María Ángeles Maeso



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 María Ángeles Maeso (Valdanzo, Soria, 1955).

Licenciada en Filología Hispánica. En diferentes etapas: Profesora de Lengua y Literatura y de talleres de creación literaria; coordinadora de programas socioculturales en áreas de marginación social; miembro de equipos editoriales para la elaboración de guías didácticas. Ha colaborado con el Instituto Cervantes, Radio Circulo de Bellas Artes y otros medios como Reseña, Artes hoy, Diagonal…

Libros de poesía:

Autora de ocho poemarios: Sin Regreso (Premio de Poesía Jorge Manrique, Casa de Palencia, 1990) Trazado de la Periferia (1996); El bebedor de los arroyos (2000); Vamos, Vemos (Premio de Poesía Homenaje a León Felipe,  Salamanca, 2003); Basura mundi (2008); ¿Quién crees que eres yo? (2012); Huy, qué miedo, (infantil, 2016); Puentes de mimbre (2017)

-Incluida en más de veinte antologías y poemas suyos han sido traducidos al inglés, portugués y esperanto.

Su obra poética forma parte de trabajos investigación como los realizados por Noni Benegas (Ellas tienen la palabra, 1997 y Ellas resisten, 2019) o por Alberto García –Teresa  (Poesía de la conciencia crítica 1987-11, 2013)

-En narrativa: La voz de la Sirena, Premio de cuentos “Teresa León” 1986, Colección Villalar, Valladolid, 1987; Perro, Ed. Huerga y Fierro, 2004. Los condes del No y No (infantil) Editorial Mare Nostrum, 2006.

 

  COMO SI FUERA PÁJARO

María Ángeles Maeso

El asesino, virtual;

        las balas,

virtuales;

      la cabeza,

real

mente

destrozada.  (Salustiano Martín)

 

Tú, que te mueres por decir nosotros,

prueba con el puñado de esdrújulas

que cada mes se caen con los ojos

empapados de vértigo y cemento.

 

Esta vez la viga de hierro le ha partido

el alma y todo lo demás

a uno de los nuestros. -Déjalo así.

 

El que subió a la construcción como si fuera único

tenía una edad como la tuya,

igual número de hijos,

tu mismo contrato temporal

y una jornada tan completa como tú

de piedra y máquinas al aire.

 

Cualquiera muere a contramano interrumpiendo

el sábado. Cualquiera, vislumbrándose de tierra,

dice nosotros y queda igualado.

 

Pero antes, en vivo, ¡qué falso el falso suelo!

Qué postizamente suena ahí mismo:

en las paredes tímidas del vecino,

prójimo devuelto a tembloroso pajarito

de olfatear grisú,

a ranita detectora del génesis,

a mula camicace o simplemente a piedra.

 

En vivo, probad en alto andamio los plurales

y ved quiénes son

los que una y otra vez tropiezan con el sol

y, estruendosamente, del nosotros,

caen.

 

(De Basura mundi, 2008)

 

 

Todo invierno incuba la palabra halda

en su red de niebla. Pero madre está asustada.

Atardeceres, semanas, soles de vuelta entera

que está asustada.

A Ifigenia le duró apenas unas horas,

pero no a quien le ponen tan alto tabernáculo.

 

No se trata de zurcir un pantalón

ni de hacer una colada,

no es un trámite cualquiera,

no se hace poniendo la cabeza en otro sitio.

En ningún sitio. En qué hectárea de soledad

hay formas que mantener.

Esto no se atraviesa y a otra cosa. No hay más.

O sí. Tanto que decir.

 

Como tiras de cortinas muevo sus labios

y me asomo a su mirar. Los tábanos

son una bendición

comparados con sus pensamientos.

 

(Fui persona y lo recuerdo)

 

Una alegría las avispas

al lado de todo lo que puja y puja por salir.

 

(Fui persona y lo recuerdo. Fui mujer)

 

Los tábanos. Zumba que te zumba

consiguen hacer un agujero entre los surcos

y algo despunta en briznas,

algo enredado da la cara y silabea.

 

(Fui persona y lo recuerdo.

Fui mujer y labradora.

Algo de aquello

Que por los ojos de las mulas

aún se ve)

 

Aunque la encina, aunque la vaca

se pusieran a buscar su corazón

mirando con las ramas el alto cielo,

un crepitar de lengua estofada para otros

lo apagaría de inmediato.

 

¡Qué drías tú! ¿Ella ha dicho  yo?

Clavada en su parcela, ha dicho ¿qué?

Hoy todo sucedió de golpe, cuando insistí:

 

Soy yo, la mayor.

Y ella: ¡Tanto yo, tanto yo!

 

¿y quién te crees que eres yo?

 

(De Quién crees que eres yo, 2012)

 

 

-19:01-

Señora Sísifa en general querría

la lentitud cabal para elegir

un gesto, un mueble de buena madera,

de esos que no se derrumban,

dos o tres palabras de las que,

si miras bien, no salen tan caras

y perpetuamente se recuerdan.

 

Pero a estas alturas, yo

ya tiene piedras en los pies

y hasta las que aman el silencio,

la música o los libros

se las tienen que apañar in itinere,

cuando hay un hueco en el vagón

y el pudor impide que por los ojos

asome cristal en migas.

 

Para el regreso, señora Sísifa,

busca las lilas subrayadas

a las que echó un ojo en la subida,

cuando a J. Berger le oyó advertir

que sólo las tenemos desde el siglo XVI.

 

Para este regreso, señora Sísifa

no quiere más: Las lilas,

su eternidad contable a mano,

leídas de nuevo le han hecho sonreír.

 

Las lilas.

Y el peñasco capital que tampoco,

tampoco, tampoco

estuvo desde siempre aquí.

 

(De Puentes de mimbre, 2017)

 

Image by pladicon2012acacias from Pixabay

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