María Paz Cerrejòn



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María Paz Cerrejòn, Vanidad de vanidades

Con los primeros versos, calor de angustia inocente, palpitaciones de la edad florida, comienzo mi comentario literario a los sentidos versos de agitados sentimientos volcados en los placeres vividos en su primera parte existencial del poemario. A continuación  desvividos en  su segunda parte de sentida añoranza lejana poseída de desencanto. El libro Vanidad de vanidades  de María Paz Cerrejón nos confirma a una de las voces poéticas sevillanas  de rica luz extendida en el verso sentido:

“Tú inocencia moría camino hacia mi pubis.

Tus manos amasaban mañanas en mi vientre.

Éramos transparentes, no existían las mentiras;

una pasión con alas en labios temblorosos.”

Desnuda la escultura en verso de un amor que vivió la total entrega en plena y joven efervescencia de total transmisión “de un amor amarrado al pie de la cintura.”, que va deshojando con ansias e  inocencia entregada hacia aquello que para la protagonista significa todo un deseo pasional erótico decididamente  en “Cualquier ciudad del  mundo para dejar la huella” De ese tiempo expansivo  en aquella temprana edad donde todo fervor es una exigencia que no puede aceptar a que los deseos amados se comporten indiferentes:

“Hay algo en los inviernos que me gusta:

esa escarcha adherida a los cristales,

el olor de la leña ya quemada,”

Manifiesto temblor humano del gozo sin ángeles de la guarda que siempre vigilantes pretenden detener lo imposible cuando el  fuego se desata encendido sim pensar el riesgo de convertirse en ceniza que al caer la dicha de la tarde donde la historia queda refugiada en la memoria de las estaciones, parada y fonda por andenes tan espontáneos como deseados en los cuerpos de  sueños  rotos y suspendidos  en pañuelos de adioses finales:

“Deposita tu ancla

sin miedo en mi bahía,

amárrame con fuerza

y no me desamarres.”

La huella del palpitar bajo la eternidad del deleite, la avidez insaciable del tiempo que no desea terminar el delirio perturbador de la inquieta existencia. Más y más en el oasis donde la sed se calma con el venero que emana de los cuerpos:

“Deja dormir tu cuerpo

en sábanas de olvido,

sumérgete conmigo

en mares no explorados”

Porque la vida es corta y  llegará el desencanto y la aventura del amor se puede convertir en el ilusión vivida de la edad primera tan necesaria para poder mostrar el sentido de la existencia desnuda tan ineludible para la razón de ser, alma en vida y no mera pregunta interrogación de la realidad despierta:

“Regálame una tarde entre tus brazos,

que es todo lo que anhelo.

Dibuja con tus besos en mi cuerpo

un recorrido nuevo.

“Y déjame tu huella en cada poro

mientras el mundo ignora

dónde nace la llama de este fuego.”

Pegada al anhelo de la esperanza la amada ruega con temblores consciente, que la pasión vivida no volverá por existir solo esa ventana reflectora para que:

“Si quieres que te olvide,

arráncame los sueños

y despeja mi frente de dudas y deseos;

como orilla  desierta que barre la marea.”

Donde olas semidormidas humedecen de recuerdos, van y vienen,  en el insomnio de aquellas noches que ahí, en la memoria, con sabor de tristeza se agitan.

Por Francisco Vélez Nieto

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