María Ángeles Pérez López



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María Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967). Poeta y profesora titular de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca, donde coordina la Cátedra Chile.

Como poeta, ha publicado varios libros y plaquettes. Antologías de su obra han sido editadas en Caracas, Ciudad de México, Quito, Nueva York, Monterrey y Bogotá. También, de modo bilingüe, en Italia y Portugal. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros e hija adoptiva del pueblo natal de San Juan de la Cruz.

Poemas suyos han sido traducidos al gallego, portugués, inglés, francés, italiano, neerlandés, rumano, húngaro, armenio, árabe, polaco y chino. Ha sido jurado, entre otros, del Premio Cervantes y del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

 

1

María Ángeles Pérez López

La mujer espera la llegada de los ciervos.

Se sienta en la cuneta y se descalza.

Con la uña más pequeña de su pie

rasca la tierra blanda y enmohecida

hasta arrancar un árbol de raíz.

Con un dedo invisible en su estatura,

remoto soberano primordial

empuja los nogales, los gomeros,

las hayas y los robles, los manzanos.

Después, bajo la lluvia, se arrepiente

mientras le late el pánico en la ropa.

El dedo mutilado es como el odio

del árbol mutilado, en la mujer

que se pinta en los labios treinta y dos

piezas dentales blancas, esmaltadas

con las que no morderse los pezones

ni llorar por los árboles caídos

y que suben despacio, en sus alveolos,

como subió cada árbol a su copa.

Del tronco descuajado, vuelto torre

gemela de otras torres neoyorquinas

caen los pájaros muertos, las personas

como estorninos muertos, el ramaje

como chicharra muerta, los tablones

como féretros muertos para Irak.

La mujer entretanto se avergüenza,

guarda el dedo y su uña, sus dolores,

el esponjoso hueco de la encía

en que ató cada diente su raíz

y levantó una torre mineral.

A su lado, los árboles reposan

su tiempo de madera, griterío

de perros y de niños clausurados,

los brazos y las piernas como ramas

taladas con dolor contra la tierra.

Los animales huyen espantados.

Los ciervos se disculpan y no vienen.

 

 

2

 

Con la hoja del periódico empapada

por un llanto larguísimo y feroz,

la mujer tapa el día, los cristales,

las losas de cerámica, las puertas,

los techos enlutados y ofendidos.

De las letras de molde se destila

un agua negra como un río de odio

que pudre las manzanas del frutero

y reseca la albahaca, el corazón.

Los peces que dormían en el frigo

se escarchan y fracturan en esquirlas,

y los espejos sangran lentamente

un río de odio denso como el mal.

Con la tinta viscosa y empalada

por las fotos de presos iraquíes

en la prisión llamada Abu Ghraib

y el rímel de su set de maquillaje,

la mujer forma un unte oscurecido

que adorna y hace largas sus pestañas.

Cuando ella se apresura y sale al mundo,

la gota de agua negra se desborda

despacio por el blanco lacrimal.

 

 

  1. [Correas]

 

Correas que sujetan las palabras

a la rueda inflexible de la boca,

grilletes de decir y no decir.

 

El óxido violenta las encías,

las bóvedas oscuras de la sed.

En el temor se enferman las vocales.

Hay luz muy sucia en el mandil del tiempo,

moscas sobre los zocos de la ira,

grumos de desamparo en cada litro

de leche almacenada en los arcones

con que asciende el umbral de la pobreza.

 

Formas de expiación, desgarraduras,

ganchos de carnicero que desangran

pulmones sonrosados de animal

–uno es Oriente, el otro es Occidente–.

Cada animal conoce su dolor,

es inocente siempre en su dolor.

Y con su gota espesa y pegajosa

la tierra fertiliza los manzanos,

la fruta que también es inocente.

 

Sin embargo, al morder y al escribir

letras de aire en su cuerpo malherido,

la boca deja un rastro de semillas.

Omnívora y febril, también elige

pedirle compasión a los metales,

pedir a los grilletes que liberen

su presa con un tajo del puñal

que brilla como un sol inesperado.

Que las correas suelten las palabras.

Que sean compasivos los metales.

 

Image by kien virak from Pixabay
 

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Carlos J. Rascón

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