Mujer tocando el clavecín



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Mujer tocando el clavecín

 Era un día de lluvia en Rotterdam. Llovía sin parar por todas partes y nos metimos sin comer en el museo. Ya comeríamos en la cafetería después de ver las obras fascinantes en el museo.

   Llegábamos desde Brujas pasando por Amberes. Paramos unas horas en Amberes y  dimos vueltas por la ciudad tan llena de grandes recuerdos. Pasamos por la catedral grandiosa bajo la lluvia y volvimos a la estación de tren grandiosa bajo la lluvia.

    Entramos incluso sin comer en el museo de Rotterdam porque queríamos ver a Rembrandt. Sobre todo queríamos ver a Rembrandt. Yo he soñado tantas veces con Rembrandt, me he quedado tantas veces meditando con sus cuadros en penumbra.

    Y nos encontramos con la “Mujer que tocaba el clavecín” de Emmanuel de Witte. A mí me sonaba ese cuadro de los libros de arte, pero nunca le había prestado demasiado atención. Pero entonces, aquella tarde en que la ciudad estaba detrás de las ventanas arrasada por la lluvia, nos encontramos delante de ese cuadro.

     El clave es el antecesor del piano. Es el intimismo y la meditación. Se presta a improvisaciones y sueños. No tiene que ver con orquestas ni sinfonías.

      La casa en el cuadro  está llena de espacios y de pasillos.  Las salas se marchan hacia lo lejos igual que se marchan los recuerdos en la memoria. Todo adopta una profundidad tan lejana.

      La mujer se ve reflejada en el espejo, se encuentra atenuada en el espejo. Toca en el piano tan íntima y se vuelve más íntima en el espejo. Las notas del clavecín recogen los fragmentos sueltos de su vida y los convierten en instantes vagabundos y encontrados.

        Hay una persona en una cama con dosel escuchando. Es una situación muy adecuada para hacerlo. Qué mejor manera de escuchar música (y música de clavecín) que estar en una cama, detrás de unas cortinas, entre la vigilia y el sueño. En medio de la intimidad y de las notas de la lluvia que suenan a lo lejos en los cristales.

       Nadie dirige a la mujer, está sola, no tiene que tocar ninguna composición prefijada.        Está en medio del tiempo, pero nadie ha prefijado su tiempo Puede tocar cualquier cosa.     Está en medio de la luz íntima y puede volverse íntima. No tiene que hacer vida social.

     Solo tiene un oyente, enfermo o medio dormido.  Y un oyente que ella no sospecha, que vino siglos después junto a ella, desde otro país, en una tarde de lluvia. Que ni siquiera ha comido porque antes quiere ver esos cuadros del museo de Rotterdam. Es una situación adecuada. Y también se escucha a sí misma.

     Esa mujer que toca el clavecín no tiene que comentar ninguna batalla, ningún hecho histórico. No tiene que enseñar nada. Solo está perdida en el tiempo. Y está perdida en sí misma.  Y entonces se encuentra a sí misma. Y yo me encuentro a mí misma cuando la escucho con la mirada en aquella tarde interior entre la lluvia.

      Igual que Chardin pinta cualquier plato sin importancia, en cualquier momento sin importancia, ella toca algo sin importancia. Y por eso mismo es más importante que nada. Y si no lo entendéis, ya lo entenderéis cuando lo viváis.  En la casa de cualquier burguesa, en cualquier tarde. Que no ha asistido a ninguna reunión del parlamento, a ningún cambio de religión

    Tal vez alguien crea que es muy importante una reunión del parlamento. Pero yo creo que es más importante ese momento perdido, esa situación íntima. Creo que es más importante escuchar a esa mujer tocando el clavecín, en aquella tarde de lluvia, en Rotterdam, en una tarde cuando nadie pensaba en nosotros.

     Ese momento libre no está sujeto a nada. Por primera vez una música no está sujeta a nada. Esa mujer en un rato perdido, sin vigilancia de nadie, puede tocar lo que quiera.  Y esos son los momentos más privilegiados. Los más lúcidos y auténticos. Los más luminosos y escondidos.

      El clavecín es un instrumento humilde. Y por eso mismo tan lúcido. Está hecho para el interior de una casa. Está hecho para una mujer que no tiene que tocar grandes sinfonías, solo tiene que tocarse a sí misma en una casa.  No tiene que hablar de la nación, ni de la rendición de Breda, ni de la conjura de los Boyardos. En el clavecín se sueltan las intimidades, los caprichos, las contradicciones. Igual que cuando en literatura se inventó el diario.

    Dios mío,  que codificado está todo, qué regulado. Que sujeto a normas y estructuras. Como se agradece que de repente en una tarde cualquiera una mujer suelte sus notas sin más. Una mujer cualquiera en un espacio interior cualquiera.  En Rotterdam donde muchos años después se inventan casas como lápices, tiemblan barcos en el puerto que llevan nombres de miembros sexuales.

    Fue una tarde lluviosa en Rotterdam y yo quedé atravesado de sugerencias. A pesar de que aún no había comido. De que había llegado en un tren desde Amberes. Aquella noche dormimos en el Hotel Nacional, que iban a derribar poco después. Y tomamos una cerveza en un bar subterráneo junto a unos billares que vivían sus últimas noches. Qué alucinante es vivir así los últimos momentos de que algo que va a morirse, que ha vivido tantas cosas.

    Me llenó más que el profeta de Ossip Zadkine protestando por la destrucción de la ciudad  en la calle, con los brazos desgarrados hacia el cielo. Más que las casas  como rombos  cerca del puerto.  Mucho más que los sermones de Erasmo. Erasmo odiaba las novelas y odiaba la intimidad.  Seguro que odiaba también los clavecines. Odiaba los sueños y solo quería soltar enseñanzas. Todo lo demás para él era locura, que para él significaba tontería, y son tan distintas. Y escribió una obra maestra sin saberlo, el “Elogio de la locura”, creyendo que escribía una sátira. Igual que aquella mujer sugería algo tan hondo en el clavecín  cuando creía que hacía algo intrascendente.

    No, lo que más nos  alcanzó de aquella tarde lluviosa en Rotterdam  no fue el profeta desgarrado. Ni los edificios construidos de la nada después de la destrucción tan feroz en la guerra mundial. Ni las regañinas de Erasmo. Fue aquella mujer anónima tocando el clavecín. Tocando aquel instrumento humilde con su tiempo humilde. En un espacio hecho de pasillos y de imágenes en el espejo.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

Emmanuel de Witte: Mujer tocando el clavecín

 

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Antonio Costa Gomez

Escritor y poeta español, Antonio Costa Gómez es, además, filólogo e historiador del arte.

Es conocido por sus novelas históricas, siendo considerado para el Premio Planeta por su novela Las Campanas.

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