VIVARIUM: Cine en y sobre el confinamiento. El hormiguero humano observado con lupa



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VIVARIUM: Cine en y sobre el confinamiento. El hormiguero humano observado con lupa.

Por Salomé Guadalupe Ingelmo

Opresiva y claustrofóbica, Vivarium es un pedazo de carne cruda y sin aliñar; muy difícil de digerir. Minimalista hasta la angustia estomacal —nada de platos sofisticados que distraigan al paladar—, responde en todo momento a su único objetivo, declarado sin tapujos desde el turbador inicio. Porque, sincera sin paliativos, cumple lo que promete ya en la secuencia de apertura que acompaña a los créditos: revolvernos los entresijos y el ánimo. Cómetela si puedes, así, sin guarnición siquiera, a palo seco.

Para abrir boca, mientras los nombres de los actores aún discurren por la pantalla, observamos cómo un cuco boicotea el nido ajeno, asesinando a sus no hermanos para obtener toda la atención de los incautos padres postizos, asegurándose así la supervivencia.

Gemma y Tom —maestra en una pequeña población ella y jardinero en la escuela él—, una joven pareja en busca de hogar, acceden a visitar, acompañados por un excéntrico agente inmobiliario —cuyo artificial comportamiento lo hace más parecido a un androide o un muñeco mecánico que un ser humano—, una nueva urbanización llena de casitas idénticas, sobrevoladas por imposibles nubes igualmente idénticas cada una de ellas.

Acabada la inspección, descubren que el agente los ha abandonado sin despedirse y que, mucho más turbador aún, son incapaces de salir de la colonia: por más que lo intenten, acabarán siempre frente a la vivienda destinada a ellos. Sin combustible ni posibilidad de escapar o comunicar con el exterior, pues el lugar no dispone cobertura, aceptan pasar la noche en la casa.

En breve, los protagonistas constatan que cada día, misteriosamente, ante su puerta aparecen víveres —viandas que, como las de atrezo, significativamente, carecen de sabor— y que, por más que se esfuercen en alejarse de la urbanización —incomprensiblemente deshabitada—, incluso caminando durante todo el día en dirección opuesta, terminarán nuevamente frente a su detestado “hogar”.

Hasta que, una mañana en su umbral, además de los víveres, aparece una caja con un bebé dentro. Naturalmente, por humanidad, se encargan de él. No obstante, pronto descubren que se trata de un ser muy extraño, un pequeño déspota que crece anormalmente deprisa y que impone sus reglas, alguien que parece carecer de emociones o voluntad de diálogo.

Y, con el tiempo, Gemma y Tom se resignan a su suerte e intentan fingir una vida normal en esa prisión.

El encierro y la presencia del extraño, que solo añade tensión a la convivencia, inevitablemente, acabarán minando la solidez de la pareja. Cada uno de ellos se enfrenta en solitario, a su modo, a la particular prueba. Ella, incapaz de ignorar sus escrúpulos —que le han impedido secundar el intento de asesinato de la demoniaca criatura—, sigue atendiendo las exigencias del tiránico hijo impuesto, buscando en ese monstruo la clave de su desgracia con delicada pedagogía y paciencia. Mientras, el compañero, mucho más directo, arruina su salud escarbando en busca de respuestas. Literalmente, pues, convencido de haber escuchado, provenientes del subsuelo, las voces de quienes les precedieron en ese amargo cautiverio, cava un enorme hoyo en su jardín.

Vivarium propone una inquietante advertencia especialmente útil en estos tiempos: si encierras a una persona el tiempo suficiente, incluso en un ambiente familiar, en su propia casa, si lo mantienes aislado del resto y ocioso, en breve acabará por plantearse el sentido de su existencia y su función dentro del tejido social del que ha sido apartado. ¿Para qué sirve un ser humano que vive en sociedad? ¿Para qué sirve, en definitiva, un ser humano?

Aparentemente, como concluyen nuestros protagonistas, para reproducir una y otra vez, hasta el infinito, las pautas impuestas arbitrariamente por esa sociedad. Para criar a los sumisos relevos que, una vez fallecidos ellos, ocupen su lugar en la cadena, en el perverso engranaje que gira constantemente para no llegar a ningún lugar, sino simplemente para perpetuarse. Y así sucesivamente.

La naturaleza animal, como tantas otras veces, nos ofrece una lección. Lo que el hombre no puede olvidar es que dispone de un espíritu y ha de satisfacer las necesidades de este. Y, por tanto, no basta con comer, dormir, procrear y criar una descendencia para sentirse satisfecho y realizado. El hombre necesita creer que tiene un propósito en el mundo y que ese propósito es más elevado que cada una de esas actividades básicas que comparte con el resto de bestias; que sirve a un objetivo final superior. El hombre dispone de una personalidad, inquietudes, sueños y expectativas, y no puede convertirse en una obediente abeja obrera sin más.

Si no lo entendemos, solo lograremos dar forma a individuos neuróticos y frustrados, insatisfechos hasta su deceso. Si no lo comprendemos, a pesar de considerarnos tan modernos, parapetados tras nuestro falso progreso, solo estaremos reproduciendo patrones caducos en los que la crianza de los hijos constituía el único papel de la mujer. Si no lo tenemos en cuenta, solo conseguiremos seguir desperdiciando un excepcional material humano, un tesoro en potencia.

Todos estamos destinados a la muerte. Solo sobrevive el sistema, encarnado por la odiosa criatura inhumana que tomará el puesto del antiguo agente inmobiliario, que seguirá vendiendo a nuevos incautos sueños de humo que poco tardarán en convertirse en sólidas pesadillas.

Porque el trastorno y la insania se olfatean en el viciado ambiente artificial de la película, que, anacrónicamente, tanto recuerda al modélico sueño americano de los años cincuenta, tan ñoño como falaz e hipócrita. Como en una alucinación que escapa a nuestro control, la estética morbosamente onírica, digna del peor delirio, nos empuja pendiente abajo, ganando velocidad por momentos, hasta que uno, incapaz de echar el freno, siente que ha llegado ya a la meta asignada por su director: al otro lado de un aterrador espejo que no refleja precisamente un país de las maravillas.

Vivarium, yendo al grano, consigue mucho con poco. Irlandesa, europea, tenía que ser.

Tremendamente parca en recursos y sin una banda sonora digna de mención, la película se apoya esencialmente en la interpretación de sus protagonistas —Jesse Eisenberg (¿Cosas mías o se parece un montón a Art Garfunkel?) me gusta cada día más, especialmente en los perfiles cómicos— y, por supuesto, en el angustioso escenario, aterrador en su fingida cotidianidad, ordinaria e idílica solo en apariencia.

Porque el horror se esconde siempre bajo la superficie más inesperada. Vivamos, pues, prevenidos.

Ilustración

Tetsuya Ishida, Repostar comida (1996)

Ficha técnica

Año: 2019

Duración: 97 min.

País: Irlanda

Dirección: Lorcan Finnegan

Guion: Garret Shanley (Historia: Lorcan Finnegan, Garret Shanley)

Música: Kristian Eidnes Andersen

Fotografía: Miguel De Olaso

Reparto: Imogen Poots, Jesse Eisenberg, Jonathan Aris, Olga Wehrly, Danielle Ryan, Senan Jennings, Molly McCann, Eanna Hardwicke, Shana Hart

Productora: Coproducción Irlanda-Bélgica-Dinamarca-Estados Unidos; Fantastic Films / Frakas Productions / PingPong Film / XYZ Films. Distribuida por XYZ Films

Género: Ciencia ficción. Intriga. Terror | Distopía

 

 

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