La flor de la vida: Elogio de la geometría sagrada



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Hay veces, en las que se presenta un libro de poesía, y lejos de simplicidades, se nos muestra la vida del Universo y sus correspondencias con la Naturaleza con una dialéctica que procede transportar al lector a otros escenarios más universales mediante la indagación, rompiendo, así, la frase hecha que dice que «escribir poesía es fácil», hasta descubrir la línea de la vida y los ángulos de la muerte. Así, presentamos el último libro del valenciano Heberto de Sysmo, el alter ego del polifacético José Antonio Olmedo López-Amor, sacado a la luz en abril de 2016 por la editorial Lastura, que lleva por título La flor de la vida: Elogio de la geometría sagrada.

Se trata de un libro maduro, después de Luces de Antimonio. Antología poética, escrito junto a Okoriades Varacri (2011), El testamento de la rosa (2014) y La soledad encendida, junto a Gregorio Muelas (2015).

Desde el propio título del libro, símbolo místico y de sabiduría, nos conduce al tratamiento singular del origen, pero también al descubrimiento de que cuando el existir nos lleva por una curva imposible hasta su inexorable fin, también de ese consumarse puede nacer otra vida, acaso otra obra; una obra maestra que persigue la esencia. He aquí un ejemplo:

Todos somos cilindros en la oscuridad,
esperando el resplandor del conocimiento,
suspendidos en una  ignorancia
en una mentira citerior
que, devónica, corroe a nuestra razón.

La flor de la vida cumple con el grado máximo de la belleza autónoma, esa belleza que bebe de otras fuentes y es capaz de mostrarnos, en una vez, una cadena de distintas concepciones de poesía, una poética acrisolada que permite reconocer la escritura más infrecuente del auténtico poeta. De ahí la necesidad de que la voz de Heberto de Sysmo tenga que ir deslizándose por distintos cauces expresivos, siete en total. Cada uno contiene siete poemas, salvo el central, expresamente humano. En ellos su voz, personalísima, transpira la de otras voces, pero su respiración es auténtica, lanzada y decidida, lleva a su favor la pulcritud formal, contra las ramblas trilladas del isosilabismo. El sujeto poético, en su atrevimiento, plantea adentrarse en la oscuridad del conocimiento mediante la luz que allana el intelecto, siempre desde el cuestionamiento («La Verdad es un reflejo de sí misma»; y más adelante: «Abro mi mano y extiendo su palma, / la enfrento a la cúpula del mundo»).

Estas filigranas de ingenio son precedentes de la tradición y, al mismo tiempo de la modernidad. Recuerdan a Borges, pero también a Quevedo, a Cirlot, tanto a Paul Valéry como a Brines, a Valente como a John Donne, pero también Miguel Hernández, Carlos Marzal y una summa selecta de poetas de un auténtico conocedor de la mejor poesía escrita. Suma de emoción y de intelecto, de las experiencias ocultas y de las más cotidianas, en busca de una respuesta verdadera a la luz de la sentimentalidad de nuestros días. Desde esas miradas el autor valenciano nos ofrece perspectivas imprevistas de la realidad y de varios conceptos desmentidos (felicidad, los contrarios, la circularidad, lugar de la belleza, la creación, la ciencia…), revelaciones en claroscuro, centellas de emoción que se resisten a los códigos al uso.

En el discurso poético de Heberto de Sysmo el sujeto del decir antes de tomar la palabra, decide, antes de la génesis de la vida, tomar la palabra, cederla a la imaginación con las pretensiones de fundar el mundo a través de un «viaje a la belleza», fecundar una lengua, de la que sea a imagen y semejanza de la realidad («Es arriesgar, el principio / de la geometría del desastre, se lee al comienzo»), aun a riesgo de no ser «los mismos».  Antes de la palabra, el instante, como se observa en el último poema del libro: «soy testigo de la fantástica caída / de un copo de nieve que desciende lentamente». Así, consigue el poeta arrancarnos, alejarnos de lo falso, de los bulos científicos y de la rumorología («Si observas las estrellas te conmueves/ por tanta maravilla suspendida») y hacernos reparar en lo importante siguiendo su consejo («separa el éxito /tan sólo del fracaso»). En el conocimiento personal causa el dolor lo que, como bien nos explica Acebes en el poema «Llave astrológica», «lo que nos resta es cambiar de perspectiva».

En este libro no sólo forma una parte importante la poesía, sino también la filosofía o la metafísica. Una obra conformada por versos y glosas, compuestas por David Acebes e ilustraciones, de Vanesa Torres. La mayoría de los poemas son de extensión breve, predominando los poemas de entre doce y catorce versos; los más extensos figuran en la primera parte, y funcionan como introducción y origen de las cañadas posteriores, y en la última, que desempeñan la síntesis.

A Heberto de Sysmo gusta de la filosofía del haiku: congelar el instante y verter al papel, presente, no solamente en la cadena de haikus que se encierran en el cuarto cauce, «Humanas reflexiones», sino también por reproducir a la hora de cerrar el poema con un verso que sintetice el contenido tratado, como puede verse al final del poema «Llave fisiológica»: «Así nacen los miedos y los salmos», o, en elipsis verbal, en el siguiente poema, rematado por el verso «Salina solución de un sentimiento». También puede encontrarse este procedimiento en varios de los finales del cauce «Versos áureos». Otro de los rasgos, que se identifican con el ideario del haiku, es la muerte del yo, en este caso, en aras de la conciencia cósmica. Podría decirse que el autor concede mayor importancia al contenido que a la forma, pero, en realidad, todo está medido y cuidado al detalle: la elección de un léxico preciso, el control sobre el ritmo, como se muestra en el poema «Principio de mentalismo»:

Que la nada es un todo colapsado,
que invisible se enrosca y aglutina
a la espera de la oportunidad certera
que revele sus místicas vivencias;
que la verdad es así, violenta y cierta […]

En resumidas cuentas, el conjunto conforma un mosaico de meditaciones, de acercamientos a la existencia y sus límites, a la creencia y a la falsedad, a los condicionamientos de la ciencia. La unidad del libro se resuelve en la última sección o cauce que nos sirve para reflexionar sobre lo mostrado y, en relación con ello, la tensión producida por la irrupción en lo anómalo de en la vida cotidiana.

Quedarse con este libro de poesía es también una forma de obviar categorías y encasillamientos, el lector de poesía puede abrirse a la poesía, a todo un universo complejo que hay quienes confunden con florilegio. La flor de la vida nos ofrece la oportunidad de cobrar perspectiva de la existencia, sentarnos a disfrutar del impetuoso despliegue de una voz imprescindible en la poesía española contemporánea. Por todo ello, adentrarse en este libro es un verdadero desafío: a ser los mismos desde el conocimiento.

Jesús Cárdenas

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