Paula Lobato Díez. Deja que te cante, oh musa, toda mi furia



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Deja que te cante, oh musa, toda mi furia

Al despertar he echado en falta tus espinas
la ausencia de dolor ha saltado la alarma
¿era todo un sueño?

Ya no estás,
pero tengo la certeza de esta noche.
Solo a ti corresponde el tacto de esta mano invernal,
alimentabas glaciares con el latir
de tu corazón
el vaho de tus suspiros se hacía escarcha
en mi pecho
y con tus colmillos
lo agrietabas para enfriar el cóctel
de mi sangre.

Era un rostro cualquiera
pero seguía teniendo el brillo infantil
de tus ojos.

Paseamos por un huerto,
el de los olivos
y me diste unos besos
capaces de llevarme al Paraíso.

Saludé a San Pedro
y me dijo que a él también le robaste
las llaves.

Bajé al infierno,
me dieron recuerdos para ti.
Eurídice me compadeció,
Ixión frenó en seco
al escuchar tu nombre.
Las danaides vertieron agua
sobre mi cabeza;
un bautismo en el averno
para atarme allí por siempre
a su puesto vacante
y a tu lado.

En el palacio de Hades
te encontré degustando
grano a grano
una granada.

Tomaste la mía,
de mi pecho;
que era de mano,
y quitaste el seguro.
Temblaron las columnas del Tártaro
y tambaleándose, se esfumó
mi entereza.

Esos mechones castaños,
como los frutos del otoño,
eran de diosa pero también mortales;
para mí.

Tú no me das la muerte
desde Octubre hasta Marzo.
Juegas con las estaciones
como una partida de cartas
y siempre me apuestas
sobre seguro.

 

Autoestima

Con la yema de los dedos acaricio
la llama de una vela,
su lengua hace menos daño
que esa quemadura que chilla por dentro.

Edipo se sacó los ojos,
lady Macbeth se manchó las manos
de sangre
y yo terminaré por abrirme las venas
ciega
como Moisés
rumbo a mi tierra prometida.

La de la tranquilidad
o ausencia de ella,
del vacío.

Sin tablas,
sin objetivo
sin pisadas que me sigan.

La voz del arbusto se ha helado
no hay nada que decir
ni nada en mi interior
que lo recoja.

En la escarcha cristalizan
lágrimas vacías
que golpean y rasgan
gota a gota
mi autoestima.

 

Nos faltan los motivos

Soy una Italia sin circos, foros ni romanos,
el remitente de un sobre sin rellenar.
La melena corta de una gitana,
esos volantes de su falda
lisos y sin colorear.

Long John Silver con plata pero sin loros,
el macho alfa que nunca aprendió a aullar.
Donostia bañada pero sin bruma,
una media luna
que ni sonríe ni acuna ya.

Aquel pueblo sin opio pero con Iesus,
un niño que ya anda enganchado al Apiretal.
Soy un triste hipocondríaco confeso;
sin ti un catedrático sin la ESO,
contigo un Sol que muere en el Japón occidental.

Cada vez que me miras me destripas,
Jack… por amor nunca mendigas.
Tú das las órdenes, capitán.

Me llaman Tintern pero no tengo abadías ni calles,
soy un prado sembrado con cal.
Nunca cambio las cuerdas de mi guitarra,
a tus ojos soy esmeralda…
pero las tuyas brillan más.

Unas cartas de navegación que no dan detalles,
cierta sacerdotisa que no quiere Pan ni bacanal.
Soy un canto de Góspel solitario,
la cueva de un ermitaño,
una anadiómene carcomida por la sal.

Un campus de estudiantes sin risas ni cerveza,
un Hall of fame en época medieval.
El quejido de unas uñas en la pizarra,
una mezcla fabricada
con cleenex y napalm.

Cada vez que me miras me hechizas,
tu amor brujo ni falla ni finiquita.
Venga, remátame ya.

 

Paula Lobato Díez y a mis 20 años curso el grado de Estudios Ingleses en la Universidad Complutense de Madrid. Desde una edad muy temprana sentí una gran pasión por el arte en todas sus formas, puesto que es un vehículo de expresión indispensable para mí. Fui finalista durante mi educación primaria en un concurso de relatos organizado por la Comunidad de Madrid y desde aquel día no he dejado de escribir. Colaboro en seminarios de literatura en mi facultad y pese a que nunca he visto mis obras publicadas, las cuales pertenecen a mi poemario Mujer de agua y muerte, escribo por propia necesidad y disfrute.

 

 

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