La psiquiatría


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Tuve ocasión de intercambiar ideas con un conocido catedrático de la facultad de medicina. Quizá su especialidad de oncólogo le daba un planteamiento pragmático a la existencia y, en una de las distendidas charlas, salieron a relucir sus compañeros psiquíatras. «Mire, navegan en un mundo deslizable donde la especulación domina y disfraza el misterio de la mente…». Reconozco que me impactó su contundente afirmación.

Han transcurrido muchos años y, aunque algo más sé del cerebro, solo declaro sin ambages mi buena voluntad de aficionado para continuar culturizándome en tan enigmático y fundamental órgano, residencia oficial de mis yoes. Resulta evidente que el mencionado órgano no se dotó de unos mecanismos reguladores que tienen otras partes del sistema nervioso y provocó accidentes en la función pensante. Cabría decir —según los expertos— que la esquizofrenia y la paranoia fueron alumbradas fisiológicamente en él.

Quiero creer que andamos ansiosos de mirar y que nos miren hondamente a los ojos para acariciarnos el alma con el bálsamo de la comprensión, a pesar del aislamiento al que nos conducen los artefactos tecnológicos actuales. Sin duda, la mayoría de los individuos estamos tarados, hecho que se expresa en orgías de pensamiento emocional, junglas de agresión y violencia, más en un presente alocado por la invasión técnica. Hace poco una señorita asiática que viajaba en un autobús sufrió un ataque de histeria al comprobar que su móvil se había estropeado, siendo grabada su alteración para proyectarla al mundo, poniendo de manifiesto una peligrosa dependencia psicopática.

Seguramente, mi amigo el catedrático seguirá preguntándose las razones por las que todavía hoy los dedicados a la mente no han podido avanzar —a pesar de los muchos logros — al compás de las teorías científicas. Con todo respeto le diría que el cerebro trabaja a golpes incontrolados de ilusiones para sobrevivir en el mundo, igual que las creencias o las increencias no se basan en lo evidente, sino en una enraizada necesidad: es el mundo de las ensoñaciones creadas por un cerebro débil y ansioso de felicidad.

En otra ocasión este tema no habría ocupado mi interés, pero las candentes noticias sobre el famoso psiquíatra sevillano me han hecho pensar. Quizá tenga la necesidad en estas circunstancias tan delicadas de acudir a un compañero psiquíatra, teóricamente más preparado que él al sucumbir —supuestamente— su mente en los oscuros pozos donde la confusión vigila:   en el reino del caos y la nada, complementarios conceptos a los que puede llegar una humanidad llena de contrates, de una cultura basada en la tensión axiomática creada entre polos opuestos: esencia que siempre impregnó nuestra existencia.

Sabemos que hay personas con gran propensión a la pederastia, por ejemplo. Pero no sé hasta qué punto podemos exculparlos porque su cerebro le induzca a ello. Lo cierto es que esas personas cuando salgan de la cárcel tienen una probabilidad muy alta de reincidir, incrustadas sus acciones y recompensas en lo más profundo de su mente.

¿Fallan los procesos químicos alterando los circuitos establecidos que frenan los impulsos genéticos de violencia asociados con la supervivencia, la búsqueda de comida, placer o sexo? ¿O nuestro personal e intransferible proceso educativo careció de un modelo adecuado?

Como aseguran que el cerebro cambia durante toda la vida, incluso en la vejez, en este caso perdiendo conexiones neuronales, espero que mis pérdidas tarden lo suficiente o que su progresión sea tan disimulada que nadie me confunda con una planta que la familia riegue y pode.

Manuel Filpo Cabana

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Manuel Filpo Cabana

Profesor y Escritor

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