Libro Inédito de Jesús Troncoso



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Libro Inédito de Jesús Troncoso

José Cenizo Jiménez

Acaba de editar el Grupo Gallo de Vidrio el poemario “Volver de Terramare” de Jesús Troncoso, poeta y profesor fallecido hace unos años. Un hombre polifacético, noble, buen amigo de los que, como nosotros, lo conocimos.

No haremos una crítica del libro propiamente porque hemos realizado la introducción literaria, que reproducimos más adelante. Damos publicidad de las palabras con que anuncia el libro para su venta en Amazon, palabras que están en la contraportada (enlace: https://www.amazon.es/VOLVER-TERRAMARE-REFLEJOS-ROMA-Nuestro/dp/1653520361):

En este número, el 44, de nuestra colección Algo Nuestro, Gallo de Vidrio tiene el inmenso placer de publicar Volver de Terramare (2001) una obra póstuma de Jesús Troncoso (1950-2015), un miembro muy querido del colectivo. Este libro, además de dar a conocer este excepcional poemario, rescata muchos datos valiosos de su vida y de su obra, gracias a la extraordinaria biografía escrita por su misma familia y a la magnífica introducción literaria del profesor José Cenizo. Su esposa Amelia nos cuenta: “Era un buscador incansable de conocimiento, teoría del arte, pintura y escritura. Se integraba en cualquier aspecto que tocaba…, llegando a ser poeta entre poetas, profesor entre docentes o pintor entre pintores.” José Cenizo señala con gran acierto: “Roma, Amor, expresión de su deseo de fundir ambas cosas, de expresar el amor hacia lo bello y lo culto, hacia la vida y la sensualidad…” Todos sus compañeros hemos querido contribuir a esta publicación con nuestras propias palabras de homenaje, realmente sentidas. Recibe, Jesús, donde estés, un abrazo de todos los que te quisieron y admiraron.

Y aquí nuestro análisis de la trayectoria literaria del mismo:

INTRODUCCIÓN LITERARIA

José Cenizo Jiménez,

Doctor en Filología Hispánica

Como queda reflejado en el recorrido biográfico y artístico, curricular y profesional incluso, que hacen esposa e hijos de Jesús Troncoso en su introducción, nuestro autor tuvo una intensa, variada y apreciable vida artística. En lo que se refiere a la trayectoria literaria, tuvimos oportunidad de estudiarla, junto a la de los demás compañeros de Gallo de Vidrio, grupo cultural en el que estuvimos compartiendo sueños y actividades unos años. Siempre agradeceremos su afecto y su amistad.

            Gracias a su estímulo hicimos primero un artículo y luego una tesina sobre este grupo. Posteriormente, la tesis doctoral, donde ocupaba una parte relevante, que fue publicada en 2002 por la Universidad de Sevilla con el título Poesía sevillana: grupos y tendencias (1969-1980),. A esta obra remitimos al lector y al investigador interesado por Troncoso para profundizar en el análisis de los diversos aspectos de su obra.

            La obra poética de Jesús está recogida en un libro individual, Onírika, de 1982, además de en varias publicaciones colectivas de Gallo de Vidrio (en su colección “Algo Nuestro”) y en diversas antologías en las que se pidió su participación, como Nuevos poetas de Andalucía (1976), Antología breve de poetas andaluces (1982), Poetas andaluces de hoy. Biografía de una torre: La Giralda (1985), Sevilla habla (1989), etc.

            Veamos en primer lugar Onírika, que se publica como número 18 de la colección citada, “Algo Nuestro”. Es “un despertar entre la metáfora y el simbolismo, donde el poeta va crecido a su propio encuen­tro”, según palabras de Rosa Díaz en la solapa. En ésta, Mayte Chicón alude al sueño como medio poderoso para fabricar “locura” y José Matías Gil se refiere a Troncoso como “el espléndido poeta de las mil ensoñaciones”. El mismo autor, en el “Manifiesto” (p. 9), nos dice que “(…) el hombre será hombre / mientras pueda seguir soñando, / y el poeta será poeta / mientras continúe su experi­mento / con palabras que inventaron / para designar seres y cosas”. Cierra el poema esta clara explicación de lo que su libro pretende: “ONIRIKA, arte de soñar / cuando, sin desearlo, / todavía estamos despiertos”.

            En otra solapa, Miguel Ángel Villar destaca dos notas predomi­nantes en la obra: la constante búsqueda de la palabra y la repetición de lo marinero, en un “obsesión de bellísimos resultados”. Esto es patente en poemas como “La carta olvidada” (p. 15), “Cementerio efébiko” (p. 21), “El bajel fantasma” (p. 23), “Eco sin respuesta” (p. 33) o “Pudridero del olvido” (p. 37).

            Ramón Reig califica Onírika como obra de “lenguaje contemporáneo, directo (…), poesía real, en suma, con la mirada bien a ras de tierra, sin perderse en divagaciones siderales”. Así es, en efecto. Troncoso, aunque se entrega alguna vez a la corriente culturalis­ta y sensual (en “La llama de un candil egipcio”, por ejemplo, pp. 13-14, o en “Astarté”, p. 17), escribe sobre la realidad más próxima, con mirada crítica y vigilante, como es habitual en los componentes del colectivo: sobre los porretas y los pasotas del momento (“Y hería sen­tir…”, p. 11), sobre la idolatría rociera y el parque olvidado de Doñana (el hermoso poema “Había un parque en el Sur…”, pp. 25-26), sobre la emigración y el Sur marginado (“Hombres migratorios”, p. 29) o sobre los militares antidemócra­tas, capita­neados tristemente, en aquel febrero del 81, por el teniente coronel Tejero (“Manu militari”, pp. 31 – 32). Abundante crítica social y mirada reflexiva sobre lo modificable del entorno escrita con la suficiente verdad, lirismo y brillan­tez expresiva como para no caer en lo panfletario o insulso (como prueba el poema “El vagabundo de caballos blancos”, pp. 19-20).

            Someramente indiquemos algunos referentes de su obra en general. Destacamos diversos perfiles como su apego al romance (entre variadas formas métricas, tradicionales, clásicas con la suma del versolibrismo), su vertiente crítica y social (amén de otras como la amorosa, un renovado andalucismo…) y el lenguaje rico y variado (desde el coloquialismo al esteticismo).

            De la parte centrada en la estrofa del romance de su obra, observamos que con raigambre andalucista y exquisita formulación, Jesús Troncoso nos ofrece, en la antología Nuba para una aurora andalusí (pp. 87-99), siete romances hermo­sísimos, todos octosilábi­cos y alguno dialogado. En el poema “El romance que despierta” (p. 87) se añora, precisamente, la época dorada del romance, ese tesoro de siglos, y tan español, que algunos miembros del grupo Gallo de Vidrio, sobre todo, nuestro poeta, junto a Amalio García del Moral y José Matías Gil, practicaron con calidad:

                                    Han pasado muchos siglos

que han mudado muchas artes

ya nadie baila ni canta

viejos ni nuevos romances,

herencia de trovadores,

tesorillo de juglares.

(…)

Con la coraza de hierro

sobre mi corazón amante

voy a conquistar fortalezas

hacia los campos de Marte

para encontrar a los héroes

de los antiguos romances

y poder soñar con ellos

con la ilusión por delante.

              Como prueba de esta tarea en favor del uso del romance en la poesía de la época, Troncoso canta, en esa misma estrofa, a Ronda, su patria chica, en un sonoro poema de alto vuelo (“Ronda, Ronda, Ronda, / tu nombre me sabe a romance, / alta ciudad de mi infancia / deja que mi voz te alcance / (…)” (pp. 89 – 90), a Hischam, a la morilla aguadora, al ciervo enamora­do, a los compañeros del grupo (“El gallo de Itimad”, p. 97) y al padre de la patria andaluza, Blas Infante. Por último, en un romance donde mezcla la ingenuidad juguetona y el grito social, nos cuenta una hermosa historia en “El gallo de Itimad” (Nuba para una aurora andalusí, p. 97), con referencias directas a los lugares donde el grupo se reunía:

                                    Itimad tiene un capricho

que Al-Motamid le dará,

quiere un gallito de vidrio

con el que poder jugar

y que al alba le despierte

con su canto de cristal.

El rey está preocupado

no sabe si lo hallará,

alguaciles por Sevilla

han mandado pesquisar,

que si tal gallo encontrasen

gran recompensa dará.

La ciudad ya han recorrido

sin nada averiguar,

sólo queda San Lorenzo,

sólo un barrio por mirar,

corriendo les llega un hombre

vestido de cardenal,

un hombre que dice ser

un almuecín del Palmar,

que en una azotea de Redes

un gallo ha visto saltar,

que tiene plumas de vidrio

y una cresta de coral,

al amanecer les dice

es cuando suele cantar,

y a toda la calle despierta

¡su canto de libertad!

            La faceta social o de denuncia que queremos destacar se muestra en la protesta severa contra el militarismo dictatorial -en varios poemas de Onírika-, la destrucción de la naturaleza -en el poema “Había un parque en el sur”-, el pasotismo de la juventud de finales de los setenta, etc. A veces no denuncia una situación general y duradera, sino un hecho puntual, como en “Manu Militari”, donde alude al fallido intento de golpe de Estado de febrero de 1981.

            Como ejemplo de preocupación por lo colectivo, veamos “Había un parque en el Sur…”, modelo de poesía de crítica social y amor a la naturaleza: “Las dunas se hicieron fijas / consintiendo que arbustos salinos / penetrasen su profundidad de arena, / porque no querían huir / de aquel edén junto al océano / donde pasaban cada año / las aves migratorias / renovando un acuerdo de paz. / (…) Un día llegó el hombre arrasando / y el miedo se propagó / entre los brazos plenos de savia, / que amorosos se enlazaban / acariciando los trinos / de mil siringes diferentes. / (…) El hombre seguía avanzando / y el Parque comenzó a suicidarse / obligado por un futuro / de desérticas esperanzas. / Había un parque en el Sur…”.

            Por último, como decíamos, hay en la lírica de este poeta gran variedad de registros estilísticos y lingüísticos. La sencillez se aúna a versos de impulso experime­ntalista como los siguientes (“Ahogado por el exilio”, Onírika, p. 39):

                                    Tu cuerpo, tus ojos, los dedos…

-como juguete

al que se le acaba la cuerda-

dejaron de moverse

bajo la superficie.

 

Toda la presión

de mil vidas potenciales,

aplastaron tu ser

hacia el

F

O

N

D

O

convirtiéndote de repente

en un fósil humano,

una momia con su vendaje

de pellejo que ríe a veces

que llora a veces,

con un vientre hinchado de agua

dulce

al que asquea la verdad oficial

y las ciudades prefabricadas.

Sí                      POETA,

deja ya de cantar

porque tu voz ha sido ahogada

en el sssssssssssssssssssssssss

sssssssssssssssssssssilencio.

            Queremos cerrar esta parte de comentario de la trayectoria de Jesús, antes de analizar la obra que publica en esta edición Gallo de Vidrio,  con estos versos del poema “Aquellos años maravillo­sos”, que traerán, pasados ya tantos años, muchos recuerdos a los miembros del grupo y a los lectores que sean de la misma generación:  “El el parque cercano al Instituto / donde perdimos tantas clases instructivas, / por estar juntos en un banco de cerámica / por correr entre flores y estatuas / por subir y bajar el caracol del gurugú / por beber agua y fumar a medias un cigarro, / nos debemos la carrera de la vida / que no se aprende en Aulas / por boca de severos Licenciados. / A todos la vida nos marcó un camino diferente / y hoy me he puesto a recordar, / todavía jugamos en jardines subconscientes (…)”.

            A continuación ofrecemos un análisis de la obra que nos convoca, gracias a la generosidad de la familia del autor, salvándola así de los cajones del olvido y llevándola al lugar al que quería destinarla el poeta. La muerte se lo impidió y ahora Gallo de Vidrio, toma el relevo de su ilusionado proyecto literario.

VOLVER DE TERRAMARE (REFLEJOS DE ROMA): INTENSO Y LOGRADO HOMENAJE A LA CIUDAD DEL ARTE Y DEL AMOR

Volver de Terramare (Reflejos de Roma) es el título de este libro póstumo, lleno de arte y de vida, de Jesús Troncoso (Ronda -Málaga- 1950; Sevilla, 2015). Lo preparó el propio poeta pero no llegó a ver la luz. Ahora lo hace, por fortuna, dada su calidad, en el seno editorial del grupo literario del que fue miembro, Gallo de Vidrio.

Jesús Troncoso en los jardines de Bomarzo, Roma,-1999, foto Lui

            Se trata de un poemario de doce composiciones en verso libre, con versos de arte menor y mayor, entre seis y once o más sílabas. Poemas de hermosos títulos como “Paisaje apátrida de los dioses de barro”, “El corazón de las piedras” o “Itálica en el corazón de sus piedras”. O bien simple y apasionadamente “¡Roma!”, pues esta histórica, universal y turística ciudad que fue capital de un descomunal y trascendente imperio es el motivo central de su obra. Como el poeta dice en uno de sus versos, a partir de la vivencia de una estancia de varios años en Roma, como Asesor Técnico de Educación en la Embajada de España, pretende reconstruir el pasado artístico y legendario, unido a sus sentimientos personales de admiración ante la historia y la belleza, la vida y el fulgor de la ciudad. Estos versos, aunque dedicados a Itálica, sirven también para la metrópoli: “(…) / y mi gran Itálica, como Roma, / que ahora mi cálamo impotente / intenta reconstruir en el recuerdo / de las cosas pasadas, / porque sus huellas casi se perdieron / (…)”.

            Roma es un lugar de encuentro, de belleza, de amor. En el prólogo de la obra, por el propio Troncoso, se usa un palíndromo: Roma, Amor, expresión de su deseo de fundir ambas cosas, de expresar el amor hacia lo bello y lo culto, hacia la vida y la sensualidad. Un amor que desde la evocación, desde la memoria se trae al presente de estos versos, para que nada muera realmente: “Porque pensaba entonces que olvidar era morir, y había que recobrar los mejores momentos”, dice en dicho prólogo.

            Roma ocupa el centro de inspiración. Por ello, su presencia es constante desde diversos prismas. Se detalla su toponimia, se describe con detalle, se recuerdan sus logros históricos. La Roma que interesa al poeta es la histórica, la monumental, pero también la cotidiana, tranquila, en un enfoque intrahistórico. Y, por supuesto, junto a los nombres de lugar, los nombres de emperadores, artistas, referencias mitológicas, etc., en un alarde de conocimiento y visión interdisciplinar e intertextual, así como algunas palabras del italiano (atrezzo, Piazza Vittorio, condottiero, bellezza, Via Veneto, cosmeti…),  creando así al lector, con todo, la sensación de estar sumergido en el ambiente real y cercano de la urbe.

            En cuanto a bases temáticas del libro, encontramos el amor y la sensualidad, la rememoración de Andalucía a través de lo romano, el paso del tiempo y la memoria como antídoto, o, en menor grado, el respeto a la naturaleza y la crítica social. Veamos los matices que nos ofrecen.

El amor aporta un sentido de permanencia, así en “De la eternidad de Roma”:

Sobre esta ciudad, que no es sólo de hoy

sino de todos los tiempos,

está siempre el amor

que se oculta y permanece en silencio.

 

A veces la rememoración histórica se tiñe de sensualidad y erotismo. En “Augurio nefasto de la Itálica solar” se alude a “hermosas doncellas”, “lascivas matronas”, “bellas meretrices”, y a “muslos entreabiertos” “fálicos amuletos” y “tetas semidesnudas”:

 

Por eso, inicio estos versos cantando

a las nobles mujeres que a estos famosos

engendraron, a las hermosas doncellas,

a las lascivas matronas y bellas

meretrices de muslos entreabiertos

esperando sobre los blandos tálamos

con sus fálicos amuletos sobre

las airosas tetas semidesnudas,

y a la sonriente esclava bondadosa,

dueña de los más profundos secretos,

también dispuesta a aliviar el descanso

de su amo, a las cunas de marfil

y oro de las niñas patricias

sobre la verde piedra serpentina

donde soñaron gestas imperiales,

y a las niñas adolescentes

que corrían en los jardines

con sus muñecas de madera,

y que nunca serían gladiadoras,

ni comerciantas, ni pretoras,

ni tampoco tribunos de la plebe

porque allí no era la costumbre…,

(…)

 

La rememoración de Andalucía a través de lo romano -la Bética romana-  podemos percibirla en  “Del poder y de la gloria”:

 

Fue entonces cuando vimos,

casi oculta entre las ramas de cedros

y encinas, la tumba de la Sirena,

traída desde la ciudad de Sovana,

con sus delicadas ninfas marinas

que amorosamente nos ofrecían

unas granadas, las frutas antiguas

de tantos misterios sagrados,

evocadoras de mi Alhambra,

enrojecida por bellos ocasos

sobre un fondo nevado,

que en la Toscana era emulada

desde las sacrificadas alturas

que circundan al monte Labbro,

por las místicas cumbres del Amiata.

 

O en “Itálica en el corazón de sus piedras”

 

El cíclico esplendor de la hierba

extendía sus raíces cada año

en la tierra que se hacía barro

con las lluvias o el rocío,

y así se fueron cubriendo tus calles y plazas

como en una Pompeya andaluza

ausente de volcanes

y grandes estridencias.

Quizás por eso tú estabas allí,

el viento de nuevo me lo decía

en los gritos y voces de las piedras

que se elevaban en el silencio

de los cipreses verdinegros.

 

El paso del tiempo y la memoria como remedio es uno de los pilares temáticos y existenciales del libro. El “Ubi sunt” está repartido por varios poemas muy significativos, dejando testimonio de la intención del autor de expresar la pátina que deja el tiempo, la huella destructiva de las años y los siglos, el irremediable acabamiento de todo, “(…) el paso del tiempo huidizo / que nos va devorando lentamente  / con todo aquello que llevamos dentro…”, dice el poeta en “En Bomarzo había un parque habitado por los monstruos”. Y en dos versos de “El corazón de las piedras” exclama:

¡Cuánta belleza imaginada

y devorada para siempre!

 

El respeto a la naturaleza y a la belleza queda patente en este último poema citado:

 

También yo robé ayer bajo el puente Sisto

una flor silvestre que entre las piedras crecía

y la arrojé al Tíber, revuelto entre las cloacas

que abordan el buque encallado

en la Ísola tiberina frente al Foro Boario.

Arrancar una simple flor es un crimen,

y el remordimiento

escuece ya en mis ojos para siempre.

 

Y la crítica social aparece en la preocupación por el auge del negocio frente a la belleza, del turismo superficial, de la desigualdad, en “¡Roma!”:

 

(…)

a esa marabunta de ejecutivos,

políticos y bancarios

que invaden el centro de la Urbe

y que pasarán las horas

ausentes a tanta belleza y a tanta vida,

ajenos también al futuro imposible

de los más pobres allá en el envés

del mundo, y de oleadas de visitantes

que en largas filas entran y salen

de los grandes templos con sus miradas

indiferentes y alguna bolsa de plástico

repleta de guías que nunca leerán

y de máquinas de retratar ultramodernas,

pero incapaces de plasmar

el espíritu de nadie ni de nada,

(…)

 

O por el mordaz ataque al fanatismo en “Las cenizas de Adriano”, donde alaba a Adriano, tolerante, y vitupera a Constantino por lo contrario:

 

Qué torpe fuiste, Constantino,

prosélito del fanatismo,

con tu ímpetu de primer cristiano,

al destruir el gran Mausoleo de Adriano,

emperador de la tolerancia,

quizás el mejor romano.

 

            Troncoso maneja el lenguaje con soltura, el verso con madurez, el léxico con precisión. Sea en pasajes de tono más narrativo, o en otros plenamente líricos, estos versos siempre seducen, discurren con fluidez, sonoridad, eufonía, belleza. A ello contribuyen recursos como  la aliteración, el encabalgamiento suave y el abrupto (muy expresivo a veces), el símil, la interrogación retórica o, sobre todo, la metáfora y el símbolo (la piedra el principal). Repasemos estos logros estéticos.

La eufonía y la aliteración, como en el final de “Las siete colinas”, en donde la repetición de vocales abiertas y eses seduce al lector y encaja con la escena que se describe:

Como contraste llegarían los estíos de silencio

bajo el rumor del agua en las piscinas,

y la desierta soledad de la siesta campestre

entre los bellos torsos desnudos

de las bacantes recolectoras

de los racimos más dorados.

Otro recurso interesante es el encabalgamiento suave, que proporciona fluidez,  o el abrupto, rompiendo ese discurrir con expresividad. Así en la parte V, “Salvación”, del poema “En Bomarzo había un parque habitado por los monstruos”, con el salto eficaz estéticamente entre los versos para expresar la movilidad y violencia de las aguas (aguas / turbulentas):

(…)

era la imagen de los dos tritones

que reencarnaban a Rómulo y Remo,

abandonados a su suerte

en un Tíber antiguo de aguas

turbulentas, justo a los pies

de aquella ninfa embarazada

a la que ahora debíamos la vida.

O en “El espíritu de Silio Itálico” (yermas / sombras):

¿Quién es ese bulto de luz

que perdido vaga por las yermas

sombras de la noche?

 

El símil le ayuda con logradas comparaciones a asociar elementos distintos. Sirva de ejemplo este pasaje del poema “Paisaje apátrida de los dioses de barro” (y obsérvese aquí también el sintagma encabalgado ajado / volcán):

 

Allí la veréis cuando, amaneciendo,

del río sube una bruma que es como

el humo liberado de un ajado

volcán bajo las aguas,

que quemó las diferencias

(…)

O mejor aún en estos versos iniciales de “Las esfinges de Bomarzo”:

Pude ver a la entrada dos esfinges

que tenían escritas una roja adivinanza,

algo así como que el arte podía

ser una trampa de los sentidos,

una bella mentira decadente,

que nos atrae como una bella flor

carnívora y perfumada

para engullirnos en sus dulces jugos.

La interrogación retórica, con su efecto patético, es constantemente usada en “El espíritu de Silio Itálico”, del que elegimos dos estrofas muy significativas, una por su desarrollo del tópico del “Ubi sunt” y otra por la eufonía y evocadoras palabras elegidas (un eco de Miguel Hernández y su  famosa elegía a Ramón Sijé):

¿Dónde quedó su voz

que fuera la música en los álamos,

y la de su maestro Virgilio esperándole

en el silencio de los campos?

 

¿Cuándo verá de nuevo

el almendro florecido

con su nieve temblando

junto al pozo de las huertas?

            Sale al encuentro continuamente la personificación para dotar de vida a la naturaleza o a la piedra: “En aquellas piedras cansadas / también dormía la historia de Roma, / (…)”, “de verdes cipreses, / tan altos en aquella espadaña / que arañaban las nubes de Roma”, etc.

O, sobre todo, la metáfora (“sobre un bramido de aguas y fontanas”, “Y la gran fuerza de tu nombre / es un imán que todo lo atrae y lo rechaza”, referido esto último a Roma), y el símbolo (la piedra el principal). Recurre a ésta como evidencia de fortaleza, triunfo, pero a la vez como caducidad o también reflejo de vida y amor que sobrevive a la misma muerte, en una variedad y riqueza simbólica extraordinarias. Del poema “De Roma a Ostia Antica: clepsidra del amor para un cambio de milenio”:

 

Por eso las piedras que aún perduran

encierran una infinidad de misterios

con corazones que laten

y no mueren ni se apenan cuando

a la ceniza y el polvo viajan tantos cuerpos.

Aunque sí saben y a su manera aman,

los nombres de aquellos que sucumbieron,

porque esos nombres tienen vida

y vuelan entre las hojas verdes

y quedan escritos en las urnas rotas

o al pie de los senderos,

entre las losas partidas o en los árboles

que fueron sombra sobre las casas

con su savia disparada hacia las luces del cielo.

O de “En Bomarzo había un parque habitado por los monstruos”:

Allí se nota el triunfo de la piedra

y los corazones siguen latiendo

dentro de ninfas, sierpes y centauros,

que saben burlar el paso del tiempo

inútil y engañoso.

La piedra, para el poeta entusiasmado por la belleza y la historia de Roma, tiene un corazón que habla (“Se siente cuando el corazón de la piedra / no está preso y nos cuenta tantas cosas, / de lo que pasó en las murallas / y de los templos imaginarios” de “El corazón de las piedras”, o en la afirmación de “Itálica en el corazón de sus piedras”: “Cuántos escribieron sobre ti / queriendo ver solo muerte y ruinas, / sin saber que tú estabas allí mismo / intacta de latidos y recuerdos, / y tu mismo corazón vibraba / en las piedras casi dormidas / de una patria vencedora”), vive más allá de la muerte y el olvido, y habla, como dice en el imponente final de “Los dioses y las diosas”:

 

Entonces los dioses y las diosas

me amarán en la distancia

y, si algún día, soy ceniza

de algún columbario

habrán llevado mi corazón

arrancado y vivo

al interior de una piedra desgastada

en el centro de una calzada

o en la cornisa de uno de sus templetes

habitado por matojos

y nidos de ágiles golondrinas.

La piedra entonces tendrá vida

y recobrará el antiguo latido del amor

a todas las cosas, al verde y al azul,

a las nubes y a los pájaros.

            Otro logro es la adjetivación, abundante y precisa, de signo positivo o negativo, especificativos pospuestos o, a menudo, epítetos antepuestos: “blancas alamedas”, “mortales cuerpos”, “pálidos otoños”, “el paso del tiempo, inútil y engañoso”, “bellos ocasos”, “sangrienta reyerta”, “mezquino ladrón”, “verdes cipreses”, “cenizas viajeras”, incluso añadiendo dos adjetivos o más en un juego descriptivo intenso -“potente luz, / genuina, divina, prodigiosa…, / multiplicada (…)”-.

            A modo de epifonema se aprecian sentencias, enunciados reflexivos: “Porque Bomarzo, no nos engañemos, / es solo eso, un sueño que nos lleva a la verdad / de tantos seres imposibles, inventados / por el hombre como la misma vida”.

            Queremos ir despidiéndonos con dos fragmentos ejemplares de este poemario, que nos dirán mucho también del propio autor. De un lado, de “Los dioses y las diosas”, esta especie de despedida, deseo o como epitafio:

 

Y, si es cierto que sólo hay un Dios,

que me encuentre libre de culpa

cuando emprenda mi último viaje;

pero, si los dioses como aquí abundan

y son de todos y de nadie,

y se contentan con una sonrisa,

una mirada de arrepentimiento

o de efímera venganza,

todo sea por los dioses.

 

De otro, el reflejo de la vitalidad y del deseo de arte, belleza y amor que tuvo el poeta:

 

Pero si toda esta declaración

de altiva humildad o loca soberbia

por mi parte, sólo fuera mundano

sacrilegio, que los heridos dioses

me lo perdonen, que estaremos siempre

dispuestos a alzar nuestras copas

brindando por una larga existencia

y por la agridulce felicidad

de estos tiempos modernos…

Pero si tú, Roma de amor

y de tantos recuerdos sublimes,

me dices ven, estaré siempre

dispuesto a responder a tu llamada

y acudiré hacia tus brazos abiertos.

 

                        En resumen, estamos ante un libro que afortunadamente se recobra ahora como homenaje a un hombre culto, afable y vital como era, es el profesor y artista Jesús Troncoso. Una obra de indudable valor literario, trabajada, cuidada en sus detalles expresivos, intensa y profunda en el tratamiento de los temas universales de la belleza, el tiempo o el amor. Gallo de Vidrio enriquece su colección y su trayectoria de tantos años con este nuevo título.

 

 

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