La Brisa Entre los Fresnos



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Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
(Miguel Hernández. Elegía).

LA BRISA ENTRE LOS FRESNOS

IV SAN CRISTÓBAL DE LA VEGA: Entre lo efímero y lo eterno.

Qué júbilo cuando veía llegar a mi amigo a la era, ya emperifollado, para echarme una mano, montar en bici y volar a una fiesta.

Qué entusiasmo montar en bici, competir con el amigo y pedalear deprisa “hasta que no se nos vean los pies” para llegar raudos a la fiesta de un pueblo.

Qué algarabía la música de la orquesta, el humo asfixiante de los bares, el aire fresco del baile, el silencio atronador del descanso y la velada perezosa.

Qué regocijo en el baile, qué voces en la plaza, qué miradas de las chicas, ¡qué estampa la de las madres sentadas vigilando a sus “retoñas!.

Qué secretos de aprendiz de mozo, susurrábamos entre amigos, en los aledaños del baile. Confidencias de adolescente. Entonces lo sabíamos todo.

Mi amigo tenía mirada pícara, gesto decidido, ademán desenfadado y aire de muchacho bonachón. Generoso y vivaracho, se hacía perdonar cualquier locura, hasta la afrenta de “ser madrileño” en un pueblo castellano. Tenía, como su padre, pintada en el rostro la sonrisa y era de carcajada fácil y franca.

Confidentes en la adolescencia, etapa que la naturaleza destina a descubrir el mundo y a luchar contra él, logramos ser leales a nuestra amistad y conmovernos por las mismas cosas. Mi amigo no necesitaba accesorios: llevaba dentro de sí, la causa por la que se hacía querer.

Cierto día se presentó con una moto en la era. La adolescencia empujaba con fuerza hacia la madurez. Con una moto, que te acerca a pueblos y gentes, se madura antes. No tardó en conocer a la primera mujer que perdió la cabeza por él y le hizo ir entrando en sazón. Su espíritu se volvió más calmo, una extraña paz anegaba su frente y le envolvía un aura suave, como de brisa que mece los fresnos en el soto. Esto, precisamente, significa el nombre de su enamorada.

Se muere poco a poco, cada rato. Todo el tiempo pasado pertenece ya a la muerte (1) . Pero él se bebió el resto de su vida de un solo trago. Se fue. Nos dejó aquí muriendo de a poco. El tiempo huyó de él de golpe. Se murió todo de una vez.

“La que extingue las dulzuras y aniquila los reinos, la que separa a los amigos” (2), vino a llevárselo a la otra orilla del río del dolor, del terrible Aqueronte (3).

Todos los amigos quieren en común a ciertas personas. La muerte de uno de ellos, implica que esas personas y los amigos que se quedan, son queridos menos. Irremediablemente quedan todos heridos de ausencia.

El olvido terminará con las cosas que los amigos querían en común, aquellas que empujaban sus ánimos. Cuando la indiferencia las alcance, ya no existirán para nadie. Por eso se vuelven oscuras las cosas que conmovían (mover con) a los amigos, y que dejan de impulsar a uno, porque se fue.

El río del dolor, el terrible Aqueronte, pone una frontera entre el que se murió entero y los que nos vamos muriendo de a poco.

El ausente se lleva a la otra ribera todo el amor que arrancó a las personas que se quedan. Aquella causa que el amigo tenía dentro de sí, por la que se hacía querer, se fue con él. Pero es la misma causa la que sigue impulsando a quererle igual (o más) que cuando partió (4) .

El amor que despertó el ausente, sigue intacto en esta orilla y a la vez sigue adherido a él, que está en la otra.

Así, pues, solo hay un amor: el de los vivos y el de los muertos. Insondable misterio es que no existen riberas para el afecto a quienes se fueron. El que se va, se lleva todo el amor que conquistó y el que se queda continúa con el mismo afecto que el otro se lleva. Hasta que se vaya también. Cuando marche quedará unido, a su vez, a quienes le amaron aquí, formando una interminable cadena alhajada de afecto, que une a los que se quieren a uno y otro lado del Aqueronte y que cruza su cauce y acaso, ya gigante, ciegue su álveo.

El júbilo, el contento, el entusiasmo, la algarabía, el regocijo y los secretos de nuestra adolescencia, están en ese lugar dónde el hoy es el ayer, el aún y el todavía (5): suspendidos en la alhajada cadena humana que une las dos riberas del Aqueronte. Allí sigue tu risa franca, nuestros secretos de cachorro humano y tu carácter bonachón.

Querido amigo, la ribera dónde te encuentras, no tardará en ser mi ribera y será inútil ya la cadena que une los afectos. Parece que oigo tus carcajadas cuando compruebes divertido que te fuiste sabio, porque la juventud lo sabe todo, te libraste de la madurez que duda de todo y la vejez todo lo ignora.

Mientras en las dos riberas del Aqueronte, a veces un céfiro suave acaricia las hojas de los fresnos, allá en el soto y nos envuelve en su aura.

Hasta pronto amigo.

1 Séneca.
2 Las Mil y Una Noches, extracto del párrafo final
3 Río mítico que separaba el reino de los muertos.
4 No en vano etimológicamente “cariño” deriva de cariñar, carecer.
5 Borges.

P.D. “Elegía” de Miguel Hernández.

Según el propio autor, este poema es el culmen de su obra. Es el homenaje a Ramón Sijé, al que le unía una amistad que estaba muy por encima de las ideas políticas antagónicas de ambos y que resultaron fatales para Miguel.

Enlaces de dos interpretaciones magníficas, antológicas. Merecen ser guardadas. La habitual de D. Manuel López Castilleja y la interpretación de Jorge “Chacho” Marzetti que tiene un pequeño error, que sirve para analizar el concepto que tenía Miguel Hernández de la amistad: cuando dice: “se me ha muerto… Ramón Sijé, A quien tanto quería”, debió de decir el declamador lo que el poeta escribió: “se me ha muerto … Ramón Sijé, con quien tanto quería”. Miguel, el pastor de cabras, concebía lúcidamente la amistad como un “querer juntos”, “conmoverse por las mismas cosas”, al igual que Cicerón y otros clásicos, cuyos libros, prestados por el cura de Orihuela, devoraba.

Foto: Cristo Velato Detalle

Declamación de D. Manuel López Castilleja
http://www.ivoox.com/miguel-hernandez-elegia-audios-mp3_rf_227926_1.html

Declamación de Jorge “Chacho” Marzetti
http://www.ivoox.com/elegia-miguel-hernandez-audios-mp3_rf_3679927_1.html

Más archivos de Jorge “Chacho” Marzetti.
http://www.ivoox.com/jorge-chacho-marzetti_sb.html?sb=jorge+chacho

Jose Luis Escobar

José Luis Escobar, abogado segoviano radicado en Alicante, en su obra “La hija del Tiempo”, Ediciones Andante, ha urdido una trama de intriga para ponerla al servicio de una causa superior: la de reivindicar el pensamiento clásico griego como instrumento perfectamente actualizable para la forja de mentes despiertas y hombres y mujeres libres. “Existimos en la medida que movilizamos el pensamiento” y este bien inalienable del ser humano, su capacidad de discernir, encuentra en el legado clásico unas bases de entendimiento, un troquel psicológico que aísla al individuo de la confusión, la burla, el engaño, y lo acerca a la Verdad.

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