfiriano, era un agricultor de caña, café y naranja; su madre, por el otro lado, era abnegada y silenciosa ante los golpes de su marido. Al año de nacer, Jorge Cuesta sufrió una caída que resultó en una operación y un párpado caído. Desde entonces, padeció ataques de migraña y “dolores de hipófisis”, según Guadalupe Marín.

Después de concluir sus estudios en la Facultad de Ciencias Químicas en la ciudad de México, en 1925, decidió dejarse llevar por la vida bohemia de los Contemporáneos mexicanos, quienes eran influidos por los artistas europeos del momento.  Viajó a Europa para empaparse de los escritores más prodigiosos de la época,  como André Bréton y André Gide, en México tuvo entre amigos e influencias  Salvador Diaz Mirón, Agustín Lazo, Carlos Pellicer, entre otros.

Cuesta enlazó su profesión con su vocación: participaba en el medio literario y periodístico, y a la vez trabajaba en la Sociedad de Nacional de Azúcar y Alcoholes. Justo en esta época, adoptó cierta crudeza en sus sonetos: vida, suicidio, locura, vejez, ansiedad, muerte y quizás hasta una veta de alquimia: en su mundo de sustancias misteriosas, realizaba experimentos estrafalarios que él mismo ingería. Entre ellos, un polvo que convertía el agua en vino, el complejo vitamínico de la marihuana, una panacea con la base de la ergotina (la misma sustancia que llevó a Hoffman a sintetizar el LSD). Incluso, en una ocasión en que ingirió uno de sus experimentos, llegó a un estado de catalepsia momentánea.

Entre su creación literaria y química, Cuesta era su propio dios en contraste con su sensación de alienación, de impotencia, de incomprensión ante la vida. Deseaba manipular, incluyendo la materia de su propio cuerpo, a través del entendimiento y de la dominación. Fue entonces que el poeta perdió el control ante su afán de reinvención humana y rigurosa racionalidad: debido a una crisis de hemorroides, llegó al punto de imaginarse que estaba cambiando de sexo y castrarse. A diferencia de la opinión psiquiátrica, él reprochaba la poca imaginación médica acerca de su transformación anatómica: se trataba realmente de la reacción química a las sustancias enzimáticas que había estado ingiriendo. Un paso quizás al mítico andrógino de la alquimia que ha eliminado la dualidad.

La escritora Alejandra Arteaga explica que: “Sus episodios de locura comenzaron a incrementarse, de laceraciones a recaídas, el poeta comenzó a perder la fuerza para controlarse y emprendió un viaje breve pero intenso en hospitales.”

Finalmente, en 1942, Jorge Cuesta se colgó con sus propias sábanas en el sanatorio del doctor Rafael Lavista, en Tlalpan. Así murió el autor del Canto a un dios mineral, poema que fue publicado dos meses después de su deceso:

El aire tenso y musical espera;
y eleva y fija la  creciente esfera,
sonora, una mañana:
la forman ondas que juntó un sonido,
como en la flor y enjambre del oído
misteriosa campana.

Ése es el fruto que del tiempo es dueño;
en él la entraña su pavor, su sueño
y su labor termina.
El sabio que destila la tiniebla
es el propio sentido que otros puebla
y el futuro domina.

En fin, tomarse la vida, en algunos casos, puede considerarse como algo heroico y honrable. Como quizá fue el caso de Jorge Cuesta: el poeta castrado quien decidió cederle el camino a sus demonios mentales; el hombre químico cuyas fórmulas y concepciones mágicas lo obligaron a vivir en los vórtices de otra realidad.

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